Pablo Larraín arremete en la Berlinale por la "impunidad" de la Iglesia

La Berlinale llegaba ayer a su ecuador y, con él, aparecía también una de esas películas que huelen a premio: la demoledora El club, una cruda crítica a la hipocresía moral de la Iglesia católica que firma el premiado cineasta chileno Pablo Larraín.

Frente a la ovación que se llevó la segunda cinta de Chile en la carrera por el Oso de Oro, mucho más tibia fue la acogida del drama juvenil alemán Als wir Träumten (As We Were Dreaming) y de la polaca Body, que a ritmo de comedia negra indaga en el conflicto entre lo racional y lo irracional.

Dos años después de acariciar el Oscar con No, sobre el referéndum que expulsó del poder a Augusto Pinochet, Larraín arremete contra esa "impunidad" de la Iglesia, que rehúye la justicia civil excusándose en que ya responde ante Dios de sus pecados. Investigando sobre esos sacerdotes que parece que hubieran desaparecido de la faz de la Tierra, el director de Tony Manero descubrió que la Iglesia lleva "400 ó 500 años" escondiéndolos "sistemáticamente". Pero "lo más interesante es que el gran pavor de la Iglesia no es el infierno, sino la prensa", añade sobre la ocultación de escándalos como la pedofilia o el robo de bebés.

El club es una de esas casas refugio donde cuatro sacerdotes que ya no pueden ejercer intentan borrar su pasado con una vida devota dedicada a la oración, aunque permitiéndose pequeñas licencias. Su rutina, vigilada por una guardiana, se ve interrumpida por un quinto inquilino. Y tras él llega un vagabundo drogadicto, encargado de recordarles que no van a poder librarse de su pasado.

Con un realismo que golpea como una bofetada, El club saca a la luz algunos de los crímenes encubiertos entre sotanas. Pero no sólo arremete contra quienes niegan su culpa, sino sobre todo contra una jerarquía eclesiástica que se encarga de que esos delitos y sus autores nunca lleguen a conocerse entre la opinión pública.

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