Una cierta tendencia del cine autonómico

Existe una cierta tendencia del cine español que, amparada en los patronatos de turismo o en las film commissions, tira de personajes locales de singular biografía para levantar producciones de escaso interés y rancia forma que, además, no dudan en revestirse de los caros ropajes de las viejas co-producciones internacionales.

Como no hay pueblo sin héroe ni región sin hijo predilecto merecedores de un buen biopic, la de Óscar Domínguez (1906-1957), famoso pintor canario cercano al grupo de los surrealistas, es una historia que los organismos e instituciones culturales canarios no podía dejar escapar, sobre todo si un director local como Lucas Fernández (procedente del ámbito de las tv movies) insiste en convencerles de que con rostros conocidos y una producción generosa, el asunto puede reportar prestigio y difusión.

En esa coyuntura, con un desacertado casting de viejas glorias (Almeida, Abril, Suárez, Perrugorría) cuyo mejor tiempo ya pasó, un guión de chiste empeñado en hilvanar presente y pasado bajo el influjo de la épica del artista incomprendido, sus circunstancias históricas y el eco de los tiempos, Óscar, una pasión surrealista nos devuelve a los peores tiempos del cine español empeñado en no parecerlo a golpe de talonario, impostura estética y un elenco que, bótox y maquillaje mediante, pone acentos raros (portugués y cubano, al margen del dialecto propio de la Abril) cuando de lo que se trataba era de reivindicar lo local, ya que estábamos.

Una historia imposible e irrisoria en dos tiempos dos, un esquematismo dramático infantiloide, unos sonrojantes diálogos explicativos, unos (gratuitos) toques de erotismo al más puro estilo años setenta, una música enfática y excesiva y una puesta en escena esquizofrénica entre el peor academicismo televisivo y unos mal digeridos efectos de modernidad, lanzan directamente a esta película a una la candidatura al peor filme español de la temporada. Y encima caro.

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