Cuando el mundo entero miraba a Algeciras durante la histórica Conferencia Internacional de 1906 que decidió el futuro de Marruecos

El próximo 16 de enero se cumplen 120 años del inicio de la cumbre que durante tres meses convirtió a la ciudad en el epicentro de las grandes potencias coloniales, entre trenes, telégrafos, embajadores y choques culturales inolvidables

La Conferencia Internacional de Algeciras sobre Marruecos (1906)

Grandes hechos históricos en Algeciras: la Conferencia Internacional de 1906

Fotografía de los representantes reunidos durante la Conferencia de Algeciras de 1906, hace exactamente 120 años.
Fotografía de los representantes reunidos durante la Conferencia de Algeciras de 1906, hace exactamente 120 años. / E.S.

El nombre de Algeciras aparecía casi a diario en los principales periódicos del mundo. Las grandes potencias coloniales se jugaban su futuro en el Salón Rojo del Ayuntamiento —así lo llamaban los más de cien cronistas acreditados—, decorado más tarde con enormes paños de azulejos en recuerdo de aquel momento irrepetible.

En la Plaza Alta y la calle Convento, los cocheros aparcaban sus majestuosas calesas de las que descendían embajadores y secretarios con sus escoltas uniformados, hablando en lenguas jamás escuchadas por los pescadores y hortelanos de una ciudad que contaba entonces con apenas cuatro barrenderos y dieciséis policías urbanos. Era enero de 1906. El día 16, comenzaba la Conferencia Internacional de Algeciras, una cumbre convocada por el káiser alemán para poner fin a la Primera Crisis de Marruecos. Se cumplen ahora 120 años de aquello.

Apertura de la Conferencia Internacional de Algeciras, obra de Paul Carrey, posiblemente basada en una fotografía y publicada en Le Petit Parisien el 4 de febrero de 1906.
Apertura de la Conferencia Internacional de Algeciras, obra de Paul Carrey, posiblemente basada en una fotografía y publicada en Le Petit Parisien el 4 de febrero de 1906.

El fiasco de los toros y otros desencuentros culturales

Los algecireños y sus representantes municipales solo pensaban en cómo agradar a tan excepcionales huéspedes. No siempre acertaban. La excursión campera que organizó el Ayuntamiento a la finca de La Almoraima, en la vecina Castellar, fue un éxito rotundo. Sin embargo, la corrida de toros que decidieron celebrar los concejales en La Perseverancia resultó, como ya había anticipado el alcalde Emilio Santacana, un absoluto fracaso.

Los caballos destripados en el albero espantaron a los diplomáticos: solo los embajadores marroquíes aguantaron hasta el final

"Qué mejor que una tarde de toros para mostrarles a estos señores nuestra cultura y costumbres", propuso el concejal de Festejos, siendo secundado de inmediato por toda la corporación. El alcalde tuvo que claudicar y la corrida se celebró: un mano a mano entre Lagartijo y Morenito de Algeciras. Solo dos de los diplomáticos, los embajadores del sultán Abdelaziz —el-Mokri y Torres—, aguantaron hasta el final. Todos los demás fueron abandonando el palco a medida que los caballos de picar caían destripados sobre el albero.

El políglota Santacana sabía que aquello iba a ocurrir: aquel edil liberal, erudito y viajado, educado en Londres y soltero empedernido, conocía muy bien cuál era la percepción sobre la fiesta nacional fuera de las fronteras patrias.

Otro choque cultural: los cuarenta y nueve funcionarios municipales no comprendieron del todo aquella imposición de los embajadores de prohibir el tabaco en el Salón Rojo del Ayuntamiento. Pero aceptaron con resignación aquel sofisticado capricho, retiraron los ceniceros y procedieron a amueblar con sillones una sala para fumar en una dependencia municipal contigua. Al parecer, el humo del tabaco de pipa resultaba insano y molesto para los refinados embajadores nórdicos.

El Ayuntamiento de Algeciras, durante la Conferencia Internacional. Postal utilizada por la delegación francesa.
El Ayuntamiento de Algeciras, durante la Conferencia Internacional. Postal utilizada por la delegación francesa.

Paseos, trenes y coplillas de carnaval

Un día los huéspedes pasearon en barco por la Bahía; otro, viajaron a Ronda en un tren que tardaba incluso menos de lo que tarda hoy. Llegado febrero, disfrutaron del carnaval algecireño. Para entonces ya circulaban coplillas burlonas sobre los ilustres embajadores. Quizá la más graciosa era la que hacía referencia a las tres esposas que acompañaron al embajador marroquí: "El Mokri, como hombre práctico / se va con sus odaliscas / y encerrándose en su harén / se transporta a las delicias".

