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El sueldo

La lógica nacionalista supone que soportar injurias va en el sueldo de un fiscal cuyo trabajo es perseguirlas

Ana Magaldi, fiscal jefe de Barcelona, ha tenido que soportar insultos muy violentos y muy ofensivos de unos nacionalistas radicales. El puesto de fiscal no lo puede desempeñar nadie blandito y ella es jefe y arrastra mucha experiencia. Sin embargo, está impresionada como nunca. Fíjense cómo insiste: "Nunca vi tanto odio en una mirada" y "No lo olvidaré nunca".

Neus Munté, nada menos que portavoz de la Generalitat y consejera de Presidencia, justifica lo ocurrido: "Todo entra dentro de la libertad de expresión" y son cosas, ha dicho, que "han de entrar en el sueldo". Esa mención al sueldo, tan del tópico dantesco de "l'avara povertà di Catalogna", me ha repugnado más que los de la CUP amenazando a lo bestia, como les pega. En el sueldo de cualquiera entra hacer su trabajo con dignidad y pulcritud, no aguantar abusos. Qué propio de la lógica nacionalista suponer que soportar injurias vaya en el sueldo de un fiscal cuyo trabajo es perseguirlas.

Pero contra mi repugnancia, por si me puede el prejuicio, me he recordado (pensar es discutirse) uno de mis poemas favoritos: "El precio", de José Jiménez Lozano. ¿No propone también monetizarlo todo? Dice: "Matinales neblinas, tardes rojas,/ doradas; noches fulgurantes,/ y la llama, la nieve:/canto del cuco, aullar de perros,/silente luna, grillos, construcciones de escarcha;/ el traqueteo del tren, del carro, niños,/ amapolas, acianos, y desnudos/ árboles de invierno entre la niebla;/ los ojos y las manos de los hombres,/ el amor, la dulzura/ de los muslos, un cabello de plata,/ o de color caoba;/ historias y relatos, pinturas y una talla./ Todo esto hay que pagarlo con la muerte./Quizás no sea tan caro". Es distinto, concluyo. En el poema se habla de un precio metafísico, no de una cuenta corriente; y se paga para compensar la belleza y la emoción de la vida, tan efímera, y no unos insultos gratuitos y brutales que se quieren normalizar incluyéndolos en una nómina.

Lo que sí cabe, en cambio, es que parte del precio de la aventura de vivir sean los contratiempos contantes y sonantes de la estupidez desatada de algunos. No van en la nómina de la fiscal ni en la de nadie, sino, ay, en la hipoteca de la existencia. En el precio de la vida entra, qué remedio, plantarles cara, y lo ha hecho y seguirá haciéndolo Ana Magaldi. Su sueldo se lo ganó antes, trabajando. Ahora, si acaso, lo que se ha ganado es nuestro reconocimiento.

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