Siempre Dylan

  • Jerez vive una velada histórica con el concierto del cantante norteamericano, que ofreció un recital de dos horas en el que alternó temas lentos y rápidos, cosechó mil ovaciones y hasta coros imposibles para ‘Like a Rolling Stone’

Comentarios 37

Así que estar ante un mito era esto. Dos horas que dieron para sentirse extasiado por el momento histórico que se estaba viviendo, cuando Bob Dylan bajó de improviso de una furgoneta con los cristales tintados, se puso un sombrero gris y caminó, con un aire que dejaba traslucir los casi setenta, hasta el escenario. El hombre que revolucionó la música popular del siglo veinte, al que un concejal del norte no quiso contratar porque “cantaba en inglés y de espaldas”, al que cualquier año de estos le darán el Nobel de Literatura, se presentó ante las seis mil personas que llenaban el fondo norte del Estadio Chapín de Jerez en una Ford Transit.

Leopard Skin Pill-Box Hat abrió la lata y la banda demostró desde ya su poderío, al tiempo que Dylan demostró que su voz conoció sin duda mejores tiempos. Dos horas de recitativo, monótono por momentos, pero que un público entregado y la espléndida calidad de los cinco músicos que acompañaban al mito convirtieron en un concierto memorable. Al menos para la cantidad de incondicionales que se reunieron en el campo jerezano.

El monstruo de Minnesota interpretó sobre todo temas de su última producción discográfica, lo que significa de hecho alguna que otra obra maestra, que un público entregado y encandilado premió con ovaciones estruendosas. Tres guitarras alternadas con un banjo, un bajo que por muchos momentos se cambió por un contrabajo y una batería incansable proyectaron desde el escenario un chorro de música grandioso y de una fuerza inusual.

Y así se dibujó la noche: ellos, de gris y negro; él, de negro y gris, sombrero claro y botas puntiagudas. Ellos, maestros del rhytm’ n blues; él, gurú de la música americana. El sonido, un poco estridente, con excesos de volumen pero no exento de calidad. Sobrio, austero, sin concesiones, Dylan da lo que tiene, no exactamente lo que quiere la gente, y sale airoso del trance. Algunos temas sonaron deformados, reinventados, y otros, musculosos y potentes. Una lenta, una rápida, sistema infalible que el trovador de Minnesota apura con buenos resultados, excepto en ciertos momentos tediosos, temas alargados, blues machacón, versos dilatados de piezas poco conocidas por el gran público, piezas casi irreconocibles, una aventura musical con final feliz. Jerez comprobó las dos (mil) caras de Dylan, que aguantó con su discreto piano eléctrico.

Buena banda de músicos, compacta y disciplinada, sin grandes destellos ni sobresaltos de mención. Guitarras punteras, contrabajo de precisión, batería de categoría y Dylan con su discreto piano eléctrico, todo el concierto al pie del cañón. Sistema de luces bueno, bonito y barato, nada espectacular, de acuerdo con la actitud y la filosofía del cantante, que bordó una lección magistral de rock, blues, country y piezas standard. A un lado la nostalgia, al otro la renovación de planteamientos, Dylan se bandea entre dos aguas, mitad y mitad, composiciones recientes más algunos temas clásicos: fórmula imperfecta pero es la que hay.

Público de casi todas las edades. A tenor del sentimiento general latente en el estadio, hubo gente que vibró con su ídolo y otros, los no iniciados, que acabaron un poco desconcertados o decepcionados. Nunca se sabe, con Dylan nunca se sabe. Tiene ratos brillantes, vehementes y apasionados, y también momentos introspectivos, caprichos de artista venerado y consentido, y sobre todo una colección de canciones colosal, descomunal, con la que juega cada noche. En Jerez, esta vez, tocó un repertorio variado. El público, al que el astro no saludó y del que tampoco se despidió, alternó la admiración con el respeto, las ovaciones con los silencios, hasta que llegó el estallido final me-mo-ra-ble con la interpretación de Like a Rolling-stone.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios