Una feliz sorpresa inesperada

Noches en los Jardines del Real Alcázar. Programa: Obras de J. Turina, M. de Falla, E. Granados, E. Lecuona y X. Montsalvatge. Mezzosoprano: Amaya Domínguez. Piano: Xoan E. Castiñeira. Fecha: Viernes, 31 de julio. Lugar: Jardines del Alcázar. Aforo: Lleno.

Una leve pero inoportuna indisposición vocal del tenor sevillano Juan Sancho ha permitido que conociésemos y disfrutásemos de la estupenda mezzosoprano francesa Amaya Domínguez. En realidad ya cantó en Sevilla hace un par de años, también junto a Juan Sancho, en la gira europea de Le Jardin de Voix, el proyecto liderado por William Christie y que en aquella ocasión presentó a un prometedor ramillete de jóvenes voces con música de Monteverdi. Pero ahora Amaya Domínguez se presentaba con un programa radicalmente diferente, con canciones españolas del siglo XX, un envite del que salió más que airosa dada la premura de la sustitución.

La voz de la joven francesa, una mezzosoprano más lírica que dramática, es de reseñable belleza tímbrica, sedosa, con un centro ancho y bien proyectado, rico en armónicos. Tiene mejor resuelto el paso al registro agudo, que se opera sin fisuras y sin saltos, que la transición a un registro grave algo menos firme y para acceder al cual debe recurrir a cierto engolamiento, con un apreciable cambio de color. No obstante, apenas si fueron apreciables estos defectos técnicos (que se resolverán con el estudio) más allá de algunos pasajes graves en la primera de las Majas dolorosas de Granados, porque en el resto de sus intervenciones su interpretación fue intachable técnicamente hablando. Subrayaría especialmente su capacidad para atacar las notas superiores en piano y para sostener el canto y el sonido en unos pianissimi de gran belleza, como en El paño moruno o en la Nana de Falla, pieza esta última en la que exhibió unas muy sensibles regulaciones que aportaron intimidad a una noche llena de ruidos de abanicos y de aplausos a destiempo. Su formación en Música Antigua le otorga, además de un preciso sentido de la afinación (como se vio en la armónicamente complicada Chévere de Montsalvatge), una perfecta inteligibilidad, algo que se echa de menos en tantas cantantes a la que no se les entiende nada de lo que cantan.

Como pianista solista y acompañante contó con un Xoan Elías Castiñeira poco fino. Salvo en La maja y el ruiseñor, donde estuvo muy contenido, con sentido del rubato y del fraseo, en las piezas a solo de Turina y de Lecuona estuvo bastante rudo y con abundantes errores. Como acompañante estuvo más entonado en las piezas más lentas, porque en las más rítmicas (Polo o Jota, por ejemplo) se perdía la línea del discurso melódico, ocultada por dinámicas excesivamente fuertes y monótonas.

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