Castella y Perera triunfan ante un Ponce desvaído en Valladolid

  • La corrida de Zalduendo, aunque desigualmente presentada, ha sido noble, brava y de juego manejable, con cuatro toros aplaudidos por el público en los arrastres

GANADERÍA: Seis toros de Zalduendo, desigualmente presentados. Deslucidos primero y cuarto, han sido nobles, bravos y muy manejables los restantes, aplaudidos en el arrastre. TOREROS: Enrique Ponce, ovación y silencio tras aviso; Sebastián Castella, oreja y dos orejas. Miguel Ángel Perera, oreja y dos orejas. Incidencias: Los subalternos Joselito Gutiérrez y Guillermo Barbero, de la cuadrilla de Perera, saludaron tras parear al sexto. Más de dos tercios de plaza en tarde muy calurosa.

Castella y Perera se repartieron a partes iguales seis orejas delante de un Ponce desvaído, soso y con apenas voluntad que se fue de vacío e incluso fue reprendido por una parte del público.

Castella recibió a su primero con unas verónicas rítmicas, acariciantes, que fueron como la tarjeta de presentación de un torero que después, tras un brillante comienzo de faena, realizó una labor valiente pero que fue a menos, y en la que se aceleró ante un astado que no dejaba de embestir.

En su segundo, comenzó con cuatro estatuarios en el platillo que pusieron la plaza a hervir. Continuó con mucha parsimonia y autoridad, el animal no se cansaba de embestir, y el matador le corrió la mano en muletazos no siempre limpios. El estoconazo final elevó el entusiasmo que contagió a un benévolo presidente, que se excedió en las dos orejas.

Perera enjaretó al primero de su lote, una faena que rozó la perfección, con decisión y firmeza como el centro de un círculo mágico donde surgieron muletazos despaciosos, templados, hondos, con ambas manos y en series largas que siempre tuvieron el remate feliz del pase de pecho. Muy entregado, su labor no tuvo el rotundo final de la espada.

El comienzo del trasteo al último tuvo cuatro pases cambiados de espalda que estremecieron los tendidos. Embalado y con gran firmeza, continuó toreando a placer para terminar en las cercanías del toro, que le punteó los alamares en varias ocasiones. Alardes temerarios que asustaron a un público absolutamente entregado.

No terminó de acoplarse Ponce con el primer toro de la tarde. Tan sólo surgió algún muletazo de buen trazo pero en el conjunto faltó la confianza del torero, que nunca dio el paso adelante.

Tampoco rodaron las cosas bien en el segundo de su lote, un animal al que le costaba embestir. El valenciano tampoco estuvo a gusto y la lidia fue una sucesión de constantes trapazos. La muerte del toro fue un vía crucis para el veterano diestro. El animal echaba la cara arriba y el torero perdió repetidamente los papeles.

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