Lo que queda después de la ternura

  • Libros del Asteroide recupera 'Mi planta de naranja lima', la obra más popular del brasileño José Mauro de Vasconcelos

Mi planta de naranja lima. José Mauro de Vasconcelos. Traducción de Carlos manzano. Libros del Asteroide. Barcelona 2011. 13,95 euros.

Si la importancia de los libros se midiera en función de lo que cuentan, Mi planta de naranja lima de José Mauro de Vasconcelos (Bangú, 1920 - Sao Paulo, 1984) debería ser considerado uno de los libros más importantes del siglo XX. Esta novela hermosa y conmovedora como pocas es un best-seller atípico: su presencia es predominante en las estanterías de las casas brasileñas, ya que tras su aparición en 1968 se convirtió en un fenómeno comparable al de El principito de Saint-Exupéry, del que podría considerarse una libérrima versión carioca.

Pero el trayecto de esta obra en castellano ha sido bastante desigual, con una proyección notable en Argentina merced a la editorial El Ateneo aunque una atención más bien discreta prestada desde España. Ahora, Libros del Asteroide se dispone a hacer justicia con una nueva traducción de Carlos Manzano que deja al alcance del lector una historia universal contada desde la más estricta connotación local: la de la inclinación natural, y a la vez tan extraña y atípica, a querer y ser querido.

Mauro de Vasconcelos, el escritor brasileño más leído después de Jorge Amado, autor de otras novelas tan notables como Corazón de vidrio (1964) y Vamos a calentar el sol (1974), cuenta en Mi planta de naranja lima, por más que este libro no pueda considerarse sólo una mera autobiografía, su propia historia: la de un niño de cinco años que vive en el barrio pobre de Bangú, en el extrarradio de Río de Janeiro, con su familia tan numerosa como apurada. Zezé, el héroe, se debate entre el amor a su hermano pequeño Luís El rey, la protección de su hermana mayor, Glória, y las palizas que recibe de los otros a cuenta de sus travesuras y arrebatos de genio. La galería de personajes crece hasta definir el universo narrado con precisión infantil: el árbol de naranja lima llamado Minguinho, al que Zezé confiesa todos sus secretos; Manuel Valadares El Portugués, propietario del coche más bonito de Bangú; la maestra, doña Cecília, protagonista de uno de los episodios más bellos de la novela con una flor para un jarrón vacío y depositaria de la mayor confianza en el protagonista; la madre derrotada, el padre desempleado y otros muchos, apuntados a menudo como presencias transeúntes. Mauro de Vasconcelos concibe el texto en primera persona y lo hace sin asomo alguno de artificio, con un sentido proverbial de la expresión poética en virtud de lo sencillo. El autor no se empeña en que Zezé se exprese como un niño de cinco años, sino que somete todo el entorno de la narración, incluida la atención del lector, a las reglas del juego de la infancia, su tendencia animista, su carencia de referentes verbales solventada con imaginación, su actitud de permanente búsqueda. El resultado es de una coherencia aplastante ante la que sólo cabe rendirse. Pero, sobre todo, Mi planta de naranja lima es un libro sobre la ternura; o mucho más, es uno de los más abrumadores acontecimientos literarios jamás concebidos sobre la ternura, lo que en la actualidad, cuando la narrativa ha admitido a trámite como elementos consustanciales los más diversos nombres del desprecio a lo humano, resulta altamente revelador como recuerdo de algo que parecía perdido. Algo que tiende a la reconciliación. Mauro de Vasconcelos escribe que cualquier cosa distinta de la ternura no merece la pena, pero este argumento, lejos de traducirse en una pasividad yerma o en una ilusión de peluche, exige un crecimiento decidido, una madurez sin el colchón de los cuentos de hadas, la misma que asume Zezé cuando decide optar por la familia que le quiere y no la que le corresponde en función de su apellido. Mi planta de naranja lima no es un bildungsroman: la infancia contiene sus propias leyes y no es necesario describirla como paso-previo-a para desvelar su misterio.

Resulta tentador buscar referentes para esta novela en el Oliver Twist de Dickens y en el Huckleberry Finn de Twain, especialmente en la mirada al mundo de los protagonistas. Pero las conexiones más estimulantes se establecen con El primer hombre de Albert Camus: ambas indagan en la frontera entre lo vivido y lo recordado con la ternura y el amor como únicos talentos dignos de recuento. Lo demás, se queda en el camino.

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