Campo chico

Pepe Vallecillo y más gente de bien

  • Nació en Ronda y ha sido uno de los mejores escritores algecireños de la historia

  • Hubo un tiempo en que el Centenario se convirtió en algo así como el Pombo de Algeciras

Periodistas y afines, en 1968.

Periodistas y afines, en 1968. / E.S.

Un día de invierno, ya lejano, bien entrada la noche, salíamos Pepe Vallecillo y yo del bar de copas que tenía Paquito Obregón a espaldas del edificio que en la Plaza Alta se te interpone con el mar. Un pasadizo, desde la acera, en el lado este de la plaza, atraviesa el inmueble y conduce hasta los altos de la Escalerilla. Nada más alcanzarlo, a la izquierda, estaba el local de Paquito, siempre lleno de un ambiente acogedor y grato. Todas las noches a las 12; o a las 0 horas, según se vea; se apagaba la luz un instante y nos deseábamos unos a otros un día feliz. Paquito era muy del Medinaceli y sus saetas en San Isidro, como las de Ana María Espínola, se han quedado en silencio agarradas a las paredes. Por entonces, Victoriano Mera, compadrísimo de Paco de Lucía, había puesto una pequeña casa de comidas en la esquina de la plazoleta, donde llega la calle Jerez, hoy Ruiz Tagle, a toparse con la histórica calle Gloria, que se honra con la casa de Manolo Campuzano y mantiene una plaquita de cerámica dedicada a la Ortigada, una de aquellas “adas” que se celebraban en Carnaval. En donde Victoriano, los pajaritos fritos traídos de Medina eran el plato estrella.

Tuve el honor de ser uno de los primeros pregoneros de La Ortigada, en 1990, cuando hacía poco más de una década de la constitución de la Peña San Isidro. Antonio Quirós, que tenía mucho que ver con todo aquello, me puso al tanto de cómo era el proceso. Lo presentó Jesús Melgar desde el estrado en el que me situé vestido con el traje académico de las solemnidades universitarias. Mirando hacia la embocadura de la calle Gloria dando la espalda a la calle San Antonio, leí en latín buena parte del pregón. Me ayude de la Historia Natural de Plinio el Viejo, que ya habla de las ortigas en un texto escrito en el primer siglo de nuestra era. El traje, al fin y al cabo, podía ser interpretado como un disfraz y el empleo del latín era un modo de disparatar para estar a la altura de un pregón de Carnaval. La gente sabia, que llenaba aquellas venerables calles del entorno de la plazoleta, escuchó en silencio y aplaudió con generosidad un discurso del que parecía habían entendido todo.

La Ortigada no fue la única vez que me vi implicado en los carnavales de Algeciras. No tardaría mucho en tener ocasión de intervenir una vez más. Quirós y Juani, dos grandes del Carnaval, como el Bori, Oliva y todos aquellos personajes inolvidables de Cine Cómico que entraron en la final del Falla en 1983, me invitaron a pronunciar el pregón de La Inesperada de la Fuentenueva, en 1993, también en una de sus primeras ediciones. Me acompañó la comparsa de Manolo Campuzano y me supo a gloria aquel contexto único. Vestí el disfraz que llevaba El Punti en el Falla, a modo de homenaje a su memoria y gracias a la generosidad de su familia. Y conté con la celebrada presencia de don Cristóbal Delgado, cronista de Algeciras, y con la del pregonero oficial de aquel año, mi admirado amigo Juan Casal. Y la verdad es que nada más lejano a mis experiencias que el carnaval, una fiesta que tiene en estas tierras una escenografía diferenciada, única y de imposible emulación, por cuanto es la expresión de una idiosincrasia que no puede ser repetida en parte alguna.

Fue por aquellos años, en el curso de los noventa, estando el Consistorio presidido por el alcalde Ernesto Delgado, en el tramo final de su recorrido político, cuando surgió la idea de crear una fundación municipal de cultura. Ignoro su autoría y aún menos cómo fue la elección del nombre, José Luis Cano, pero es de suponer que consultarían a quién o a quiénes, dentro de su afinidad ideológica y esfera de valores, tuvieran por idóneo. De ser uno de ellos, yo habría acudido a Juan José Téllez, de modo que, confiando en sus inteligencias, supongo que así fue. Con independencia de la altura intelectual de Téllez y de su bonhomía y sensibilidad, a él se le debe el poco conocimiento que se tiene por estas lides, de Cano y, desde luego, su puesta en valor en la sociedad algecireña. No sería fácil encontrar mejor consejero, si bien confieso que me sorprende que Téllez siga creyendo que Cano nació en la calle Ancha.

