Vida trágica de un cómico gordo

En 1920 Roscoe 'Fatty' Arbuckle era, con permiso de Charles Chaplin y Mary Pickford, uno de los rostros más populares del mundo, más conocido que el presidente de los Estados Unidos y una de las pocas estrellas de cine que podían presumir de un contrato anual de un millón de dólares o de tener una compañía (Comique) para hacer películas a su medida. Apenas unos meses después, a finales de 1921, su oronda figura (170 kilos en un cuerpo de 1'67 cm. de estatura) era objeto de escarnio público tras uno de los primeros escándalos sonados de un Hollywood en el punto de mira de los sectores más conservadores y puritanos del país. Arbucke fue acusado de violar con una botella de Coca-Cola a la estarlet de segunda Virginia Rappe, que fallecería poco después, tras una noche loca de fiesta en un hotel de San Francisco. A pesar de ser absuelto por el jurado tras tres largos y penosos juicios, la ferocidad de la prensa sensacionalista, con el Examiner de William Randolph Hearst al frente, convirtió "el escándalo Fatty Arbuckle" en el caso más famoso de la época.

Roscoe 'Fatty' Arbucke se convirtió así en la diana de todos los dardos, en el chivo expiatorio de la comunidad de "depravados y viciosos" de Hollywood. Difamado, arruinado y despedido de los estudios, el actor vio como le daban la espalda amigos y colegas de profesión y cómo su carrera de éxito acababa mucho antes de que la llegada del cine sonoro hiciera lo mismo con tantas otras estrellas de su tiempo. Durante los diez años siguientes, Fatty paseó su figura por escenarios de vodevil y salas de fiestas, abrió y regentó su propio club nocturno, dirigió películas educativas con el seudónimo de William B. Goodrich y, tras firmar un esperanzador contrato con Warner para volver a la interpretación, ya en las películas habladas, murió de un repentino ataque al corazón en 1933.

Si estos son los titulares de una biografía pública en su más estricto y trágico sentido, tal vez una de las más difundidas de los primeros tiempos de esplendor de Hollywood, este Yo, Fatty de Jerry Stahl pretende devolvernos al auténtico Roscoe Arbuckle a través de un interesante trabajo de ficción-ventriloquia que maneja datos y materiales conocidos, también información que nunca había salido a la luz, para reconstruir en primera persona la voz íntima de quien fuera uno de los grandes cómicos del cine mudo.

Con innegable empatía y compasión hacia el personaje, al que nos acercamos desde ciertos tópicos de la personalidad herida forjada desde una raíz freudiana -una infancia difícil, un padre autoritario, borracho y violento, una madre enferma, etc.-, Stahl se transfigura en la voz de un Arbuckle siempre consciente de su destino trágico y, muy especialmente, de las coordenadas de la época que le tocó vivir. La novela describe así con detalle aquel mundo del vodevil ambulante en el que se forjó su carácter y su personaje, el gordo con cara de niño al que lanzar tartas de nata, así como los entresijos menos glamourosos de una industria del cine que tomaba poco a poco conciencia de su importancia popular tras años de desprestigio social. Por estas páginas desfilan el aliento a cebolletas y whisky de Mack Sennet, padre del slapstick y descubridor de numerosos talentos cómicos desde su famosos Keystone Cops, un joven y ya ambicioso Charles Chaplin, la frágil Mabel Normand, un juerguista Douglas Fairbanks, un joven, culto y siempre fiel Buster Keaton o productores judíos y sin escrúpulos como Adolph Zukor o Jessie Lasky, patrones de Arbuckle en la todopoderosa Paramount. Nombres clave para entender lo que fue y en lo que se convirtió Hollywood en apenas unos pocos años desde que un puñado de empresarios decidieran establecerse en los alrededores de Los Ángeles huyendo del trust de Edison.

Pero al margen de la documentada historia de fondo, el Arbuckle que descubrimos en estas páginas es un tipo tristemente lúcido, irónico y elocuente cuando recuerda sus numerosos pasos en falso, sincero cuando confiesa sus complejos, sus adicciones al alcohol y la heroína, sus problemas viriles con las mujeres o la difícil y traumática relación con su padre, un ser brutalmente honesto cuando se retrata a sí mismo como un gordo muñeco cómico en manos de una maquinaria del espectáculo que, a pesar de su enorme popularidad, escapó siempre a su control.

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