Ruibal quiere y se deja querer por Algeciras

  • El cantautor del Puerto de Santa María, atrapado a su guitarra, da una clase magistral Elogia al público, a la ciudad, se lleva varias ovaciones y una gran sonrisa

Dejó sin voz al público. Marcaba el reloj el filo de la medianoche, entre menos y más. Gorro, camisa de rayas y pantalón claro, guitarra en mano, poeta mental, ahí estaba Javier Ruibal. No dejaba de entrar gente en la Gramola de Algeciras mientras él ya empezaba a sonar. "Buenas noches, os habéis quedado tan callados que me ha dado hasta corte". Eran sus primeras palabras antes de desmenuzar La canción del contrabandista.

Entre los asistentes algunos amigos, colegas y amantes de esto de la música de autor, Antonio Romera Chipi y José Carlos Gómez, ambos algecireños. Como carta de presentación lanzó un elogio a la sala: "se ha convertido en una referencia para los artistas de todo el país y es un orgullo que esté en Algeciras".

Entre A Roma no quiero ir y Quédate conmigo dejaba semblanza de su intensa personalidad y es que tampoco quería confundir, "las canciones no tienen por qué ser reales, y mucho menos que me hayan pasado a mi". Entre el murmullo de la gente y el leve chasquido de dos copas en cualquier rincón de la sala afinaba el maestro su guitarra. Al más estilo flamenco tambaleaba con "toda mi fortuna vino de repente".

Acompañado de guitarra y batería, sobre las doce y veinte de la madrugada, aclaró que llegaba "otro momento estelar", "podrán cantar, bailar y tocar las palmas", sin duda un estímulo que fue correspondido al son de Un ave del paraíso.

Sin entrar en detalles de estilo, sin mezclarse entre pop o flamenco, tango o copla, sin distinguir de etnias no cesaban los acordes deslizados entre sus dedos y Ruibal lo advertía: "cada vez que me pongo rumbero tiembla hasta el Vaticano". Si no me besas empezó a rugir a la una menos cuarto de la mañana.

Llevaba casi una hora de concierto cuando decidió invitar a un amigo al escenario. "Oficios como el nuestro permite que tengamos la suerte de ir conociendo a artistas...", un halago sin duda para José Carlos Gómez. El algecireño confundido con la hora llegó a las diez a la Gramola, disfrutó de los ensayos y ahí nació la idea de cantar, y así fue de improviso como arrancó los aplausos con su Doy gracias y Gente que viene y va. "Qué alegría de artista" decía Ruibal mientras tomaba nuevamente su posición.

El sabor del son cubano hizo aparición con Habana mía, y entre la gente el movimiento perseguía a las ganas de Ruibal. Todas las edades, aunque mucho más mayores que jóvenes, seguidores devotos de la religión del cantautor, cancionero, trovador y flamenco. En una intensa labor de rescate, explicaba, recuperó algunos temas de hace una década, "una versión más arrugada pero con la misma cara".

Pasadas la una y media seguía sobre las tablas, "buenas familia, me gustó estar aquí una vez más, las despedidas son muy duras". Dedicó a Enrique Morente La rosa azul, en homenaje al maestro que "ya no está con nosotros". Ruibal sí estuvo anoche, se notó, se vivió y se sintió.

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