Crítica de Cine

Volver al lugar del crimen

la mirada del silencio

Documental, Dinamarca, 2014, 103 min. Dirección y guión: Joshua Oppenheimer. Fotografía: Lars Skree. Música: Seri Banang, Mana Tahan.

Joshua Oppenheimer lleva más de una década indagando en los estragos del genocidio indonesio, acometido por el ejército y el propio pueblo a su servicio a mediados de los años sesenta. Como otros grandes documentalistas de referencia (Lanzmann, Ophuls, Panh, Hara, Morris), Oppenheimer trabaja sobre la ausencia confrontado su cámara con las víctimas, los supervivientes y los verdugos, esperando, como sólo los buenos cineastas saben esperar o provocar, a que el propio dispositivo acabe revelando la verdad de boca de sus propios protagonistas.

En la celebrada The act of killing, proponía además un ejercicio performativo arriesgado para estos propósitos: hacer interpretar y representar a los propios verdugos y asesinos sus actos más atroces, sus asesinatos más cruentos, como si fueran los protagonistas de la película de sus vidas en clave de género. En aquel gesto teatral y kitsch, el filme revelaba a un tiempo la Historia a través de la simulación y el extraño efecto especular de la imagen cinematográfica como dispositivo de confesión.

La mirada del silencio regresa de nuevo a unos mismos lugares y revisita a personajes ya filmados. Pero ahora tenemos un protagonista, una mirada conductora, la de Adi, un oftalmólogo cuyo hermano fue brutalmente asesinado por los escuadrones de la muerte al Norte de Sumatra, un hombre decidido, junto al cineasta, a enfrentarse a los verdugos y sus familias, a los cómplices, cínicos, cobardes, amnésicos, insensibles, de aquella oleada de terror de dio con más de un millón de indonesios en las cunetas, las fosas comunes y los ríos.

Este viaje se articula así sobre una metáfora (mejorar la vista, recuperar la memoria) y una doble mirada: hacia el propio archivo documental revelador y hacia un presente que, tozudo, sigue negando o justificando aquellos crímenes. La mirada del silencio es un documento doloroso y por momentos estremecedor, bordeando lo impúdico pero siempre dentro de unos límites y a una distancia prudencial: a su paso uno sigue reconociendo los pavorosos mecanismos de la deshumanización, el peso de la memoria, la injusticia y la venganza como señales de un clima moral que no parece tener solución posible. Con todo, hay una voluntad reconciliadora en este ejercicio también performativo, un deseo de comprender y, tal vez, de perdonar a los asesinos y sus familias, aun sabiendo de ellos siguen desplazando su culpa o su responsabilidad directa o heredada.

Son los propios verdugos los que claman aquí por cerrar las heridas para que cicatricen de nuevo. La mirada del silencio intenta mantenerlas abiertas, al menos hasta que queden fuerzas y descansen de una vez aquellos que, como los padres de Adi, vieron el horror tan de cerca.

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