La otra cesta de la compra

  • Un grupo de personas se lanza a la calle todas las noches para recoger de los contenedores de basura las sobras de comida de los supermercados. Antes las encontraban separadas, ahora están todas mezcladas

Agustín Rodríguez sabe con exactitud a qué hora llegan los camiones de mercancías que nutren a los supermercados y también conoce el horario de recogida de la basura. Son datos para él claves y que los ha aprendido tras noches interminables de espera. Es el tiempo que tiene para ir a los contenedores y recoger aquella comida que se encuentra en buen estado pero que los establecimientos de comida desechan porque no puede venderse al público, bien porque un huevo de una docena está roto, porque un tomate de una bolsa está picado o porque un yogurt de un paquete está abierto. Es lo que tienen las ventas que no se hacen de manera individualizada.

Agustín comienza su recorrido nocturno cuando los supermercados echan el cierre. Espera con paciencia y al lado de un carrito de compra con ruedas a que los trabajadores saquen las sobras del día. Antes de que llegue el camión de recogida se asoma al cubo y trata de salvar los productos que se encuentran en buenas condiciones. Dice que desde hace unos meses esta función no es tan fructífera y que ya si apenas merece la pena. "Hay poco, pero tengo que hacerlo".

Tiene que hacerlo porque a sus 60 años sólo le ha quedado una ayuda de la Junta de Andalucía de 250 euros al mes y porque a su cargo tiene en su casa hasta 10 familiares. Está enfermo de corazón y ha trabajado tanto en el mar como en la construcción. Señala que por sólo dos años no le ha quedado una jubilación. Antes pedía en la calle y desde hace varios años le toca husmear en los contenedores. "Yo no sirvo para robar", se excusa como si esa moral fuera un error.

"Nos han jodido la marrana". Son las palabras que suelta para explicar que su particular compra de cada día es una aventura. Explica que no hace mucho tiempo los trabajadores separaban los desechos en bolsas: el pescado con el pescado, la carne con la carne, la fruta con la frutaý, pero ya no es así. Todo ha cambiado desde que se han registrado incidentes entre estos recogedores -que son muchos en la ciudad-, que se han saldado con contenedores tirados por los suelos e incluso robos en supermercados.

¿Qué sucede ahora? Que todo se mezcla. Los yogures están desperdigados con sardinas o con la merluza y los tomates están reventados por el peso de la carne encima. Agustín apunta que ha visto comida en mal estado por el amoniaco que le han echado. Él pide comprensión. "Hay mucho fascismo con el tema de la pobreza".

Cuando termina sus visitas por varios establecimientos se dirige con un viejo carrito a su casa, antes llevaba lo recogido en bolsas. Recuerda que hace poco la policía le paró y le preguntó lo que transportaba. Él abrió un paquete y le respondió al agente: "Si quieres una lechuga...".

Son cerca de las 00.00 horas y por ahora está con las manos vacías. No ha habido suerte con el primer supermercado, pero aún le queda la basura de otro que aún no ha sacado la cuba. Sus familiares le echan una mano para portar los artículos. Se sienta a esperar con un refresco en la mano. El alcohol forma ya parte de su pasado. Espera como cada noche a que tiren a la basura su comida del día siguiente.

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