Elogio del perfecto idiota

La comedia norteamericana contemporánea ha hecho del nerd o idiota integral una de sus figuras capitales. De Forrest Gump a los tontos muy tontos del cine de los Farrelly y su escuela de imitadores, un cierto retraso con encanto será siempre garantía para el éxito y el humor de trazo grueso, tal vez por la fácil y especular identificación que se establece entre unas criaturas en el límite de la inteligencia y las características de su público potencial, agasajado en su complacencia intelectual (sic) al comprobar que puede reírse del prójimo con un ligero, muy ligero, aire de superioridad.

Escuela de pringaos, remake de la cinta británica del mismo título dirigida en 1960 por Robert Hamer, nos trae una versión concentrada del nerd en sus múltiples variantes, protagonizada por un puñado de idiotas urbanitas de buen corazón que, conscientes de sus muchas limitaciones para la vida práctica en un mundo de leones, deciden apuntarse a las peculiares clases de autoayuda que imparte un singular terapeuta de modales rudos que les enseñará cómo sobrevivir y triunfar en la jungla de la vida y las relaciones.

Todd Phillips confía la comicidad de su producto al duelo entre sus dos protagonistas principales, el lerdo amable que interpreta Jon Heder (especialista en el tipo, lo han visto en Napoleón Dynamite y en la reciente y divertida Patinazo a la gloria), y el canalla y pendenciero Doctor P que Billy Bob Thornton vuelve a clavar en una nueva, incorrecta y agradecida aparición en el género que mejor le sienta.

El problema de Escuela de pringaos es que, al margen de este duelo, estirado además más allá de lo recomendable, no hay mucho más que llevarse a la boca, por culpa de un guión empeñado en ablandar cada secuencia y escorar la película hacia el lado más correcto posible dentro de sus márgenes. Ni tan siquiera las presencias de Ben Stiller o Luis Guzmán nos redimen del inevitable pasteleo final.

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