Placa de madera, bronce y cobre dorado y esmaltado en conmemoración de la Conferencia de Algeciras de 1906, expuesta hoy en el Salón de Plenos del Ayuntamiento. Fue regalada al Ayuntamiento de Algeciras en el año 1909 por la casa alemana Wratzker & Steiger de Halle.
Placa de madera, bronce y cobre dorado y esmaltado en conmemoración de la Conferencia de Algeciras de 1906, expuesta hoy en el Salón de Plenos del Ayuntamiento. Fue regalada al Ayuntamiento de Algeciras en el año 1909 por la casa alemana Wratzker & Steiger de Halle. / Antonio Gil González

¿Por qué Algeciras?

Aquellas naciones eran el G-12 de principios de siglo: Alemania, Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia, Bélgica... Y en aquella ocasión decidieron reunirse en una desconocida ciudad del sur de España. Era la primera vez que un encuentro de ese calibre, que requería tanta logística y planificación, se celebraba fuera de una gran capital.

Era la primera vez que un encuentro de ese calibre se celebraba fuera de una gran capital europea

Pudo hacerse en Algeciras por dos razones: la ciudad contaba con un ferrocarril bien conectado con el mundo y, además, disponía del que era el "más caro y lujoso hotel de España". El Hotel Reina Cristina, desde su inauguración, se había convertido en una referencia para el turismo internacional, considerado uno de los establecimientos más lujosos y exclusivos del país. Su ubicación privilegiada, su confort de inspiración británica y su clientela selecta lo habían situado en muy pocos años en el mapa de los grandes hoteles europeos. En este emblemático edificio se alojó la mayor parte de las delegaciones de las naciones asistentes a la Conferencia Internacional sobre Marruecos de 1906, y sus jardines, pasillos y salones sirvieron de improvisados escenarios para encuentros informales, conversaciones discretas y debates diplomáticos, como muestran algunas de las fotografías conservadas.

En el propio Diario de Sesiones de la Conferencia se deja constancia del prestigio del establecimiento con una descripción muy elocuente: “Allí se levanta el soberbio hotel María Cristina, el mejor y más caro de España, donde el más modesto hospedaje cuesta una libra esterlina, con su precioso parque, su confort puramente británico, sus espléndidas vistas a la bahía de Algeciras y al Estrecho, lugar hoy tan de moda como las estaciones invernales de Egipto, y tan solicitado en este tiempo por la aristocracia inglesa, que en pocos años ha sido preciso construir otro edificio igual al primitivo (en alusión a la ampliación realizada en 1903, que permitió pasar de 60 a 100 habitaciones)”.

Fotografía coloreada del Hotel Reina Cristina tomada en torno al año 1905.
Fotografía coloreada del Hotel Reina Cristina tomada en torno al año 1905.

El día 17 de febrero de 1906 se suspendieron las sesiones de la Conferencia hasta el 3 de marzo. Ese mismo día del aplazamiento, los embajadores se reunieron en el salón-comedor del hotel para compartir una comida oficial cuyo menú se ha conservado como testimonio de la vida social que acompañó a las negociaciones. Los plenipotenciarios tomaron, de entrada, hors d’oeuvres, es decir, entremeses; a continuación omelette aux rognons (tortilla de riñones); le siguió caneton aux navets (ánade o pato con nabos), para continuar con filet grillé maître d’hôtel (filete asado al estilo del maître), pommes nouvelles rissolées (patatas nuevas doradas) y viande froide à la gelée américaine (carne fría a la gelatina americana).

La habitación doble en el Reina Cristina costaba por día el equivalente a lo que hoy serían 800 euros. El salario mensual de un camarero del hotel era la mitad de esa cantidad.

Los embajadores de Bélgica y los Estados Unidos de América, en el salón-comedor del Hotel Reina Cristina durante un descanso de las sesiones de la Conferencia Internacional de Algeciras sobre Marruecos de 1906.
Los embajadores de Bélgica y los Estados Unidos de América, en el salón-comedor del Hotel Reina Cristina durante un descanso de las sesiones de la Conferencia Internacional de Algeciras sobre Marruecos de 1906. / E.S.

