Tierra de palabras

Despedidas inesperadas

Al poco de estrenar el nuevo libro que me traigo entre manos, me topo con la siguiente reflexión: "…quería tener experiencias para llegar a ser en el futuro un experto en la única materia que me interesaba: la vida". Me llega en plena noche, a orillas del sueño. Decido empezar esto que hoy lees partiendo de esa reflexión ahora que me encuentro en una fase bastante introspectiva y poco sociable, que los demás ven y que ni niego ni oculto. Hubo ya muchas experiencias, no perdí ninguna oportunidad que se me brindó para estar totalmente abierta a dar y recibir, a exprimir cada momento en compañía, a descifrar el lenguaje oculto de gestos y miradas, a seducir y dejarme seducir con la palabra… Y quería ahondar en esta idea hasta llegar al porqué del aceptado retiro de muchos solitarios y contar algo distinto que pudiese servir, o no, o que simplemente leyeses algo que no tuviese que ver con Cataluña o con la prepotencia del presidente de los Estados Unidos o con cualquier otra noticia de la que por lo menos los sábados y los domingos se nos debería permitir descansar… Bueno, pues en esas estaba de escribir algo amable y agradable filosofando un poco sobre la vida. Me levanté con la idea de la noche anterior en la cabeza, y mientras desayunaba le iba dando forma y antes de escribirla fui a comprar leña para poder acompañarme del fuego y calentarme y también oír el crepitar mientras escribo y quedarme absorta mirando mientras se atasca alguna idea.

Y todo lo que había pensado ha saltado por los aires cuando en el coche, escuchando Radio Clásica, sin esperar para nada una noticia así en este dial, me entero del fallecimiento de Dolores O'Riordan, vocalista de The Cranberries. Automáticamente, he pasado del pensar al recordar trasladándome muchos años atrás a Granada a una de las muchas experiencias que me hizo experta en una de las materias que más me interesan de la vida: el amor. Y he vuelto a revivir, como si el tiempo no hubiese pasado, cómo en un local abarrotado de gente para escuchar su inconfundible y conmovedora voz, mitad furia mitad dulzura, se me paró el tiempo. Sonó mi balada y me invitaron a bailar…; en el coche, conmovida, volví a revivir aquel baile enredados con su música que parecía sonar solo para nosotros. Ahora ya, ninguno de los dos está aquí pero en mí ninguno de los dos ha muerto.

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