Pepín Liria se despide de la afición de Castellón y corta la única oreja de la tarde

  • El francés Juan Bautista pone voluntad en su dos faenas y Jiménez sortea el peor lote

Decepcionó la corrida de Ricardo Gallardo. Decepciona de quien se espera más, mucho más. El gran toro que abrió plaza no tapa un encierro al que le faltó mucho en muchos toros. Ni siquiera dos toros manejables, como segundo y cuarto, levantan el cartel. Pero todo por partes.

El primero fue un gran toro. Muy en el tipo. Rematado y serio. Y a más en todo momento. El animal tomó el capote por bajo, hasta el final. Anuncio grande. Se vio en los muletazos de inicio y cuando Pepín acertó a bajarle la mano, fundamentalmente por el pitón izquierdo. Ese fue de cante grande. Humillado siempre y entregado a los engaños. Pero exigente. Con codicia y casta. Un lujo para la vista. No terminó de cogerle el aire el murciano en los primeros compases. Y el toro ganó la pelea. Sin embargo, con la zurda Liria se reposó y se gustó. La primera serie fue la mejor de la tarde. Todo con mucha voluntad y honradez, La faena del cuarto se vivió con mucho cariño y a favor de obra en los tendidos. El toro fue bueno. Las series tuvieron mucha pasión, mucha raza. Algo acelerado y con algún tirón de más por momentos. Más sosiego pedía el toro, que embestía humillado, aunque cada vez se fue quedando algo más cortito. La espada en esta ocasión le jugó una mala pasada, dos pinchazos, y aun así, el público le premió con una cariñosa oreja.

Por su parte, Juan Bautista ante su primero llevó a cabo una faena larga pero de series muy cortas. Con su segundo también se demoró más de la cuenta en una labor sin apreturas.

Finalmente, César Jiménez no tuvo opción con las dificultades y peligro de su primero. Ante el noble sexto, al que le costaba seguir los engaños, diseñó una labor de largo metraje sin conseguir el estímulo pretendido.

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