Nuevas perspectivas sobre el abandono y la destrucción de Algeciras en el siglo XIV (I)
Instituto de Estudios Campogibraltareños
Uno de los principales argumentos son las adversidades del reino granadino para garantizar la defensa de la ciudad y su apuesta por la plaza de Gibraltar
Otras razones que explican ese final son las dificultades para la repoblación con las que se encontraron los nazaríes
Aunque la historia medieval de Algeciras ha sido ampliamente estudiada, hay todavía aspectos no resueltos que precisan más atención. Uno de ellos es el abandono y la destrucción de la ciudad. A ello dedicamos las aportaciones que siguen. Se han apuntado explicaciones respecto al desalojo y la demolición de la ciudad por los nazaríes, en una fecha aún por determinar, después de reconquistarla en 1369, pero consideramos que dichas explicaciones no son del todo convincentes y que hay margen para profundizar en las causas y las circunstancias que condujeron a tal desenlace.
Uno de los principales argumentos que se han barajado hace referencia a las supuestas adversidades con las que se encontró el reino granadino para garantizar su defensa y el deseo de Muhammad V de apostar por la plaza de Gibraltar –más fácilmente defendible– en detrimento de la algecireña. También se incluyen entre las razones que explican ese final las dificultades para la repoblación con las que se encontraron los nazaríes, no muy distintas a las que tuvieron que hacer frente los castellanos entre 1344 y 1369. Nosotros, sin embargo, estimamos que, aun sin perder de vista las causas mencionadas, el asunto puede y debe abordarse dentro de un marco teórico distinto.
Entre la hipótesis y la investigación
Partimos de la base de que el abandono y la destrucción de Algeciras ha de analizarse siguiendo la dinámica de las relaciones entre Castilla, Granada y Marruecos y valorando también la influencia que en el proceso pudieran ejercer las ambiciones por apropiarse de su término, y explotarlo, procedentes de plazas próximas y limítrofes bajo dominio castellano. En concreto, el concejo de Jerez, por ejemplo, que hasta la conquista de Gibraltar en 1462 mantendría la jurisdicción administrativa sobre el territorio algecireño y el usufructo de sus recursos naturales. Hemos de aclarar, no obstante, que nuestra intención con este breve trabajo no es responder y dar solución a estas lagunas históricas –sería muy pretencioso por nuestra parte–, sino formular nuevas preguntas hasta ahora no formuladas que permitan abordar la investigación desde otras perspectivas y con otras premisas.
Aunque continúa en pie el debate histórico, el abandono y la demolición de Algeciras suelen situarse entre 1378 y 1379, años estos en los que los reinos castellano y granadino están inmersos en negociaciones de paz, dentro de un período, el que va de 1350 a 1400, durante el cual se disfrutó de una relativa calma general en las zonas fronterizas de Castilla y Granada, aparte de alguna que otra escaramuza entre almogávares de uno y otro bando. Por entonces, las grandes campañas de conquista sobre territorio andalusí se habían relegado y no se reanudarían hasta bien entrado el nuevo siglo, a partir de 1407, de manera que, en este escenario, resulta difícil de encajar la resolución de Muhammad V por destruir una ciudad que estaba bajo su poder y que ni siquiera parecía estar amenazada. Y más aún teniendo en cuenta que, tras la rápida conquista de 1369, firma un tratado con Enrique II, que cinco años más tarde arrebata a los benimerines su última posesión en la Península –Gibraltar– y que al poco tiempo se embarca en la aventura de tomar Ceuta.
Recién entronizado, el fundador de la dinastía de los Trastámara es el interesado en establecer treguas con Granada para hacer frente a otros problemas que acechan al reino de Castilla: defecciones de plazas castellanas que se entregan a Navarra y Aragón tras la muerte de Pedro I, la invasión de Galicia por parte del rey de Portugal reclamando su derecho al trono castellano, el estallido de las “Guerras Fernandinas”, la resistencia de parte de la nobleza a aceptarle como soberano y el estado de precariedad del tesoro real.
En definitiva, una situación complicada que no hacía previsible que los castellanos pudieran acometer una campaña para reconquistar Algeciras y que contribuía a apaciguar, por tanto, el temor que los nazaríes granadinos albergaran a ese respecto. Como complicada fuera también después del fallecimiento de Enrique II y la coronación de su hijo. No se ha de olvidar que durante el reinado de Juan I (1379-1390) el reino de Castilla se vio inmerso en un nuevo conflicto (1383-1385) con Portugal, por la sucesión de Fernando I, intervino en la Guerra de los Cien Años, entre Francia e Inglaterra, y sufrió tensiones internas como consecuencia de la aspiración al trono por parte de la infanta Constanza, hija de Pedro I, y su esposo, Juan de Gante.
La ciudad fantasma
Consideramos, en efecto, que pudo ser dentro de la dinámica de las relaciones entre Castilla, Granada y Marruecos donde se decidió el destino de la ciudad. Destino que todavía en 1439 sería motivo de pleito entre castellanos y granadinos debido a la indemnización que por su destrucción los primeros reclamaban a los segundos. Aunque también nos planteamos qué papel pudieron jugar los intereses de plazas vecinas bajo soberanía castellana.
