El Paraíso en la otra orilla

  • El Acantilado publica la 'Carta del descubrimiento de Brasil' de Vaz de Caminha

Fue Alejo Carpentier, en sus numerosas conferencias por Europa, quien nos recordaba la estupefacción y el asombro de Hernán Cortés cuando quería explicar, con el duro español de la meseta, la ingente floración y la magnitud inhumana del Nuevo Mundo. Así, el conquistador de México le decía al César Carlos, o sea Carlos V, que no había palabras en su idioma para trasladar, en buen castellano, cuanto de formidable y novedoso había topado por aquellas tierras. Pues bien, esa parálisis de los sentidos, más una suerte de adanismo en ultramar, es lo que encontramos en esta breve crónica, mitad epístola, mitad informe pericial, que el escribano Pêro Vaz de Caminha le envía a Manuel I, rey de Portugal y competidor de España en la conquista del orbe, para dar cuenta de su llegada y estancia en la Terra da Vera Cruz, en los primeros meses del año 1500.

En el erudito y fascinante prólogo de Isabel Soler, profesora de literatura, viene a recordársenos, no sólo del reparto del globo entre ambas armadas ibéricas, la capitaneada por los Reyes Católicos y la portuguesa de Vasco de Gama y Magallanes; también, y principalmente, se nos explica el sustrato cultural, la sedimentación clásica y judeo-cristiana desde la que se afronta y explica lo desconocido. De este modo, no es de extrañar que el cronista luso tome la desnudez de los nativos como la prueba de un nuevo Paraíso en tierra extraña. Las páginas dedicadas al desnudo aborigen (páginas que elogian su inocente impudor, pero que, ay, están escritas ya con el temblor de aquél que ha degustado el arte de la veladura), no hacen sino incidir en este mito bíblico, de igual forma que El Dorado, La Florida, La Fuente de la Eterna Juventud, percutieron en el entendimiento de diversos conquistadores, cuando trasladaron su curiosidad o su codicia a unas latitudes menos apesadumbradas por el númen civilizatorio.

Aguirre o Alvar Núñez Cabeza de Vaca marcharon en busca de un ideal (ideal que presuponía el hallazgo de riqueza o una fontana milagrosa que concediera el don de una vida infinita, cercana a la de aquellos dioses de la Hélade), en cuya raíz estaban tanto el imaginario greco-latino como la brusca mitología levítica del Antiguo Testamento. Sin toda esta impedimenta cultural, agravada por el Renacimiento, las imaginaciones y deseos de aquellos navegantes, sus esperanzas y nostalgias, hubieran sido inevitablemente otras.

Una vez pasada esta fiebre del adanismo, muy volátil en cualquier caso, lo que siguió fue el esclavismo, la predación, la fabulosa arquitectura de tres imperios. No obstante lo cual, es en esta mirada párvula del portugués Pêro Vaz de Caminha, en este impensado hallazgo del Paraíso bíblico, donde encontramos, no sólo el aire de una época, el espíritu ritual de un mundo, sino también el abultado número y la ignorada cifra de los deseos humanos.

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