Un Apatow de andar por casa

Judd Apatow y Seth Rogen son los responsables de tres de las mejores comedias comerciales del cine norteamericano de las últimas temporadas. Su sello (el primero produce, escribe y dirige; el segundo produce, escribe e interpreta) está detrás de Virgen a los 40, Supersalidos y Lío embarazoso, tres desternillantes e inteligentes relecturas de la comedia de soltero, la comedia romántica y la comedia adolescente como modelos canónicos del mainstream hollywoodiense; tres miradas al género que ahondan y rebuscan en sus tópicos, giros y estereotipos para reinscribirlos y remodelarlos en un contexto más realista y a través de nuevas formas narrativas que eluden las mecánicas y rutinas habituales para abrirse a un muy interesante sentido de la digresión y el desarrollo de personajes. Si a todo ello le añadimos un impagable sentido del humor judío y una clara inclinación a mofarse de lo políticamente correcto, podremos determinar que con ellos la comedia norteamericana abre un pequeño sendero de esperanza (blanca) de regeneración.

A pesar de estos precedentes, No tan duro de pelar, escrita de nuevo por Rogen, producida por Apatow y dirigida por Steven Brill, se sitúa en un nivel considerablemente inferior. Rogen parte de una historia de iniciación adolescente (con ecos autobiográficos) y de unos estereotipos, en este caso la pandilla de geeks marginados (el flaco empollón, el gordo, el lelo), que ya estaban presentes en Supersalidos. Como allí, se trata de reivindicar esa épica cómica de los perdedores apaleados. Sin embargo, la fórmula pasa ahora por el forzado acompañamiento de una estrella de la comedia, Owen Wilson, para quien se prepara toda una trama paralela exclusivamente pensada para el lucimiento de su (para nosotros incomprensible) vis cómica. Si Supersalidos mantenía su coherencia en el respeto del punto de vista, un lugar desde el que se nos habla de los ritos de iniciación, la transición a la madurez y la amistad entre situaciones, gags y diálogos impagables, No tan duro de pelar cede pronto el protagonismo y la comicidad al diálogo poco fluido entre el universo adolescente y las maneras blancas y blandas de un Wilson que se mira demasiado en el espejo. Paradójicamente, la presencia adulta aquí acaba por infantilizar la fórmula.

El resultado nos deja, por tanto, una comedia adolescente demasiado contenida, rebajada y esquemática, un producto estandarizado, domado y romo.

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