Un café con Paula

Enamoramiento y amor

  • La activación de los circuitos del placer y la dopamina, claves en la fase inicial del enamoramiento

  • Cada pareja busca su propia receta para mantener activos los centros de dopamina

Un hombre con dos rosas. Un hombre con dos rosas.

Un hombre con dos rosas.

Seguro que todos hemos oído hablar de las famosas mariposas que debemos sentir cuando estamos enamorados y de ese deseo constante de estar con la persona a la que amamos. De hecho, son emociones casi definitorias a la hora de estar seguros de querer tener una relación o incluso de querer mantenerla o finalizarla. Pero, ¿Es eso verdaderamente el amor?

Puede ser el inicio del amor, el enamoramiento. Esto sería sólo la primera fase de enamorarse, como la punta del iceberg. Es un momento en el que aún no conocemos al otro de forma profunda y la idealización entra en juego, conocemos las luces de la persona, la mejor versión. Sentimos entonces un deseo constante de estar con él o ella, mucha atracción física, necesidad de contacto, pensar frecuentemente que estará haciendo o cuando nos veremos… esto se explica a nivel cerebral por la activación de los circuitos del placer y la estimulación de la dopamina, el neurotransmisor que hace que sintamos los refuerzos como algo placentero, y que nos sintamos eufóricos y enérgicos, desde una droga o ganar en el juego, hasta sentirnos queridos, pues nuestros centros del placer como mamíferos que somos están creados para que sea un refuerzo que nos quieran. En cuanto al amor, el tema neuroquímico es algo más complejo, entran en juego otras hormonas y neurotransmisores importantes como la oxitocina, la llamada hormona del amor, que se segrega cuando nos besamos, abrazamos, sentimos que nos quieren o hacemos el amor.

Esto explica dos escenarios. En primer lugar, el cuerpo se acostumbra a la liberación de hormonas ante la exposición a un mismo estímulo, y necesitaremos más de ese estímulo para volver a sentirnos de la misma manera que al principio. Esto pasa con cualquier refuerzo, la comida, el juego y también con el amor. En el caso de las relaciones cada pareja busca su propia receta para mantener activos los centros de dopamina, también los de oxitocina, algunas más saludables que otras; un viaje, nuevos planes en común, salir de la rutina semanal con una cena romántica… aunque a veces incluso se busca de forma inconsciente la inestabilidad en la relación, tener idas y venidas es muy adictivo, pues nos exponemos a bajadas y subidas de dopamina en nuestro cerebro. Esto, que tiene que ver también con la dependencia emocional, es un tema complejo del que hablamos hace un tiempo cuando tratamos el tema de las relaciones tóxicas. En segundo lugar, lo doloroso de la pérdida de la relación amorosa, pues aunque nuestro cerebro se haya acostumbrado a cierto nivel de dopamina y ya no sintamos mariposas, al terminar la relación y no tener a la otra persona baja mucho la secreción de dopamina y el cuerpo necesita un tiempo para reestablecer esos niveles y superar la ruptura. Somos humanos además de mamíferos, y aunque tengan su papel los centros cerebrales emocionales y las hormonas, es igualmente importante la parte más racional y nuestras expectativas en las decisiones de ruptura y la superación de éstas.

La adaptación a los niveles de dopamina explica que dejemos de sentir mariposas en el estómago, que se apague el enamoramiento, sin embargo, no que dejemos de amar. Por su lado, la oxitocina sigue segregándose, y aunque nos acostumbremos a ella como con la dopamina, la generamos con más facilidad a lo largo de toda la relación amorosa. Cuando nos abrazamos, nos cogemos de la mano, cuando tenemos un hijo en común… podemos generar oxitocina y notar como va creciendo el amor. El amor va más allá del enamoramiento, y de este escenario neuroquímico, pues también entran en juego como decíamos antes nuestro cerebro más racional, nuestros planes en común, nuestras expectativas y la forma en la que aprendimos a querer desde pequeños. Cuando hablamos de un amor sano y seguro, se trata de querer de forma profunda a una persona, conociendo sus luces, pero también sus sombras. Aceptándola tal cómo es, sin idealizarla, no sólo con nuestros centros cerebrales emocionales y mamíferos sino también con la razón y la consciencia. Se trata de un sentimiento más íntimo, para el que se necesita más tiempo y constancia, un amor profundo basado en una relación sana y respetuosa de cuidado y aceptación. El enamoramiento por su parte es más visceral e impulsivo, perdemos el punto de vista racional con frecuencia y se escapan las emociones a nuestra comprensión racional.

Esta diferencia es importante en nuestro día a día, pues todos nos enamoramos y amamos, y en cada relación llegan crisis emocionales, en muchas ocasiones generadas por estos cambios en nuestros sentimientos y por ende en nuestras hormonas, y si conocemos el proceso puede resultar más sencillo tomar decisiones y hacer que estas crisis sean más llevaderas y menos caóticas y dañinas.

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