historias de algeciras

Algecireños en la Guerra de Cuba (XXVIII)

  • A los mozos citados para el embarque hacia la contienda les preocupaba la situación de pobreza en la que quedaban sus familias, muchas de ellas sin ningún tipo de sustento

En la calle Real se encontraba la tienda colonial de Fillol y Jiménez (1898). En la calle Real se encontraba la tienda colonial de Fillol y Jiménez (1898).

En la calle Real se encontraba la tienda colonial de Fillol y Jiménez (1898). / e. s.

Derrotismos aparte, como se expresó en la entrega anterior, a los mozos algecireños una vez citados para el embarque, una de las cuestiones que más les inquietaban era la situación familiar que dejaban atrás; basta recordar la condición humilde de la gran mayoría de estos reclutas que sostenían con sus pequeños jornales tras penosas jornadas de sol a sol su hogar. Y la mencionada preocupación no era para menos, como así lo demuestra el siguiente documento: “Al Excmo. Ayuntamiento de esta Ciudad. Josefa Molina Herrera, de estado viuda que habita en la calle del Cristo nº 10, de esta vecindad y con dos hijos únicos en el ejército, el uno en Cuba y el otro en África á VE atentamente expone. Que careciendo de recursos tanto la que suscribe como á sus hijos y teniendo la necesidad de atender á su curación y medicamentos. Suplica á VE se le inscriba en el padrón de beneficencia á objeto de obtener los recursos de que carece hoy. Es gracia que pide. Algeciras 10 de Marzo de 1897. Por mano ajena. Fdo. Josefa Molina”. Desgraciadamente, la situación de la familia Molina Herrera, era de lo más habitual en aquella Algeciras que veía marchar a sus jóvenes al frente, dejando a sus seres más queridos en la más absoluta desprotección.

Por aquellos días pasa por nuestra ciudad, un extraño personaje relacionado según sus actitudes, con el periodismo norteamericano, pero que levanta las sospechas de las autoridades españolas, generando un exhaustivo informe de su paso por diferentes ciudades del Estrecho: “Después de recibir los dos despachos mencionados –el citado incógnito– quedó vigilado constantemente día y noche por una pareja de agentes de policía. Vio salir la escuadra –se refiere a los navío hispanos reseñados en anteriores entregas que hicieron escala en la bahía–, y después de tomar nota de los buques que la formaban marchó á Tánger, desde dónde telegrafió á Washington dando todos los detalles por la Eastern Telegraph Company […], puntualizando lo siguiente –por lo que bien se puede deducir que el texto de este documento bien pudiera ser una declaración ante las autoridades– terminó asegurando que él no telegrafió nada al New York Herald, ni á ningún otro periódico, sino solamente al embajador norteamericano en París”. Este documento demuestra, la importancia estratégica de nuestra zona en el conflicto a pesar de la distancia con la primera línea de combate. En los meses sucesivos nuevos hechos avalaran el interés de los aliados anglosajones sobre el Estrecho, y muy especialmente las costas del Campo de Gibraltar, obligando al ejecutivo español a tomar importantes medidas defensivas.

En relación a la presencia de algecireños en Ultramar, y más concretamente en Cuba, comentar que si bien muchos de aquellos de nuestros antepasados que fueron destinados a la Perla del Caribe, jamás volvieron, otros en cambio tuvieron mucha mejor suerte, siendo uno de estos el soldado Julián Casero Sanjuán; quién además de combatir contra los insurrectos primeramente y posteriormente contra los norteamericanos, aprovechó su presencia en la isla para hacer negocios que le permitieron adquirir propiedades en la ciudad de Cienfuegos. En un corto futuro, una vez perdida la posesión de las colonias, se vio obligado para preservar lo obtenido, nombrando para ello a un apoderado cubano llamado Casimiro Villar Nieto, viudo y comerciante de profesión, vecino de aquella ciudad, y domiciliado en la calle Cristina 108; para que cuidara y arrendara, en su caso, los muebles e inmuebles del citado algecireño. Recordemos –como ya se recogió en una pasada entrega–, que Julián Casero era hermano del también algecireño Aurelio Casero, quién fue muerto en Cuba por los francotiradores mambises. Ambos pertenecían a una popular familia local, de la cual era su cabeza, el no menos conocido industrial Juan Casero Sermi, dueño de un popular establecimiento situado en la zona de La Marina.