Aparte de Gibraltar, las ciudades que, en cierto modo, pudieron salir ganando con la desaparición de Algeciras fueron Tarifa y, sobre todo, Jerez. Durante la segunda mitad del siglo XIV el dominio castellano se extendía ya prácticamente sobre casi todo el territorio comprendido en lo que fueran los denominados términos de las Algeciras, en tanto que la presencia de los nazaríes se circunscribía, de hecho, a poco más que la ocupación del Peñón y los husûn de Samina y Qastalla, pero no mucho más allá del entorno inmediato del promontorio gibraltareño y de ambas villas fortificadas.
Un territorio que estuvo bastante despoblado y con amplios parajes convertidos en tierra de nadie, pero del que debieron sacar provecho tarifeños y jerezanos, como se desprende del privilegio que el rey Enrique IV expide en Agreda el 15 de diciembre de 1462, tras la conquista definitiva de Gibraltar, dirigido a todos los concejos de su reino, “en especial á la ciudad de Xerez de la Frontera i á Tarifa”. En dicho documento el monarca concede a la plaza gibraltareña las tierras de Algeciras y su jurisdicción, “sin que ninguna otra persona de Xerez, de Tarifa, ni de otro pueblo alguno pueda cortar madera, arar, sembrar, plantar viñas, ni huertas, ó pacer con sus ganados” en ellas. Además, revoca todos los derechos que su antecesor en el trono o él mismo hubieran podido otorgar con anterioridad respecto a la explotación de sus recursos naturales. E incluso ordena que si algún concejo tiene ocupadas dichas tierras que las restituya.
Pero, evidentemente, nos queda por desentrañar de qué modo se articularon las relaciones entre los reinos de Castilla y León, Granada y el sultanato de Fez –bajo los velos de la diplomacia– y cómo incidieron los referidos intereses de otros núcleos de poder castellanos. Aun así, Algeciras siguió conservando cierta entidad y esto, a su vez, nos lleva a creer que quizá algún tipo de poblamiento pudo concentrarse en las cercanías de lo que fueran las villas vieja y nueva, aunque sin constituirse como figura administrativa, al tiempo que parte de su litoral continuaba siendo aprovechado, por sus condiciones naturales, como puerto de referencia, a pesar de que ya no contaba –pues no existe constancia documental alguna de lo contrario– con atarazanas, muelles, embarcaderos, ni infraestructuras similares.
Si damos por bueno lo que apunta Ignacio López de Ayala, tras la conquista de Gibraltar en 1462, el rey Enrique IV no solo adoptó iniciativas para promover la repoblación de la villa del Peñón, también para Algeciras, e incluso habla de dos ciudades, lo que puede inducir a pensar que quizá persistió algún núcleo de población en torno o cerca de la plaza algecireña derruida.
"Para establecer con solidéz la poblacion pidió [el monarca castellano] al pontifice Pio II que erigiese la iglesia de Gibraltar en abadía colegiata, i crease en ella algunas prebendas ó beneficios servideros. Lo mismo insinuó para Algeciras por ver si con este medio se repoblaba. Las rentas de ambas iglesias debian ser todos i qualesquier diezmos prediales i personales que se percibiesen en los términos de las dos ciudades", (López de Ayala, 1782: 193).
Martín Gutiérrez, citando como fuente el diario de un navegante italiano, Lucca di Masso degli Albizzi, nos refiere cómo Algeciras en la primera mitad del siglo XV era lugar de parada y refugio de naves que realizaban la travesía entre el Mediterráneo y el Atlántico. Incluso nos da cuenta del hecho de que en los portulanos de los siglos XV y XVI aún sigue figurando el enclave algecireño. Por su parte, Torremocha, con la Crónica de Juan II, de Alvar García de Santa María, nos recuerda que en septiembre de 1409 el almirante de Castilla, Alonso Enríquez, establecía su flota en la cala de Getares y que más tarde, debido al mal tiempo, la situaba junto a la Isla Verde, frente a la desembocadura del río de la Miel, en aguas abrigadas, el mismo emplazamiento que luego seguiría siendo utilizado durante los siglos posteriores como punto de escala en el Estrecho. Un ejemplo más de la utilidad de la costa algecireña para facilitar el tráfico marítimo, a pesar de la ausencia de instalaciones portuarias, a la que ya hemos hecho referencia.
También en agosto de 1415 la flota portuguesa que se dirige a la conquista de Ceuta, encabezada por el rey Juan I, fondea en la ensenada de Algeciras, frente a Gibraltar, y de ello nos da cuenta Soares Da Silva en “Memorias para a historia de Portugal que comprehendem o governo del D. Joao I do anno de mil e trezentos e oitenta e tres, até anno de mil e quatrozentos e trinta e tres”. Datos estos que nos llevan cuando menos a poner en discusión algunas conclusiones que dábamos casi por asumidas.
Artículo publicado en el número 57 de Almoraima. Revista de Estudios Campogibraltareños. Octubre de 2022.
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