Apuntes a una cosecha de cara a los Oscars

  • Las quinielas arropan a 'Birdman' y 'Boyhood', pero la temporada ha dejado otros títulos no menos merecedores

Esta temporada se ha estrenado bajo el subtítulo La inesperada virtud de la ignorancia una película titulada Birdman. La crítica es evidente, pero en cuanto a eso, antes habría que citar a la muy subversiva y ácida La Lego película. Más allá del metalenguaje y su endemoniado montaje, imprime una crítica social brillante acerca de la mediocridad y la igualdad, a través de un personaje que las idealiza. Es decir, todo lo contrario que el último trabajo de Iñárritu, Birdman, pretendida rareza de calado satírico, que critica, a base de un cinismo cargante y repetitivo, el presente mediático, ególatra y controlado por la era de las redes sociales. En dirección contraria se sitúa El jugador, donde Mark Wahlberg aúna cinismo y optimismo, y que ha pasado desapercibida pese a su gran esfuerzo por crear algo distinto.

Más o menos en su fecha de estreno, se proyectó en España uno de los blancos del ataque hacker contra Sony: Fury. No reescribe ni pone en liza nada que no se haya hecho antes. Tal vez el hecho de conocer la sombra a la que se encuentra es una de sus grandes bazas. Los personajes no dejan de ser arquetipos, pero ya sea por las elegantes interpretaciones, o por la opresión que obliga a desarrollar una química siempre certera entre ellos, acaban bellamente descritos. Son hombres del pasado que conviven en el presente sin vistas de futuro. La guerra es el prisma del cinismo (aquí Brad Pitt se maneja como nadie: la historia es violenta, los ideales no) y la victoria la forma de encumbrarlo.

Pero una de las grandes citas cinematográficas del año, ya sea para bien o para mal, ha sido la de Interstellar. Arriesgada, fallida por momentos, y en ocasiones también brillante, se trata de una película que carece del tipo de alma que afirma portar. Puede observarse que está dirigida con temple y sosiego; es la película menos enérgica de Christopher Nolan, tal vez porque busque despertar esa clase de fuerza en lugar de ofrecerla. En cualquier caso, si el cine de Nolan nunca fue a prueba de análisis, ahora lo evidencia con esta divagación sobre el amor como herramienta que trasciende a todo, que sigue formando parte de un mecanismo más complejo y amplio como es la mente humana. La necesidad de profundizar en este compendio metahumano no resta impacto al resto del conjunto, pero la gran filosofía aqui ya está digerida, como casi todo. Es una historia edificante, con cimientos de barro, pero no deja de ser uno de los grandes viajes del 2014, aunque el trayecto se dibuje a base de puertas que no se han cerrado correctamente.

Pero el año se ha encarrilado, tal vez por la presencia de Whiplash e Ida, cintas que merecerían un aparte en esta temporada de premios. Whiplash asalta las inquietudes más subjetivas que dirigen a alguien hacia para lo que es, por excelencia, su gran pasión. Este objetivo no solo representa un fin como tal, sino una experiencia que se revela imprescindible. En esta enorme película, la pasión encuentra un hueco entre dos bandos, el que la minoriza (el siempre objetivo y maduro prisma familiar), y el que la eleva a cotas magnánimas, aquí representado por el conductor de una Big Band. En medio, está el músico que vive en la monotonía, pero a través de pequeños momentos que le devuelven la felicidad: el apoyo familiar, el de su maestro (ninguno de ellos incondicional), el de su pareja...pero la película no se diluye en almíbar y se encarga de vapulear su mente convirtiendo las inquietudes en dilemas sin respuesta. Ejecutada desde un bello acercamiento al poderío que se despierta en el músico a temprana edad, la película ofrece un espejo para la pasión entroncada, y una ventana que la libera después de todo el dolor acontecido.

Ida, por otro lado, ha supuesto un rico contrapunto al presente. Más allá de su historia, que usa como plano de fondo para las revelaciones personales, la película está esquematizada desde la referencia, desde un binomio protagonista que recuerda al Bergman de Persona o de El Silencio. Aquí se diluyen tía y sobrina, dos vértices, dos personajes contrapuestos de un plano que recorren un círculo, una road movie que acaba donde empieza, pero no deja de arrastrar un inmenso bagaje que se explicita con pausa y con ternura. Su final es seco y amargo, pero también terriblemente lógico, y es el punto donde la cinta adquiere toda su fuerza a base de su propia fidelidad a la realidad.

No podría cerrarse ningún resumen del año sin citarse la aclamadísima Boyhood, que cuenta con tantos asteriscos en su creación que probablemente la hagan alzarse con la ansiada estatuilla. Tal y como recorre la infancia y adolescencia de un muchacho, se evidencia que la vida del protagonista, pese a ser comercial desde el punto de vista fílmico, no es fácil de vender, ni para él mismo, que es lo más triste. Su descontento general no es visible a primera vista, tal vez porque el personaje no divaga sobre su infelicidad, sino que parte de ella para plantar el resto de su existencia. Se plantean las diversas cuestiones creativas y profesionales que han asaltado a la mayoría, y se experimenta con el alcohol, el sexo y las drogas de tapadillo, como si estas fases fueran más necesarias como presencia en la película que en la propia vida del chaval. Efectivamente, es necesario, al igual que la introducción del padrastro dibujado como salvación y que acaba siendo un violento alcohólico, el núcleo familiar texano cristiano-conservador...todo lo que hace que la película se respire como película y no como vehículo de sensaciones ciertamente genuinas. Tampoco lo pretende, porque la única forma de que esta película haga mella en uno es buscándose a si mismo en ese chaval, y si no se encuentra un nexo de unión, es fácil de olvidar. Patricia Arquette es el personaje más inestable e interesante del filme, y a medida que avanza el metraje, se va diluyendo en presencia, y olvidando en existencia.

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