La banalidad de Stone

Thriller, EEUU, 2012, 131 min. Dirección: Oliver Stone. Guión: O. Stone, S. Salerno, D. Winslow. Fotografía: Daniel Mindel. Música: Adam Peters. Montaje: A. Marquez, J. Hutshing, S. Levy. Intérpretes: Taylor Kitsch, Blake Lively, John Travolta, Salma Hayek, Benicio del Toro.

El extravagante Oliver Stone, apasionado exaltador de dictadores o demagogos latinoamericanos en sus documentales (Looking for Fidel, Al sur de la frontera), es un director desconcertante capaz de lo mejor (JFK, Nixon), lo regular (Platoon, Wall Street, Nacido el 4 de julio, Asesinos natos, Alejandro Magno) y lo peor (The Doors, Giro al infierno, World Trade Center). Siempre he tenido frente a él la sensación de que es un chico bueno, una persona de orden fílmico (la monumental solidez dramática de JFK y Nixon), que quiere hacerse pasar por un chico malo, un tipo poco de fiar que lo sabe todo sobre los infiernos de la mente y de la sociedad, porque eso viste más, es más moderno y suele estar mejor valorado por la crítica (la desmesura seudotarantiniana de Asesinos natos o Giro al infierno). Siempre he sentido en sus películas negras y violentas un aire de forzada insinceridad.

Dos amigos de infancia californiana a lo Beach Boys se han convertido en los reyes de la marihuana y viven lujosamente formando un feliz triángulo amoroso con una chica que con ambos compone su amante ideal. Uno es el duro y el otro el idealista que dedica sus dineros a fundaciones en el tercer mundo. Pero en su feliz universo triangular y colocado se cruzan los cárteles mexicanos. Ellos son los salvajes. Les hacen una de esas ofertas que no se pueden rechazar. Pero la rechazan. Les someten a una de esas presiones ante las que más vale ceder. Pero se revuelven y les atacan. Y se desata el infierno.

No es una película realista que pretenda representar la violencia de los traficantes, la corrupción de la policía y la hipocresía de una parte influyente de la sociedad. Aunque estos elementos estén presentes, lo están como gracieta de transgresión programada y estilismo de lo extremo. Tampoco es una película esperpéntica que denuncie con exageración y acritud los males antes enunciados. Aunque haya guiños humorísticos (difícil saber si voluntarios o involuntarios) y una deliberada exageración, todo resulta demasiado superficial. Es, tal vez, una película retórica que juega con los tópicos del cine negro extremo tal y como se ha desarrollado desde el Brian de Palma de Scarface (de la que no casualmente Stone fue guionista) hasta Tarantino, tomando como lecho narrativo una novela del considerado maestro de la nueva novela negra Don Winslow.

La representación explícita del sexo, la ingestión de drogas y la violencia más bestial en todas sus variantes no hace más realista o más dura a esta película. Sólo más estérilmente desagradable. La utilización de la música ligera la lleva por los derroteros de la espectacularización y de la banalidad (también de la ampulosidad grotesca cuando usa la clásica: ¿por qué le habrá dado por meter al pobre Brahms en este bodrio?). O lo que es lo mismo, tratándose de tantas muertes tan crueles, de la inmoralidad.

Bien rodada. Regularmente interpretada (los salvajes, especialmente Salma Hayek y Benicio del Toro, parecen malos de cómic). Bien montada, como es habitual en Stone. Buen reparto mal dirigido o teniéndoselas que ver con personajes estúpidos. Entretenida en su primera parte. Disparatada y progresivamente grotesca conforme camina hacia su final ridículo. Y tramposo.

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