Ad hoc

Manuel S. Ledesma

Zanahorias

DA la impresión de que a los socialistas, en su afán por reclutar votos, se les ha ido la mano con la promesa de regalar 400 eurosý si vuelven a ganar. El tufo electoralista de la propuesta es tan evidente que, con una extraña unanimidad, las demás fuerzas políticas no han dudado en recordar tiempos pasados en que el fraude electoral era la norma: La compra de votos, los pucherazos, los lázaros (difuntos que votaban), los cuneros (los que votaban en mesas ajenas) y toda una suerte de imaginativas fórmulas habituales en la España de la Restauración, han sido comparadas, para escarnio de sus promotores, con esta regalía que ahora se nos promete a cambio del voto.

El hecho de que sea el partido en el poder el que anuncie un nuevo maná (laico, pero tan sacado de la chistera como el milagroso manjar que Dios concedió a los israelitas) resulta un tanto bochornoso. Sin embargo, sería injusto dejarlos solos en este "tirar la casa por la ventana" pre-electoral: Todos los partidos se convierten en tele-tiendas que ofrecen irrechazables gangas al increíble precio de un mísero voto. Ahora bien, por censurables que sean estas artimañas electorales más propias de trileros que de políticos, no serían eficaces si no existiesen los primos, o sea, los votantes, "el-pueblo-sabio-que-nunca-se-equivoca". Y es que los que se presentan a las elecciones podrán ser embaucadores, arribistas, iletrados y, a veces, hasta sinvergüenzas pero desde luegoý no son tontos y saben que el camino más corto para la victoria pasa por la demagogia y el populismo. En cierta forma, ellos ven el corpus electoral como a un burro susceptible de ser incentivado con el viejo método del palo y la zanahoria: el pueblo jamás la alcanza pero, elección tras elección, la sigue persiguiendo con el mismo necio denuedo del zopenco. Eso sí, se preocupan de que el vegetal sea cada vez más apetitoso y, si no, piensen en el tamaño y el lustre que, tras 25 años, tiene la zanahoria andaluza: vacaciones gratis para las amas de casa, una cama por habitación en los hospitales, un silicon valley, sueldos para los estudiantes, internet por la cara, viviendas regaladasý tanto compromiso incumplido que uno se imagina al coordinador del programa electoral tirando a la papelera los balances presupuestarios que hacen inviables sus propuestas y diciendo: "¡Cojone, aquí que no farte de ná!".

Si un partido prometiese arreglar las carencias de nuestra democracia: el escaso control y participación de los ciudadanos en la toma de decisiones, la profesionalización de los políticos, el poder desmesurado de los partidos, la aniquilación de la independencia de los poderes básicos del estado (en particular, el judicial), la ausencia de listas electorales abiertas, la nula relación entre representantes elegidos y electores y si, además, se cuestionase el despilfarro que hace el Estado en inútiles y nepotistas administraciones autonómicas, entonces, tendría un excepcional programa para arreglar los verdaderos problemas de España, sin embargo, sólo unos cuantos bichos raros se ilusionarían con tan necesarias reformas. Por desgracia, la mayoría prefiere seguir apostando por las tan suculentas como inaccesibles zanahorias.

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