De regreso a la importancia estratégica de nuestra zona en el conflicto contra los yankées, comentar que el hermano mayor del conocido escritor Leopoldo Alas Clarín, Genaro Alas, ingeniero militar y periodista, manifestó al respecto: “En un periódico se dice que buques yankées que pudieran venir contra la Península no pasarán el Estrecho por temor á los cañones de la plaza de Ceuta”. Indicando más adelante: “Cuantos hemos escrito acerca de la necesidad urgente de artillar Punta Carnero […], insistamos afín de que el gobierno ni se duerma ni se descuide. En realidad –prosigue las manifestaciones del hermano del autor de La Regenta–, por ser la conveniencia y precisión de las obras de defensa en el citado paraje, cosas tan evidentes, que se les alcanza á cuantos conocen algo aquellos sitios, creemos que el gobierno no habrá de necesitar de excitaciones. Sin embargo […], no cesaremos la tarea de recordar el asunto al ministerio, y singularmente al ministro de la Guerra, que de fijo conoce de sobra la importancia inmensa que para la defensa de la Península, tiene dicha posición”. Es decir, para el prestigioso militar los parajes de Getares, y más concretamente Punta Carnero, son de vital importancia estratégica en caso de ataque norteamericano al suelo patrio. A todo esto, prosigue la visión burlesca del conflicto directo contra el gran enemigo norteamericano: “Una pequeña embarcación portuaria española viéndose perseguida en el puerto de la Habana por cuatro barcos de guerra yankées –¡nada menos!–, le fue disparado de aviso un cañón sin bala; haciéndose el patrón del patache el sordo. Nuevo cañonazo y nueva sordera del patrón. Al fin el patrón para no exponerse á un tercer cañonazo tuvo una idea luminosa; la de izar en vez de bandera, un saco de lona de los que sirven de envase al azúcar. ¡Demonios!, han debido de exclamar los yankées,–¿A que país pertenece ese pabellón?. ¿Será Griego?–preguntó uno. Más bien parece sueco, –dijo otro. Consultemos el libro internacional, –añadió un tercero. A todo esto el patache corre que corre y los yankées consulta que consulta”.

Al mismo tiempo que todo esto acontecía, la cultura popular se hacía eco de las miserias de la guerra, y de lo que esta representaba para aquella generación de jóvenes que en ella dejaban sus vidas y lo mejor de sí mismos; por tanto, mientras en nuestros tablaos de vino barato y humo de contrabando, se entonaba de forma lastimera –con vino triste–, letras como: Adiós Mare Dolores/ me marcho para mañana/ en un barquito de flores/ caminito de la Habana/; en nuestras calles y plazas, los niños cantaban al corro: Adiós Manolillo adiós Manolé/ de la quinta pasada yo te libre/ de la que viene ahora no sé si podré/ arriba Manolillo abajo Manolé. Aunque la España de siempre cantaba y estaba a lo suyo: Es una maravilla mamá/ ver á Frascuelo la pantorrilla mamá/. Cambiando de escenario, al otro lado del mundo, según relatan los testigos de primera mano, el desigual conflicto se reduce sobre todo en el mar, a la caza del gato al ratón: “A pesar de su superioridad de barcos y dineros sobre España, los yankées solo procuran tomar la ofensiva cuando pueden obrar á mansalva […], la primera demostración el abominable asesinato de Cavite á esto siguieron los apresamientos de débiles e indefensos barcos mercantes, pués fueron verdaderos actos de piratería […], solo impedidos mientras que los buques españoles del Almirante Cervera estuvieron navegando por aquellos mares. El conocimiento de estos hechos provocaba la indignación de la población y el crudo comentario de los tertulianos que diariamente acudían a tiendas y cafés, como la de coloniales de Fillol y Jiménez, sita en la calle Real; la tienda de quincalla ubicada en la calle Ancha, propiedad de los populares Jiménez y Rodríguez; o, entre los parroquianos de la posada de Pajares, siendo su dueño José Sanguinety, localizada en el número 35 de la calle Nueva o Matadero. Sin duda alguno de estos oradores, recurriría al refranero, para tratar de explicar la falta de barcos de España en aquel conflicto, como aquel que dice: “Para comerse la tajada, al menos hay que llegar al plato”. Nuestro país en aquel momento con sus barcos de madera, difícilmente podía competir con los modernos acorazados norteamericanos. Una estrategia previsible por el enemigo, se hace pública: “Los norteamericanos anuncian hostilizar las costas españolas. Tócale al Gobierno español –prosigue el documento–, tomar medidas previsoras para contrarrestar el ataque, y más que esto todavía, para dar a nuestros enemigos un escarmiento ejemplar”.

