SALAS DE VERANO

Cine bajo la luna

  • Las nuevas tecnologías y la implantción de los multicines han provocado el cierre del 80% de las salas andaluzas

Se hacían pasar por juglares del cine. Julio Álvarez y sus hermanos se dedicaban a proyectar películas por las plazas de los pueblos. El ahora propietario del cine Los Vergeles recuerda los tiempos en los que, con sólo 10 años, vendía entradas a dos pesetas para ver la proyección que su padre y sus hermanos montaban por los pueblos de La Alpujarra granadina: “Sólo había que ver la ilusión en el rostro de los asistentes para comprobar que aquello que hacíamos era en realidad pura magia”, apunta Julio Álvarez. Las proyecciones cinematográficas se popularizaron a partir de la década de los 50 hasta convertirse en una de las principales fuentes de ocio para los andaluces de la época. Años más tarde, llegó la edad de oro para las salas de cine de verano. Los años sesenta eran los años de los jeans, el pelo largo y la música pop-rock, pero también los de Sara Montiel, Lola Flores y niños prodigio como Joselito, Marisol y Rocío Durcal en las pantallas.

Casi medio siglo después, Julio Álvarez sigue con el negocio. Es propietario de la última sala de verano de Granada capital. El mítico cine del Zaidín continúa sobreviviendo a las embestidas de la especulación urbanística. El PGOU de la ciudad prevé la construcción de un bloque de viviendas de cinco alturas. Pero las pretensiones del ayuntamiento en esta zona obvian la voluntad de Julio, que ha vuelto a reiterar su deseo de que el suelo siga teniendo un uso lúdico. La dirección del cine sostiene que se sienten orgullosos de gestionar tan emblemática sala que hoy cuenta con 800 butacas y cuya ocupación ronda el 60 %.

Peor suerte han corrido otras innumerables salas que, tras años de lucha por la supervivencia frente a los grandes multicines, se han visto abocadas a la desaparición. Tal es el caso de cines tan clásicos como el Avenida de Sevilla, el San Fernando de Punta Umbría o La Caleta de Cádiz, todos ellos derruidos con la llegada de la cultura norteamericana de grandes centros de ocio y consumo, cada vez más extendidos. Con ellos se fue toda una vida de paredes encaladas y albero baldeado con la goma de regar, toda una cultura popular de cómo entender el cine y los calores.

Miguel Vílchez, propietario del cine Liszt en La Zubia (Granada), explica que el cambio de hábitos y el avance de las nuevas formas de comunicación como internet han agudizado el problema para las salas del séptimo arte. “La descarga gratuita de películas se ha generalizado tanto que la asistencia a la sala se ha convertido en algo extraordinario”, comenta el granadino.

No obstante, las salas de verano mantienen una esencia propia que las distingue de las salas convencionales. Los cines que han podido sobrevivir a la crisis ofrecen una atracción consolidada entre la oferta de ocio estival. El placer de ver la película al fresco, con la fragancia de los jazmines y bajo un cielo estrellado no lo pueden ofrecer los grandes multicines y mucho menos las pantallas de ordenador. Vílchez resalta la convivencia que permite una sala de verano y comenta que en su cine la gente va para pasar el rato con amigos y familiares más que para ver la película. Y es que estos recintos suelen ser mucho más permisivos a que la gente pueda fumar, consumir todo tipo de frutos secos y bebidas o deleitarse con los oportunos perritos calientes.

La asistencia a una sala de cine de verano se convierte pues en todo un ritual en peligro de extinción. El empresario comenta que ha mantenido la sala prácticamente igual desde que se inauguró en mayo del 60. La pantalla es la misma sobre la que su abuelo proyectó la primera cinta, los asientos son de plástico, en vez de hierro o madera, y el piso de gravilla. “Está claro que no podemos competir con los multicines pero tampoco en estas salas modernas es posible tomarse un descanso entre rollo y rollo de filme o acudir al ambigú a pedir un bocadillo en mitad de la proyección”, apunta el propietario.

Carmen Utrera, granadina de 57 años, recuerda que cuando trabajaba de empleada del hogar en la Costa del Sol solía regentar el cine Imperial de Torre del Mar. “Pasábamos la noche entre chicles, pipas y bocadillos al fresquito con los amigos”, recuerda con cierta nostalgia. Eran tiempos en los que el ocio en la Costa del Sol pasaba, casi de forma obligatoria, por ver los estrenos al son de la noche y luego tomar unas tapas con cerveza en las múltiples marisquerías de la zona. El cine Imperial, tras numerosos cambios de dueño, con más inconvenientes que beneficios, continúa en la calle Dieciocho de julio tras 47 veranos de largas noches de celuloide. Con dificultades, pero eso sí, con unos espectadores fieles, que por cuatro euros llevan a sus hijos al mismo sitio donde iban ellos con tres años. Motivo suficiente para asistir al cine auténtico: el del fresco y el bocata. Y si la película es aburrida, siempre es posible echar la mirada al cielo.

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