Operación triunfo

De aquellos Rolling Stones escrutados en el estudio de grabación por la cámara política y combativa de Jean-Luc Godard (One plus one/Sympathy for the devil, 1968) o durante una de sus giras norteamericanas por la mirada sociológica de los hermanos Maysles (Gimme Shelter, 1970) a este documental firmado por Martin Scorsese, va un trecho que separa la eclosión del rock'n'roll como modo de vida alternativo, rebelde, inconformista y contracultural a estos días en los que los rockeros tienen calles con su nombre o se codean con los altos mandatarios en favor de buenas causas humanitarias o ecologistas. Un trecho que los Rolling Stones han recorrido contra la estadística y las leyes de la biología, que no así contra las del marketing, que reinventa y resucita a estos eternos chicos malos disco tras disco, gira tras gira.

Shine a Light celebra las arrugas, la fibra y la energía desbordante de Jagger, Richard, Watts y Wood en el siglo XXI, y lo hace a la manera de aquel otro mítico rockumental dirigido por el propio Scorsese a finales de los setenta, El último vals (1978), reunión de despedida de The Band a la que asistieron las más grandes estrellas de rock del momento.

Sin embargo, al concierto de los Stones en el Teatro Beacon de Nueva York asisten Bill Clinton, su anciana suegra, su señora Hillary, su hija Chelsea y un grupo de amigos del ex-presidente saxofonista, generosos donantes de fondos para la cosa del cambio climático. No en vano es el propio Clinton, quien como saben se fumó sus porros de juventud antes de pasarse al puro gubernamental, el telonero que los introduce en escena, iluminados por unos focos de luz blanca cegadora y con una elegante escenografía retro, igualmente inspirada en la de El último vals, como fondo para su proteico recorrido por algunos de los estandars más celebrados de su dilatada carrera.

También asiste un histriónico Scorsese, que pone en escena el concierto con formato multicámaras televisivo y un montaje frenético, un concierto en el que, para no salirnos del contexto, también sube a escena una Christina Aguilera disfrazada de rockera gospel, así son las reglas del juego en los tiempos de Operación Triunfo. Canción tras canción, Jagger demuestra las bondades de su preparador físico con sus piruetas atléticas, sus famosas contorsiones y su dominio escénico, Richards interpreta impecablemente su personaje de arrugado pirata malo aunque sin salirse del tiesto, mientras que Watts y Wood se dedican a interpretar su papel de profesionales y discretos en el seno de la banda. Todos y todo muy en su sitio, fieles al doble protocolo de la función y del plan de rodaje.

Como un niño con un juguete nuevo, Scorsese (o quien quiera que sea que ha realizado la película) tarda en encontrar un tono para domar un montaje inicial bastante nervioso y desquiciado, aunque para cuando lo hace la aséptica rutina del repertorio y la propia y previsible inercia del material han terminado por agotar la fórmula y nuestra paciencia, siendo como somos, además, más de los Beatles que de los Stones. De poco nos sirven los inertes jueguecitos del arranque, en los que Scorsese y Jagger fingen una suerte de polémica sobre la puesta en escena y el repertorio, o las imágenes de archivo que, a modo de descanso e interludio entre tema y tema, nos recuerdan cómo eran aquellos chicos de barrio en cada una de las cinco décadas que llevan en activo.

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