Howard y Langella: Perfección narrativa y fascinación interpretativa

Es sabido que un buen malo hace una buena película. Nada nuevo. Un Otelo comprensivo, unas buenas hijas del Rey Lear o una Lady Macbeth con escrúpulos habrían malogrado las tragedias shakesperianas. La grandeza del personaje no hace al caso. Lo importante es que el tratamiento explote la fascinación que el mal suscita. Por eso no hay grandes películas sobre Roosevelt o Kennedy y ya hay dos sobre Nixon (1913-1994), el presidente peor valorado de los Estados Unidos y el único forzado a dimitir. Oliver Stone lo trató con un tono shakesperiano en su excelente Nixon (1995), en la que Anthony Hopkins lo interpretaba con maestría (tiene suerte Nixon con los actores que le dan vida) y ahora Ron Howard lo trata aún con mejores resultados en una desconcertante clave a la vez desmitificadora y remitificadora: cuanto más se exponen sus debilidades más fascinan la dureza de corazón, carencia de principios, acomplejada ambición, descoyuntamiento ideológico, pasión patológica por el dinero y el poder, ausencia de carisma y cinismo de este personaje que parece haber nacido para conspirar, un animal político puro que logró remontar su humillante derrota televisiva de 1960 frente a Kennedy para alcanzar la presidencia en 1968, triunfar en un primer mandato bien valorado que en 1972 le hizo imponerse con un solo voto en contra en las primarias y alcanzar la reelección con el 61% de los votos; para finalmente hundirse con el escándalo Watergate y dimitir el 8 de agosto de 1974. Desde ese año hasta su muerte Nixon vivió amargado por esta afrenta, siéndole prohibido el ejercicio de la abogacía e imposible el regreso a la política, tratando de justificarse a través de la publicación de sus voluminosas memorias en 1978.

Un año antes lo había intentado a través de una entrevista espléndidamente pagada y fácil: el periodista televisivo inglés David Frost, sin prestigio en el ámbito político por dedicarse al espectáculo, se había empeñado -literalmente: jugándose su fortuna y su carrera en un proyecto en el que nadie creía- en lograr esa entrevista que produjo y realizó sin que ninguna cadena quisiera comprarla ni ningún inversor financiarla. Resultó ser una imprevista trampa para el ex presidente, que acabó derrumbándose y confesando lo que siempre había negado.

Sobre este hecho real el dramaturgo Peter Morgan -autor de la espléndida The Queen- escribió una obra de teatro que triunfó en Londres y Broadway interpretada por Frank Langella en el papel de Nixon: un prestigioso actor de teatro que obtuvo una popularidad en el cine de finales de los 70 (Drácula de Badham) y ahora es redescubierto por el público internacional a través de esta deslumbrante, profunda y espectacular interpretación. Como en The Queen Morgan juega a perdedor. Si allí apostó por Isabel II frente al mito mediático de Lady Di, aquí apuesta por Nixon; no en un sentido positivo, sino como una exhibición de resentimiento y delirio por el poder. El Nixon de Morgan recuerda al Salieri de Amadeus, obsesionado por un Mozart-Kennedy que obtenía sin esfuerzo aparente un éxito que a él, pese a su lucha y esfuerzos, parecía estarle negado; y que sobre todo que era querido, mientras él era aborrecido.

Ron Howard -el niño actor de El noviazgo del padre de Eddie y El último pistolero- ha sido un realizador despreciado por la crítica pese a haber rodado, además de algunas gansadas comerciales, películas tan estimables como Apolo 13, EdTV o Cinderella Man. Hasta ahora. Su adaptación de la obra de Peter Morgan -mediada por un guión de oro que divide los campos entre el equipo de Frost y el de Nixon- alcanza la maestría en el uso del tiempo, la densificación dramática, la capacidad para concretar ideas en imágenes potentes y la dirección de actores (el asombroso trabajo de Frank Langella merece el Oscar más que ningún otro contendiente). Tocada por la gracia de la perfección narrativa, la película engancha desde el primer minuto sin permitir que el espectador se salga de ella hasta su conclusión. Sus más de dos horas pasan en un instante en el que, además de emociones, se nos da una lección magistral sobre los medios de comunicación y la política en las democracias modernas.

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