La mirada ajena

  • La primera novela de Mariano Peyrou propone una brillante aproximación a cuestiones como la identidad, las relaciones personales o la función del arte

Después de estrenarse en la narrativa con un libro de relatos, La tristeza de las fiestas, el poeta Mariano Peyrou ha publicado una primera novela que traslada a la prosa algunos de los temas presentes en el conjunto de su obra y su gusto por la indagación o los juegos con el lenguaje, que como dicen sus editores se inscribe en la tradición de la mejor vanguardia europea. O norteamericana, cabría añadir, no por casualidad ha traducido Peyrou a autores estadounidenses como John Barth o William Gaddis que huyen, como él mismo, de las narraciones planas, lineales o meramente enunciativas. Protagonizada por un compositor de música contemporánea, Tico, que pasa en compañía de su íntima amiga Pola y de otros invitados un fin de semana -tres días, narrados en otros tantos capítulos- en la casa de campo del padre de aquella, De los otros se centra no tanto en lo que sucede a lo largo de esas jornadas como en las reflexiones y conversaciones de un personaje que vive algo parecido a la crisis de los cuarenta -aunque la insatisfacción, como le reprocha su amiga, parece consustancial a su carácter- y no deja de hablar o de pensar ni un momento, de acuerdo con una pulsión introspectiva que se une a la paradójica necesidad de entender y ser entendido.

Las relaciones personales, la vocación artística, el modo de llegar a un público que en el caso del compositor es necesariamente minoritario, aunque a Tico le desagrada la profesión de elitismo, son algunos de los temas de una novela densa y a la vez ligera que trata también de la amistad, la seducción o el amor, de la libertad y sus límites, de la independencia o la función social o política del arte, que para el protagonista reside más en la forma que en el contenido. Sobre ellos, sin embargo, o impregnándolos todos, se impone el tema mayor de la identidad, enfrentada a la mirada "de los otros" -la mirada "ajena", incluida la propia respecto de uno mismo- pero también a los disfraces e imposturas que deforman el verdadero yo o se interponen entre éste y la imagen -la pose- que ofrecemos o querríamos proyectar, a los gustos o los valores que asumimos o rechazamos tanto en la vida cotidiana como en el ámbito del pensamiento o de las concepciones artísticas. En este último terreno, Peyrou trata de la dialéctica entre tradición e innovación que lleva a su personaje a preguntarse por el peso de las ideas heredadas -de la familia o de la cultura- y el margen del que dispone el creador para proponer algo genuinamente personal y al mismo tiempo comunicable, tarea tanto más difícil cuando se trata de propuestas difíciles, muy alejadas de las directrices del mercado.

En el plano formal, el discurso de Peyrou combina los registros privados o coloquiales con un sinfín de referencias cultas, enlazadas con fluidez en diálogos o monólogos interiores -incluso cuando piensa, Tico necesita de interlocutores, en particular de una Pola convocada al efecto o puramente imaginaria, para dar forma al flujo de conciencia- que a veces se sobreponen o entrecortan, en frases interrumpidas que dejan la puntuación en suspenso y transmiten una vivacidad peculiar, dentro de una prosa que destaca por su brillantez y sentido del ritmo. Talentoso pero vulnerable, al modo de esos genios que pese a ser reconocidos no acaban de encontrar su lugar en el mundo, perpetuamente asediado por mil interrogantes sobre sí mismo o la realidad donde se desenvuelve, el protagonista de la novela puede llegar a resultar cargante -"¿Qué te irrita de mí?", le pregunta Tico a Pola, y esta le responde: "la constante exigencia de conversaciones inteligentes"-, pero la pedantería o las veleidades psicoanalíticas del personaje son contrarrestadas por cualidades como la ironía o un sentido lúdico que de algún modo lo redime -por ejemplo cuando juega con las niñas, que lo adoran, pero también en las conversaciones mismas, donde nunca falta el humor- de su tendencia a la verborrea intelectualizante, que por otro lado se aplica no sólo a los conceptos sino también a los vínculos afectivos, tan numerosos en su caso como efímeros o infecundos. Quizá no lo elegiríamos como compañero de viaje, pero al final -también en este terreno, más por la forma en que se expresa que por el contenido de sus divagaciones- le hemos tomado cariño.

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