En los días previos a la ceremonia de inauguración de la Fundación José Luis Cano, atendí gustoso a la petición que me hizo el alcalde Ernesto Delgado, de visitar a Cano en su casa madrileña, situada en las proximidades de la céntrica plaza de Alonso Martínez; en un entrante de la calle Hortaleza y pronto a acceder a la concurrida plaza de Santa Bárbara. Hablamos un poco de todo, era un hombre cordial y próximo. Le conté que unas primas suyas me habían dicho que la placa de la calle Ancha estaba equivocada, que no nació en esa casa, sino en la de la esquina de la calle Convento con la Plaza Alta, en un primer piso bajo donde años más tarde estaría la confitería Miranda y ahora la cafetería Mercedes. La de la calle Ancha, en cuya pared se ha colocado la placa conmemorativa de su nacimiento, era de una tías suyas y allí pasó algunas de las pocas jornadas de su infancia transcurridas en Algeciras. Su padre era militar y fue destinado, siendo él niño, a Valencia y después a Málaga como gobernador, cuando Cano tenía trece años. De hecho, el apoyo de su padre al golpe de Estado de 1936, sería un aspecto tenido en consideración durante el régimen derivado del conflicto bélico. José Luis Cano me confirmó que, en efecto, nació en una habitación que daba a la Plaza Alta de un edificio con entrada por la calle Convento, pero que apenas si tiene vivencias de ese lugar y sí de la casa de la calle Ancha que –me dijo– ahora era suya, pero que la había heredado alquilada, lo que le causaba mucho trastorno, pues quería venderla y así era imposible hacerlo en condiciones. Mi sensación era que aquel hombre no tenía arraigo alguno en Algeciras. Pepe Vallecillo fue testigo de que dijera en una ocasión que él se sentía malagueño y hay un libro de Cano, una biografía de García Lorca publicada por Salvat en 1985, en el que aparece como “poeta malagueño”. Y es natural que se sienta como tal pues fue en Málaga donde maduró desde su adolescencia. Uno puede sentirse de donde quiera con independencia de su lugar de nacimiento y en el caso de Cano está sobradamente justificado su sentimiento. Madrid sería la ciudad de su madurez y en donde en realidad desarrolló sus conocimientos y creatividad. Su importancia como poeta puede ser discutida, pero de ninguna manera la que le confiere su trabajo como ensayista y promotor literario.

Plazoleta de Sa Isidro, a la izquierda donde estuvo Casa Victoriano Plazoleta de Sa Isidro, a la izquierda donde estuvo Casa Victoriano

Plazoleta de Sa Isidro, a la izquierda donde estuvo Casa Victoriano / E.S.

Pepe Vallecillo y yo hablamos aquella brumosa noche, de Cano. No sé por qué surgió su nombre en la conversación, pero creo recordar que debió de ser a resultas de un comentario mío sobre José Román, que era un artista en el más amplio sentido de la palabra; incluso en su alcance popular a modo de sinónimo de ingenioso y ocurrente. José Román no nació en esa histórica casa con la que comienza la calle Ancha, sino en alguna de las cercanas a la calle Convento en la entonces avenida del Calvario y hoy Blas Infante, según figura en su partida de nacimiento. Pero éstas eran más modestas y debió de arreglárselas para que quien fuera, autorizara a colocar una placa en la pared de su calle que más lustre diera a su nombre. No es de extrañar que hasta interviniera él en el diseño. El alcalde Ángel Silva, lo conoció bien y solía decirme que era todo un personaje, simpático y con chispa, muy al estilo de la picaresca de por aquí. De añadido, hay que decir que fue un excelente escultor, que enseñó en la Escuela de Artes y dejó obras, como el Cristo atado a la columna del lunes santo, que forman parte de la imagen de nuestra ciudad. También fue un extraordinario dibujante además de un regular dramaturgo, y llegó a vestirse de luces en la Perseverancia.

Pepe Vallecillo fue un amigo entrañable. Nació en Ronda y fue uno de los mejores escritores algecireños de la historia. Gustábamos los dos de hablar de esas boberías ligadas a la procedencia de las personas, a su naturaleza de nativitate y a su etiquetación de ser o no ser de aquí. Como si todo eso importara o valiera para algo, para valorar algo. Su padre era corredor, eso que ahora se llama agente comercial, y paraba mucho en el Moya y en el Mercedes que eran auténticas oficinas del trato en los años cuarenta y posteriores. La familia vivía en una pensión del tramo de la calle Panadería, que desemboca en Sacramento, el lugar que empezó a constituirse en el mercado de Algeciras; justo encima de la zapatería Manzanete. Santiago Sarmiento; el hermano de Trini, la de Bastri, que estará vigilando desde el Cielo nuestros comportamientos; tal vez fuera el primero de sus amiguitos. Se sentaban en el escalón de la calle, delante de la sastrería de Ocaña, y allí iba a yo a estar con ellos.

Tertulianos del Centenario. Tertulianos del Centenario.

Tertulianos del Centenario.

Nunca perdí el contacto con mi amigo Pepe y nunca en nuestra infancia y adolescencia, pude imaginar que escribiera tan bien. Autodidacta y bohemio hasta sus últimos momentos, era capaz de construir un relato a partir de cualquier cosa que escuchara. Con otros tantos buenos relatores, algunos casi tan buenos como él, formó parte de un grupo de periodistas de distintas edades y parecidas inquietudes. En el recuerdo surgen las figuras señeras de Gabriel Baldrich, que era de La Línea y nació en Melilla, republicano irredento, y Andrés Siles. Hubo un tiempo en que el bar Centenario, junto al Pasaje Andaluz y frente al Instituto, se convirtió en algo así como el Pombo de Algeciras. El legendario café del número 4 de la calle Carretas en Madrid, casi en la Puerta del Sol, reunió tertulianos como Gómez de la Serna, Bergamín o Gutiérrez Solana, el pintor que lo inmortalizo en un famoso cuadro: La tertulia del Pombo. Y el Centenario de Juanito, no fue menos; África Redondo, los Tría, José Luis Villar, Pepe Vallecillo, Helmut Siesser, Ramos Zambrana, Silvia Alonso, Andrés Siles, el alcalde Paco Esteban y qué sé yo cuánta gente maravillosa recalaba por allí a mediodía.

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