Promesas (incumplidas) del Este

El cine europeo reciente se ha acercado a la inmigración, a las dos Europas y a la cadena de explotación que se genera entre ambas con resultados bastante interesantes. Ahí están las cintas austriacas Struggle, de Ruth Madder, e Import Export, de Ulrich Seidl, o la portuguesa Transe, de Teresa Villaverde, para confirmar una original mirada realista y una indagación en las formas para desentrañar los mecanismos profundos de una de las lacras de esta aparente sociedad del bienestar.

El siempre sentimental y nostálgico Giuseppe Tornatore (Cinema Paradiso, Malena) parece querer aportar su granito de arena al debate social con esta película de 2006 que se estrena ahora en España después de cosechar numerosos premios en su país. Lejos de la seriedad y la prudencial distancia realista de los títulos citados, La desconocida asume su condición de melothriller hitchcockiano que conduce los avatares de su apaleada protagonista por un subrayado y muy previsible sendero de género que insiste en no dejar ningún cabo suelto dentro de su férrea y mecánica estructura dramática. Se trata aquí de ir descubriendo poco a poco, aunque con numerosas pistas, las circunstancias que han llevado a una inmigrante de origen ucraniano (Rappoport) a escapar de las garras de la prostitución organizada y a pergeñar una intrigante estrategia para trabajar como asistenta del hogar de una familia acomodada.

Como no podía ser de otra manera, un poco sutil Tornatore nos lleva de la mano por su melodrama extremo abusando de un efectismo ramplón y desconfiando por completo de cualquier elemento que no estuviera escrito y sellado en su guión.

Prolija en flash-backs explicativos que querrían pasar por un alarde de modernidad narrativa, La desconocida nos expone así a una justificación dramática de su personaje cimentada en el sentimentalismo y en unas formas hipertrofiadas rayanas en el histrionismo. Y es que no trata ya de dejar respirar a la realidad, sino de ahogarla con ese lujoso maquillaje de la qualité con mensaje en el que hasta los acordes de la música de Morricone nos suenan más desgastados y cargantes que nunca.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios