El regreso del justiciero

Charles Bronson ha vuelto reencarnado en el cuerpo de Kevin Bacon. Y no es una metáfora. A partir de una novela de Brian Garfield, autor también de aquella El justiciero de la ciudad que dio carta de naturaleza a la épica del ojo por ojo en el film homónimo de Michael Winner (1974), Sentencia de muerte nos devuelve a la figura moral del padre coraje en una renovada versión bíblico-punk servida con abundante carnaza y un considerable desprecio por toda credibilidad argumental.

A James Wan, especialista en subproductos exploitation como la primera entrega de Saw o Silencio desde el mal, parece importarle bien poco que los márgenes y las coordenadas del mundo real se desdibujen aquí hasta borrarse en una trepidante fábula apocalíptica sobre la venganza en su más extrema y cruda explosión hormonal.

Un padre (Kevin Bacon, tan desencajado como de costumbre) es testigo del asesinato de su hijo a manos de una banda de criminales tatuados.

Con el sistema policial y judicial irrisoriamente fuera de juego, sólo queda la subrayada opción de tomarse la justicia por la mano y reestablecer el orden natural de las cosas a tiro limpio.

Se inicia así un descenso a los infiernos (literal hasta lo obvio en la transformación del personaje en un nuevo Travis Bickel, protagonista de Taxi Driver, o en la secuencia que cierra el filme, ambientada en una capilla saturada de luces rojas) en el que la espiral de la violencia nos viene servida con abundante estruendo, casquería y varias escenas de acción que permiten sacar momentáneamente a Wan de su rutina de telefilme y revestir su indisimulada incorrección política de altas dosis de espectacularidad resueltas con cierto oficio.

Lo que no quita que las orejas de una estética fascista asomen en la pantalla con rotundidad y muy poco distanciamiento.

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