Siempre con nosotros, diez años después de su muerte

  • Una década de la desaparición de Manolo Alés, un hombre dedicado al arte

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Diez años acaban de cumplirse de la muerte del gran Manolo Alés. La noticia, no por esperada ya que estaba muy mal, nos dejó helados a todos. Dos días antes, Mari, su mujer, me dijo que se encontraba peor pero que estaba consciente. Pepe Medina y yo nos fuimos corriendo para La Línea. Todos sabíamos de la gravedad pero, también, todos queríamos creer que habría un hilo de esperanza. Y es que Manolo no se nos podía ir. Él había sido todo para el arte de la provincia de Cádiz -yo también creo que para el de toda Andalucía- y no nos podíamos hacer, ni siquiera, la idea de que estuviera tan enfermo. Cuando llegamos, todavía, como si no pasara nada, estuvimos, casi dos horas, hablando de arte como casi siempre; me contó, queriendo o sin querer, de sus proyectos, de sus artistas, de sus exposiciones, de sus catálogos; me dijo que había hablado con Quico Galeote -otro bueno que también se fue antes de tiempo- para el diseño de una catálogo para no me acuerdo qué exposición. Me decía, con la mano cogida, que cuando tuviera un poquito más de fuerza iba a juntarnos a todos sus amigos a comer. Tenía muchas cosas en las que trabajar. No quería creer que el cruel manto estaba tan cerca, acechando para posarse sobre él. Macarena me dijo que, después de nosotros irnos, cayó en una semiinconsciencia de la que ya no se despertó. Me queda la dicha de haberlo visto con alguna vida en su rostro. En el entierro de Manolo estuvo todo el mundo. Probablemente fue una de las mayores manifestaciones de cariño que se hayan dado en el mundo del arte, ese universo tan cainita, interesado y falso. Pero Manolo fue uno de los mejores; para mí el mejor, sin duda.

Pongo en alza algo que, entonces, escribí y que el tiempo no ha hecho sino constatar y valorar.  Manolo Alés fue un hombre dedicado en cuerpo y alma al mundo del arte, una persona cuya pasión por lo artístico lo llevó a luchar denodadamente para que hasta su pueblo llegara lo más selecto del arte. Maestro de escuela a la vieja usanza, dedicó toda su vida -hasta que fue jubilado forzosamente a causa de la grave enfermedad- a la educación de niños deficientes - sus niños-; él consiguió para ellos no sólo la básica instrucción sino que luchó denodadamente por su integración en la sociedad. La misma pasión que puso en sus muchas actividades relacionadas con lo artístico puso en el mundo educativo. Compartió su existencia entre la escuela y la galería. Quiso por igual a los alumnos y a los artistas; luchó, con el mismo esfuerzo enconado, por el bien de unos y otros. Y, al final, puestas sus ilusiones, sus ganas y su vida, por entero en el frente artístico, consiguió que ese rincón controvertido del sur de España fuese un paraíso del arte donde se ofreció lo más importante de cuanto existe en un mundo complejo al que hay que dedicar heroicamente todos los esfuerzos.

En estos años sin Manolo, no ha habido un día que no me acordara de él. Desde que él nos falta, todo ha sido distinto y muchísimo peor. Si él hubiera estado, no hubiera sido tanto lo que, en estos momentos, falta. Él, con muy poco -casi tan poco como ahora hay- consiguió mucho; casi todo. Él, con sus ideas, su entusiasmo, su gran poder de convicción era capaz de encontrar lo necesario para que él arte no sucumbiera. Si no había, lo hacía sin nada; si había, todo lo hacía grande. Hizo el bien en su pueblo, en Cádiz, en Jerez, en Andalucía…

Lo artístico, con él, era una realidad sin vuelta de hoja. Sin Manolo, sin sus proyectos, sin su ilusión, sin su sonrisa, sin… nada podrá ser igual. La falta de luces es más grande que la falta de medios. Eso, con él hubiese sido imposible.

Manolo, por siempre y para siempre, en nuestro ánimo.

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