La ciudadela interior

  • La nueva edición ilustrada de las 'Meditaciones' de Marco Aurelio ofrece la oportunidad de enfrentarse sin intermediarios a uno de los grandes testimonios de la filosofía estoica

Una de las ilustraciones de Scott Pennor que recoge el libro. Una de las ilustraciones de Scott Pennor que recoge el libro.

Una de las ilustraciones de Scott Pennor que recoge el libro. / d. s.

Penúltimo de los emperadores de la 'edad de oro' de los Antoninos, un tanto excesivamente definida por Gibbon como la época más feliz de la historia de la humanidad, Marco Aurelio afrontó durante el periodo en el que ejerció la máxima magistratura (161-180 d.C.) los primeros síntomas de descomposición de un Imperio que había alcanzado su mayor extensión con las conquistas de Trajano, miembro de la misma dinastía en la que la sucesión, aunque no ajena a las redes de parentesco, fue hasta cierto punto electiva. Al hostigamiento en las fronteras de partos y germanos, se unieron rebeliones de pueblos ya romanizados, pestes, hambrunas y un progresivo deterioro del orden social que iría a peor tras la subida al trono del nefasto Cómodo, como refleja el curioso 'peplum' de Anthony Mann -La caída del Imperio Romano, rodado íntegramente en España- donde Marco Aurelio era encarnado por Alec Guinness. Algunos historiadores contemporáneos han matizado bastante la tradicional interpretación del emperador filósofo como un gobernante 'bueno', pero sus célebres Meditaciones, reeditadas por Errata Naturae en una muy hermosa edición ilustrada que usa del título, más cercano al original, Pensamientos para mí mismo, le han asegurado un lugar en la historia de la filosofía que no precisa, como en el caso de Séneca, de una validación a través del ejemplo personal ni basa su dilatada pervivencia en la relevancia histórica de la figura.

Fueron escritas en un mundo muy distinto, pero se refieren al mismo que seguimos habitando

Fue en parte durante su estancia en el 'limes' del Danubio, como cuenta él mismo, en la proximidad del campo de batalla, cuando escribió la colección de reflexiones a las que debe la inmortalidad, y todavía impresiona el acusado contraste entre la imagen que podemos hacernos del hombre más poderoso de su tiempo instalado en el duro frente del norte, rodeado de soldados envueltos en continuas escaramuzas, y el tono introspectivo de una prosa intemporal que nos interpela como si acabara de ser escrita esta mañana. Sobrino político y luego hijo adoptivo de su predecesor el emperador Antonino Pío, Marco Aurelio fue educado conforme a los valores del patriciado que ponían especial énfasis en inculcar a los discípulos la proverbial 'gravitas' asociada al temperamento romano y una esforzada disciplina que prescribía la austeridad, la constancia y el dominio de uno mismo. Ya de joven se alejó de la retórica para profundizar en la filosofía, practicada en la misma lengua de los modelos griegos. Entre las corrientes más extendidas de su siglo, permeadas por trasvases recíprocos, convivían escépticos, epicúreos, peripatéticos y neoplatónicos, pero el futuro emperador eligió el estoicismo que había sido introducido en Roma por Panecio, Posidonio y Cicerón, tenía a sus principales maestros en Séneca y Epicteto -junto al propio Marco Aurelio, los tres grandes representantes de la Estoa nueva- y era entonces la escuela más difundida y prestigiosa.

Sin dejar de lado el bien común y una idea de colectividad más allá de las barreras geográficas, la moral estoica instaba al cultivo de las cualidades individuales en las que cifraba la virtud, representada por la templanza, la autonomía o una idea de la justicia que no llegó a formularlos pero anticipaba el concepto, basado en una igualdad esencial, de los derechos humanos. Al clásico "vivir de acuerdo con la naturaleza" y el principio de la razón universal, que incluye a los dioses y a todos los seres animados o inanimados, en una búsqueda de la armonía que rehúye el conflicto o la influencia de los factores externos, Marco Aurelio suma una perspectiva intimista que, aunque a veces oscura, sorprende por su cercanía, volcada en un estilo a la vez muy cuidado y expresamente antirretórico. No podemos saber si el soliloquio o diálogo del emperador consigo mismo se dirigía únicamente a su conciencia, a una persona o grupo de personas escogidas o -como de hecho ha acabado sucediendo- a los lectores de cualquier tiempo, pero el efecto que produce es el de transmitir verdades concernientes.

La conquista de la serenidad, el repliegue a la "ciudadela interior" -expresión que dio título a la espléndida monografía de Pierre Hadot sobre Marco Aurelio, publicada por Alpha Decay- o el recelo de las aspiraciones ideales en favor de un pragmatismo que no se presenta, sino al contrario, como una opción incompatible con la ética, siguen siendo lecciones válidas y por eso estos Pensamientos, tan alejados de la superficialidad de los modernos libros de autoayuda, pueden ser considerados como "ejercicios espirituales" en el sentido que reclamaba el historiador francés para buena parte de la filosofía antigua. Ejemplo cimero de la sabiduría no especulativa, sino aplicada a la vida, las melancólicas reflexiones de Marco Aurelio fueron escritas en un mundo muy distinto, pero se refieren al mismo que seguimos habitando.

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