El concierto del verano

Las dos caras del maestro

  • El maestro ofreció en Jerez pocas sorpresas pero dejó tres o cuatro momentos inolvidables · Dylan demuestra que no vive de la nostalgia, sino que está en los tiempos, en sus tiempos modernos

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El día después de Bob Dylan, con la cabeza llena de rock, fanáticos y profanos porfiaban en torno a las dos (mil) caras del mito, que se hizo verbo en Jerez. Fue una experiencia religiosa, hay que tener mucha fe en las extraordinarias canciones del trovador para no caer en dudas metafísicas. El maestro ofreció pocas sorpresas, con respecto a la gira que está a punto de concluir, pero quedarán para siempre tres o cuatro momentos inolvidables, según el gusto de cada cual. En lugar de subrayar las circunstancias secundarias (Dylan saludó al final con un escueto "Gracias, amigos" antes de presentar a su banda, pero qué más da), habría que mirar la obra desde una relativa distancia, cada noche los conciertos de Dylan se convierten en obras inacabadas que suelen generar división de opiniones, casi toda la gama de opiniones, entre el espectador. La clave de un espectáculo tan susceptible de subjetividad reside en la elección del repertorio. Si Bob tocase las mismas veinte canciones cada noche, sus mayores éxitos, tendría a la mayoría de su lado, si acaso, pero sólo irían a verle una vez. Bob no da facilidades para acercarse a su inmenso universo creativo, peca de poco generoso en ciertos pasajes, pero el cuadro suele ser una gran obra de arte accidental. En Jerez ocurrió lo propio, quizá con altibajos y con el condicionante de la voz del artista, que a unos resulta desagradable y a otros, embaucadora. Las personas con el oído acostumbrado al soniquete de voz del juglar de Minnesota llevan un trecho ganado. Convengamos en que la voz de Dylan no es la de los años sesenta, ni la del 84 cuando pisó por vez primera un escenario hispano, ni siquiera la del memorable concierto de Madrid en 1995, ni siquiera seleccionó un repertorio tan brillante como el de Córdoba en 2004. Pero lo hizo, llegó, vio y venció a los augurios más escépticos. Con dos caras muy diferenciadas, como buen Géminis.

Dylan cantó nueve clásicos y ocho temas modernos: siete piezas de los años sesenta, dos temas grabados en los setenta y el resto, ocho composiciones, pertenecientes al nuevo siglo; de ellas, tres de Love & Theft y cinco de Modern Times. El legendario rockero suele dividir sus conciertos por tramos. Si inició la noche con una de las piezas livianas de Blonde on Blonde, y luego intercaló dos monumentales ejemplos de Bloods on the Tracks entre robustos rhytm'n blues del álbum más reciente, acaso los tramos siguientes y los penúltimos capítulos antes del fin de fiesta no lograron el efecto deseado. Ay, si Dylan fuese condescendiente con lo que el público en general reclamaría, no sería Dylan, gran perogrullada, y quizá no se hubiesen advertido sus dos caras: la inspirada y la rutinaria, las aristas de quien cambió la faz de la tierra del rock y sigue evolucionando como necesidad vital.

Frente a algunos momentos prescindibles procedentes del penúltimo disco y del abuso de piezas con alma de blues, la sorpresa de la noche fue John Brown, tema del 63 que no llegó a publicarse en Freewheelin, ni en otro disco oficial que no fuese el Unplugged del 95. Actualizada la canción al estilo de la compacta y disciplinada banda, podría emparejarse en clave antibelicista a la posterior Masters of War, machacona y repetitiva, tenebrosa y expresiva. Dylan, a veces, enlaza canciones. If you see her ... y Girl from north country se ajustarían a la categoría de la melancolía y el amor evocado fuera de tiempo por parte de un tipo cuya mente sigue fuera de tiempo, por fortuna. Highway 61 y Like a rolling stone se dan la mano en cuanto a ritmo y hechuras, así como Mississipi y Beyond the horizon, las propuestas vodevilescas de la noche, temas standards más cercanos al Tin Pan Alley que al rock tradicional.

Lo de siempre: hay gente que se mosquea porque quiere escuchar más temas conocidos  o rutilantes, gente que hace listas con los temas que no tocó, puro masoquismo, y otra gente que se deja llevar por el inmenso e imperfecto arte del cantante. Y leer la letra pequeña del contrato sentimental que una a Dylan con sus desconocidos en dos horas de tiempo frenado en seco. Quién sabe si la cercanía de la Base de Rota movió a Dylan a entonar dos alegatos pacifistas, una diatriba contra los señores de la guerra y la historia de un soldado. Dos caras, sendas cruces.

A tenor de comentarios y pareceres, diríase que el concierto jerezano mostró sus mejores galas al comienzo, en los tramos intermedios coincidiendo con la hermosa Girl from north country y la hard-rockera y apocalíptica Its allright ma y los postres de Like a rolling stone. Dylan se empeña en seguir incluyendo piezas como Summer Days o Honest with me en detrimento de algunas joyas de su extensa carrera. Con la estructura de "tema lento, tema rápido" salen perdiendo algunas perlas y ganando otras que jamás imaginarían tal honor. No obstante, Dylan demuestra que no vive de la nostalgia y que está en los tiempos, en sus tiempos modernos. A veces arrebatador, a veces simplemente correcto, belleza rregular y el carisma que mantiene la atención de la gente.

Capaz de trastocar de veras una de sus mejores composiciones de todos los tiempos, Tangled up in blue, que sonó incierta pero magnífica, Dylan también revisa sus clásicos, suelta lindezas inesperadas como Mississipi, mejora versiones registradas en disco o logra el éxtasis moderado que genera la legendaria Like a rolling stone.

Voz áspera, recitados suaves, la revolución en el aire, huele a regalito de Dios, hablan las guitarras entre sí, Dylan no se sienta en toda la noche y mira al horizonte desde su piano de la señorita Pepis, a veces sopla su armónica para felicidad colectiva y otras, el equipo de luces se adapta a su personalidad: ahora arrebatadora, ahora en penumbra. En medio de la noche porfían algunas palabras, hay quien relaciona la sobriedad con el tedio, y quien se mofa de los salvapantallas ofrecidos por la escueta parafernalia. Dylan pone el énfasis en sus frases preferidas de álbumes históricos, se contonea con sus andares chaplinescos, nadie sabe si sería capaz de transmitir más emoción o de frenar el tiempo a tiempo. Sus músicos, intuitivos a la fuerza, entienden a su jefe casi de reojo. Y él, que está mayor, para qué negarlo, boicotea los posibles karaokes en torno a sus piezas señeras, alarga las frases, subraya sílabas y deja claro que algunas canciones suyas suenan mejor en boca de otros artistas, pero nunca lo harán con la misma intensidad, profundidad y misterio. Al final, como una concesión del maestro, éste permite que la gente entone las virulentas y despechadas palabras de Like a rolling stone, así como las preguntas eternas y paradójicas: "¿Cómo te sientes siendo un completo desconocido?"

ealcina.blogspot.com

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