A este lado de la emoción

  • En 2010 'Fields' nos descubrió a Junip, el trío con el que José González inició su carrera. Y no era un rescate, sino un proyecto en crecimiento

Cuando Veneer (2005) e In Our Nature (2007) ya eran gozosas escuchas de cabecera en la lista de preferencias del oyente avezado, éste descubrió que la trayectoria del sueco de ascendencia argentina José González no arrancaba con esos discos majestuosos, imponentes en la sencillez de su desnuda condición acústica, sino en un singular trío previo, Junip -González a la voz y guitarra española; Tobias Winterkorn a los teclados y Elías Araya a las percusiones-, en intermitente actividad desde el arranque de la pasada década.

En 2010, con el estreno del documental The extraordinary ordinary life of José González y con el cantante y fino guitarrista convertido ya en figura de culto dentro del revitalizado circuito de adeptos al neofolk desprejuiciado -¿recuerda aquella versión del Teardrop de Massive Attack en In Our Nature?-, los tres amigos de Gotemburgo aprovechaban el tirón para poner en circulación Fields, un álbum -por cierto, repleto de sabrosos extras en su versión triple CD- que sumaba significativas pistas en torno al canon moldeador del sonido del grupo y, por ende, de la trayectoria de González en solitario. Así, al folk británico de los 60 y a la peculiar técnica guitarrística de nuestro hombre, tan próxima a ciertos ecos africanos, se sumaba un indisimulado gusto por los desarrollos instrumentales propios del krautrock, una mezcla que en Fields nos dejaba canciones de gran belleza y mesméricas hechuras -At The Doors, incluida en el mencionado triple CD, pasa por ser una inmejorable muestra de lo dicho-.

¿Qué iba a ser lo próximo? La previsible alternancia pronosticaba disco en solitario de José González, a quien en 2011, escarbando en ese componente africano, encontrábamos en una curiosa y preciosa reconstrucción de Trefle, canción de Houwaida & Badiaa para la compilación benéfica La Tunisie Vote. Musique Sera. Pero la previsión erraba, el runrún en sentido contrario se hacía insistente y un domingo de mediados del pasado febrero nos desayunábamos en Twitter con un aviso en la cuenta del cantante: la disponibilidad del turbador videoclip de Line of Fire filmado por Mikel Cee Karlsson, uno de los directores tras The extraordinary ordinary life of..., justo el sencillo que avanzaba un segundo y homónimo álbum de Junip.

Con la expectación propia de las grandes ocasiones, inevitablemente filtrado en la red a escasas fechas de su publicación, también disponible en streaming a través de la web de Pitchfork, Junip se publica mañana en Europa bajo la contrastada certeza de encontrarnos ante otro disco mayúsculo, un álbum continuista en sus planteamientos estéticos -incluida de nuevo la identificativa presencia tras la mesa de mezclas del músico y productor Don Alsterberg- que no obstante deja a un lado los planteamientos más especulativos para ceder el protagonismo a la robustez de sus canciones.

Eso no significa que Winterkorn prescinda de su característica inclinación por las ráfagas de teclados planeadores -el peso armónico de estas diez canciones sigue siendo en buena medida responsabilidad suya-, sino que concreta el esfuerzo con mayor precisión para ofrecer piezas más delineadas, más cerradas -también más comedidas- en su condición de artefactos sonoros con funcionalidad objetiva: ¿cómo no dejarse atrapar y encandilar por semejante repertorio, al que la ya tan familiar voz de González pone siempre el grado de emoción exacto?

A esa conclusión se llega después de no pocas escuchas, pues descontando los cortes cautivadores a la primera -el mencionado Line of Fire o Your Life Your Call, también adelantado en otro vídeo gemelo de Mikel Cee Karlsson-, Junip despliega el grueso de su listado con el mismo disimulo de una mina terrestre: las canciones te explotan en los oídos -y en el corazón- cuando, sin darte cuenta, ya te has adentrado en ellas.

Abundan los ejemplos con nombres concretos -Suddenly, con el moog de Winterkorn convertido en zumbadora fanfarria; Walking Lightly, seis versos reiterados a modo de mantra; o Baton, armada sobre un hipnótico bucle de bajo y percusiones- y se encarnan finalmente, dónde si no con ese título y ese texto, en After All Is Said and Done, desarmante canto a la pérdida y la esperanza que deja al oyente clavado, satisfecho y feliz ante la magnitud de las sensaciones que acaba de experimentar.

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