El telégrafo: la tecnología que lo hizo posible

Pero ni el fabuloso resort ni el novedoso tren fueron los motivos por los que las naciones participantes eligieron Algeciras para resolver sus diferencias. La razón fue la precariedad técnica y el alcance de las comunicaciones: en 1906, el telégrafo morse por cable era el sistema más moderno y veloz para transmitir mensajes de una ciudad a otra.

Los telegrafistas sudaban convirtiendo a puntos y rayas idiomas que jamás habían escuchado, como el neerlandés o el sueco

En una de las galerías municipales se instaló una batería de aparatos de telegrafía con sus correspondientes operarios. Todo lo pagaba Madrid. Los diplomáticos y delegados plenipotenciarios hacían cola frente a los mostradores al término de cada sesión para informar a sus respectivos gobiernos. Se reforzó el hilo telegráfico entre Algeciras y Cádiz para permitir más mensajes simultáneos. Los telegrafistas sudaban intentando convertir a puntos y rayas las palabras de idiomas que desconocían, como el neerlandés o el sueco.

Gran azulejo que representa una de las sesiones de la Conferencia de Algeciras de 1906.
Gran azulejo que representa una de las sesiones de la Conferencia de Algeciras de 1906.

Espionaje y mensajeros en pleno siglo XX

Aquellos hombres de Estado sabían bien que el telégrafo no garantizaba la confidencialidad de sus conversaciones. Es más, los operarios de las distintas estaciones telegráficas entre el origen y el destino del mensaje estaban siendo convenientemente sobornados por espías de todos los bandos para que rompieran su juramento de secreto y revelasen las intenciones de unos y otros.

Los espías sobornaban a los operarios de telégrafos para conocer las conversaciones secretas entre las potencias

¿Y los embajadores del Sultanato de Marruecos? ¿Cómo realizaban sus consultas con Su Majestad Abdelaziz? Pues no recurrieron al cable telegráfico submarino entre Algeciras y Ceuta, que no funcionaba bien ni era seguro, sino que echaron mano de mensajeros de confianza que hacían semanalmente la ruta entre Algeciras y Fez, llevando y trayendo cartas con consultas y órdenes.

Esa proximidad con Marruecos explica que Algeciras fuese necesariamente la sede elegida para aquel encuentro de hace 120 años, ajeno por completo a los intereses de los algecireños, que convirtió a la ciudad de la bella bahía en el epicentro de la geopolítica, las relaciones diplomáticas, el espionaje de primera división y el foco de la información periodística internacional durante tres intensos meses.

¿Qué se decidió realmente en la Conferencia de Algeciras?

Más allá de las anécdotas, los paseos y los choques culturales, la Conferencia Internacional de Algeciras fue convocada para resolver la llamada Primera Crisis Marroquí, un pulso diplomático entre Francia y Alemania por el control de Marruecos. El detonante había sido la visita del káiser Guillermo II a Tánger, en marzo de 1905, donde proclamó su apoyo a la independencia del sultanato frente a las ambiciones francesas. Berlín pretendía frenar el avance de la Entente Cordiale —el entendimiento entre Francia y Gran Bretaña— y asegurarse un papel en el reparto de influencias en el norte de África.

Durante tres meses, doce potencias debatieron en Algeciras sin cuestionar dos principios que todos daban por intocables: la soberanía formal del sultán y la libertad de comercio. Las discusiones se centraron en la organización práctica del país. De ellas surgieron acuerdos clave: la creación de una policía portuaria en ocho ciudades marroquíes, instruida por franceses y españoles; la regulación de las aduanas marítimas para combatir el contrabando, especialmente el de armas; y la puesta en marcha del Banco del Estado de Marruecos, con sede en Tánger, destinado a ordenar la Hacienda del sultanato bajo la supervisión de las potencias firmantes.

La Conferencia confirmó la independencia de Marruecos, pero la dejó tutelada. Francia y España asumían un papel preponderante, mientras Alemania salía políticamente derrotada al comprobar que la alianza entre París y Londres no solo resistía, sino que se reforzaba. No hubo reparto inmediato del territorio, pero sí se sentaron las bases de los futuros protectorados, que llegarían en 1912.

Con el paso del tiempo, muchos coincidieron en que Algeciras no resolvió el problema marroquí, sino que lo aplazó. Como escribiría años después el secretario-cronista de la ciudad, la Conferencia fue poco más que “un compás de espera”. Aun así, durante aquel invierno de 1906, una ciudad periférica y ajena a los grandes centros de poder se convirtió, por unas semanas, en el lugar donde se puso a prueba el sistema de alianzas europeo y se dibujó parte del mapa político del siglo XX.

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