Los informes militares aconsejaron: “Utilizar convenientemente las que existen, dotándolas de buen artillado y abundancia de pertrechos, estableciendo defensas submarinas y organizando las fuerzas que han de rechazar el ataque y aún tomar la ofensiva en los casos en que ventajosamente nos fuera dado hacerlo...”. La provincia de Barcelona llegó a crear una suscripción popular para fortificar las costas; mientras que la Diputación Balear, contrató un empréstito con parecidos fines. Las costas de Algeciras, junto con las del resto de municipios del Campo de Gibraltar y Ceuta, se vieron “favorecidas” –dada su situación geográfica–, muy especialmente por el ministerio de la Guerra. Sobre las obras comenzadas en nuestra ciudad, se produjo un parón en las mismas, debido a un problema burocrático en las contrataciones que provocó la suspicacias de algunos personajes relevantes locales, viéndose el estamento militar obligado a comunicar: “La compañía de ingenieros que dirige el capitán Bago, se ocupa sin descanso desde su regreso a esta ciudad, en dicha importantísima obra con lo cual se ha venido á demostrar, que no siempre aquellos que se creen más enterados lo están y que hay intereses más sagrados que los personalismos de los caballeros en particular”. ¿Por qué se consideraban estas costas las más sensibles de toda la península?, se preguntaba la opinión pública campogibraltareña; según un informe reservado: “La respetable distancia que nos separa de la gran Antilla, exigen de importantes gastos de combustibles para salvarla, y aún admitiendo que la escuadra enemiga conduzca grandes depósitos flotantes de carbón ya que no puede contar con ningún puerto que se lo facilite, no se comprende la confianza que el gobierno de Washington tenga en el buen éxito de sus operaciones en la Península”. El Estado Mayor español, sí conocía la solución al problema del abastecimiento norteamericano: ¡Gibraltar!. En el mismo orden de asuntos y de un modo general, la situación del conflicto se hacía aún más complicada para el ejército de Ultramar; viéndose obligado el gobierno –ante la necesidad de seguir defendiendo su posición en el norte de África–, a tomar diferentes medidas, entre ellas las de: “Ampliar á cuatro meses más los indultos a desertores y prófugos que se presenten voluntarios”. Por su parte, en la oficina de reclutamiento abierta en el ayuntamiento de Algeciras, se informa: “En breve serán llamados á filas los excedentes de cupo de 1897 que aún no han recibido instrucción militar […], la Gaceta publicaría la R.O. correspondiente, señalando la incorporación de los soldados á los cuerpos. Ante la grave situación, surgen intelectuales que critican muy duramente la actitud de la clase política española: “Por desgracia hoy tocamos las consecuencias de tanto abandono, de tanta inmoralidad y de tanta injusticia como han derramado sobre la infortunada nación los partidos turnante...”.

Y mientras tanto, abandonada la baza diplomática, se vislumbra por el gobierno como única solución: el envío de tropas y más tropas, con las que paliar la inexistente política exterior de alianzas, acorde a los nuevos tiempos. Como reses al matadero, serán trasladados a Ultramar cientos de jóvenes imberbes cuyas familias carecían de las 1.200 pesetas que les librara de las enfermedades tropicales y las balas enemigas. “¡Ay de los zorros, si las gallinas no fuesen gallinas!”, exclamaría uno de los personajes (don Cayetano), de la obra La Regenta, mencionada anteriormente.

Afortunadamente para el Estado –aún–, los sumisos y humildes reclutas, no habían llegado a plantearse esa reflexión social. En 1909 los rencores estallarían, generando –entre otras razones–, la llamada Semana Trágica. Pero esa es otra historia.

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