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Trump: el error de Jerusalén

EEUU, que ha alcanzado la autosuficiencia energética, empieza a dar preocupantes señales de que está abandonando Oriente Próximo

Donald Trump ha vuelto a sobrecoger al mundo con su decisión de trasladar a Jerusalén la embajada de EEUU en Israel, actualmente en Tel Aviv. Una vez más, el presidente norteamericano, famoso por sus repentinas e irresponsables decisiones, ha vuelto a saltarse el consenso internacional para impulsar una medida supuestamente audaz que, en contra de lo que cree y dice, no significará una solución para el enquistado conflicto entre los palestinos (y por extensión todo el mundo árabe) y los israelíes, sino que avivará aún más la tensión en la que es quizás la zona más delicada del planeta. Ayer, sin ir más lejos, vimos cómo la violencia callejera regresaba a las calles de esta ciudad, donde las tres grandes religiones monoteístas tienen centros espirituales de gran relevancia.

¿Por qué ha tomado Trump esta decisión precisamente en estos momentos? Difícil saberlo. Es cierto que existe una resolución del Congreso de los EEUU que obliga en este sentido, pero ésta se adoptó en 1995 y, hasta la fecha, ningún presidente norteamericano se había atrevido a ejecutarla, conscientes de los graves problemas que podía causar en el polvorín de Oriente Próximo. Trump podía haber seguido en este limbo. También es verdad que el extravagante mandatario había incluido entre sus promesas electorales dar definitivamente este paso. No seremos nosotros los que animemos a un político a no cumplir con sus compromisos. Sencillamente, la promesa nunca se debería haber formulado, ni antes ni después de las elecciones. Lo inquietante es que, como apuntan algunos analistas, EEUU, que con los últimos descubrimientos de enormes yacimientos de gas en su subsuelo ha alcanzado prácticamente la autosuficiencia energética, cada vez está menos interesado por Oriente Próximo y sus endiablados conflictos. Por lo tanto, Trump ha decidido abandonar la zona al mandato de la Rusia de Putin, que, por su propia situación geoestratégica y por su vocación imperialista, está dispuesta a convertirse -como ya se ha visto ampliamente- en la nueva directora de la zona. Eso sí, EEUU no abandonará su apoyo a un país que, de alguna manera, es hijo suyo.

La decisión de Trump no puede traer más que problemas. Desde hace 70 años hay un consenso internacional por el cual el estatus de Jerusalén, considerada como su capital cultural, religiosa y política por palestinos y judíos, debe decidirse en el marco de un amplio acuerdo de paz que acabe con el conflicto. El paso dado ahora no va en esa dirección y aleja, aún más, la añorada pacificación de la zona. Por desgracia, lo veremos en los próximos tiempos.

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