Pensamientos de poeta

  • Visor reúne en un volumen todos los sofismas de Vicente Núñez, una recopilación deslumbrante que nos recuerda el proverbial ingenio del maestro de Aguilar

Fue una personalidad extravagante y singularísima, un poeta largo tiempo ignorado y sólo hacia el final de su vida redescubierto, después de años de abandono de la literatura. No mucho tiempo después de recibir el premio Adonais por Los días terrestres (1957), impulsado al parecer por la noticia de la muerte de su madre, Vicente Núñez (1926-2002) había abandonado para siempre los círculos literarios para volverse a su pueblo, de donde ya no se movería. Allí, en Aguilar de la Frontera, ejerció su hondo magisterio, en la cátedra de la taberna El Tuta, siempre la misma mesa, junto al ventanal, desde donde miraba furtivamente los cuerpos bronceados de los braceros a los que llamaba semidioses, como un emperador del tiempo de la decadencia. Vicente Núñez fue un dandy que eligió no exhibir su elegancia en ambientes cosmopolitas, sino replegarse -"solo, pero no conmigo"- sobre su pequeño mundo conocido, Ipagro o Poley por otros nombres. Pero fue sobre todo un gran poeta, cultivador de una lírica intimista de marcado tono elegíaco, fastuosa y sensual e impregnada de soterrado paganismo. Es fama que la llamaba, a la poesía, la Ramera.

Fue también el creador, en la última etapa de su trayectoria literaria, de una serie de aforismos o sentencias que llamó sofismas. Esta faceta del poeta comenzó siendo un tardío divertimento, pensado para las páginas efímeras de los periódicos, pero la constancia en el empeño y la regularidad de la dedicación dieron como resultado un corpus ingente que no puede ser despachado como mero apéndice a la obra en verso. Escritos a lo largo de casi quince años, desde 1987 -cuando comienza su colaboración semanal con el diario Córdoba- hasta el mismo momento de su muerte en 2002 -la última serie fue publicada póstumamente-, muchos de los sofismas fueron reunidos por el poeta en varias recopilaciones -Sofisma (1994) y Nuevos sofismas (2001), más las plaquettes Entimema (1996) y Sorites (2000)- que han acabado ocupando un lugar para nada menor en la obra de Vicente Núñez. Todos ellos han sido recogidos por Miguel Casado en este volumen espléndido que incluye unos doscientos sofismas inéditos, desechados en la última entrega del poeta por razones de espacio.

Al contrario que en las dos mencionadas recopilaciones, donde los editores -Celia Fernández Prieto y Carlos Castilla del Pino en el caso de Sofisma, el propio Miguel Casado en Nuevos sofismas- optaron por agrupar los textos de acuerdo con criterios temáticos, esta vez los sofismas se presentan siguiendo el orden cronológico de su publicación, lo que permite apreciar la evolución del pensamiento del autor e incluso, como señala Casado, de sus estados de ánimo. Es curioso cómo el genio poético de Vicente Núñez dejó paso a esta otra forma de escritura, igualmente precisa, en la que su talento brilló a similar altura. En los sofismas se expresa una sabiduría sentenciosa y antigua, rebelde y personalísima que toma la forma de breves frases como cinceladas, con un toque surrealizante o ramoniano. Son frases a menudo contundentes y a veces enigmáticas, pero siempre luminosas e incitadoras, caracterizadas por una alta densidad conceptual en las que el poeta juega con las palabras y retuerce su sentido, llevado de su gusto por la paradoja. La propia denominación, sofisma, apunta a desconfiar del contenido de las reflexiones, en apariencia solemnes o engañosamente ligeras, que interactúan en un juego de espejos del que se deducen a la vez una propuesta ética, una declaración estética y una suerte de autorretrato. A la denominación de aforismos, Casado prefiere la de fragmentos, pero la categoría es lo de menos a la hora de sumergirse en este centón de breverías que atrae con fuerza hipnótica y anima a la constante relectura.

"Era necesario oírlo", ha dicho muchas veces su gran amigo Pablo García Baena. Y buena parte del encanto de los sofismas reside en que de algún modo reflejan -"todo lo escribo hablando"- la brillantez que caracterizaba la conversación de Vicente Núñez, ese prodigioso ingenio verbal que, fortalecido por sus dotes histriónicas, cautivó a todos los que tuvieron la fortuna y el privilegio de tratarlo. Son incontables, algunas de ellas en los dos sentidos de la palabra, las anécdotas protagonizadas por un hombre que ejerció de refinadísimo causeur en un entorno poco propicio a las exhibiciones de sutileza. Pero sería injusto reducir al poeta -"el gesto es la máscara del instinto"- a una caricatura más o menos pintoresca. Los sofismas muestran que su sabiduría no sólo era chispeante, sino genuina, fruto de una familiaridad absoluta con el lenguaje e inspirada por un profundo conocimiento de la vida.

Vicente Núñez. Ed. de Miguel Casado. Visor. Madrid, 2010. 784 páginas. 26 euros.

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