Toros

El toreo ante la mirada de la filosofía clásica

  • El pensador francés Francis Wolff utiliza a grandes maestros de la metafísica, como Platón, Sócrates, Aristóteles y Epicuro, para profundizar en la tauromaquia

El filósofo francés Francis Wolff, convertido en uno de los paladines defensores de la Fiesta en las últimas temporadas, se arrojó al ruedo del teatro Lope de Vega, prácticamente lleno, con sus trebejos metafísicos para acercarse, con sólidos razonamientos, a la esencia del toreo, que llegó a colocar un estadio por encima del resto de artes.

Abrió el acto del XXVIII Pregón Taurino de Sevilla, Rosamar Prieto, quien destacó que vivimos "tiempos convulsos para la Fiesta" y que defenderla "es defender el arte y nuestra forma de vida". Una cultura que "forma parte de nuestro lenguaje" y se remonta a la cultura minoica (3.000 años antes de Cristo) y cuyo espectáculo cuestiona actualmente "media España". El embajador francés en España, Bruno Delaye, quien presentó a Wolff, le calificó de "peligroso" porque no piensa a favor de la corriente ética del momento y porque considera el toreo como "una manifestación de la condición humana". El diplomático señaló, entre otros apuntes biográficos del disertador, que ocupa una cátedra de Historia de filosofía antigua en la Universidad de París y en la Sorbona y es autor de numerosas obras sobre varios maestros de la metafísica.

Francis Wolff fue al grano y no buscó con su disertación el aplauso fácil del auditorio. Sobrio y sin titubeos, dividió su discurso en tres partes: un comienzo en el que exaltó su amor por Sevilla; la contemplación del toreo ante los ojos de la filosofía clásica y una invitación a acudir, tras el pregón, a la Maestranza para disfrutar del comienzo de la temporada sevillana en el coso del Baratillo.

En esa loa a una Sevilla que muda su piel de Semana Santa por la taurina y se convierte el Domingo de Resurrección, "por dos veces" en "el centro del mundo", Wolff reconoció que admiraba la ciudad "antes de conocerte", como muchos de sus compatriotas, desde los artistas del Romanticismo hasta otros de nuestros días. Fue entonces cuando habló del origen de su afición, allá por el año 69, "por azar", en el que vio una corrida en Nimes. En el 72 vivió su primera corrida en la Maestranza, "con seis silencios" y revivió el impacto que le causó ese año la corrida del 18 de abril, con toros de Carlos Núñez, y las soberbias actuaciones de Diego Puerta, Paco Camino y Marismeño. De manera apasionada, declaró: "Me di cuenta entonces de que Sevilla era la ciudad de los encuentros amorosos y finales trágicos. Aquel día comprendí que la corrida era un arte y está por encima de cualquier arte. El toreo alcanza la realidad, mientras las otras, caso de la pintura y de la escultura, se conforman con soñarla". Así, ante un lance o un muletazo, "soñamos despiertos" y "las otras artes se quedan en la pura apariencia".

Entre sus vivencias por la Maestranza fue desgranando a lo largo de la disertación faenas y toreros. Desde la presentación en el coso del Arenal de Nimeño II a una gravísima cornada de Paquirri. De El Cid de Salteras toreando al natural a un victorino, al legendario Litri, al genial Rafael de Paula o al mítico Curro Romero -que ocupaba uno de los palcos, junto a su esposa Carmen Tello y la duquesa de Alba-, quien le hipnotizó con "tres verónicas y una media inenarrable". No faltó la rivalidad de El Tato y Liria en el coso maestrante. Y toreros de la talla de Fernando Cepeda, Emilio Muñoz, Alejandro Talavante o el maestro Paco Camino, de cuyo toreo dijo que era "la estrofa y no el verso". También profundizó en los estoicistas Paco Ojeda o José Tomás y así hasta llegar a los más recientes como Joselito, Morante o Castella.

El nudo de la disertación estuvo basado en el postulado de que "los grandes planteamientos de la filosofía griega se plasman en la corrida". Comenzó con Platón y la historia de la idea. Y llegó a encuadrar la idea platónica de torero en la arena, donde "un hombre común se transforma en torero y puede escuchar "¡torero, torero!", algo que no sucede en otras actividades, donde no se grita "¡cantante!" o "¡futbolista!".

En su intervención recaló posteriormente en Aristóteles, con la oposición del ser en potencia y acto; y de materia y forma. Y la traslación la hizo a los aficionados, "que conocemos eso en el toro bravo". Porque "la bravura se encuentra sólo en potencia en el campo y se transforma en acto en el ruedo". Y citó a grandes toros lidiados en los últimos años en la Maestranza, como Jarabito, de Zalduendo, y Borgoñés, de Victorino Martín. La obra de arte del torero nace de la materia y la forma. El torero va a cincelar a la naturaleza del toro, sometiéndola contra su propio instinto para modificarla a su concepción artística. Y reveló que algunas veces, con algunos toreros, "la forma está contenida como un todo".

Luego, el análisis llegó con el estoicismo, que en el toreo bien puede aplicarse al "aguante" y cuatro tareas: combatir con valor; enfrentarse con dignidad y vergüenza al toro, delante del público, sin mirarse cuando se cae herido, si es preciso; dominio de sí mismo; y matar al toro con lealtad, arriesgando su propia vida. A esas cuatro tareas también añadió el "ser siempre el mismo, pase lo que pase".

El filósofo se adentró después en Epicuro y el placer como única manera de actuar. Y subrayó que los aficionados, además del toreo, disfrutan de la música, el color… y de placeres intelectuales. Así, "un torero transmite lo imposible", por ejemplo, en "una serie de naturales puede transmitirnos miedo y también ese sentimiento de eternidad, de armonía". Ahí, en esos conceptos contradictorios, "el toreo sobrepasa a las otras artes".

Francis Wollf cerró su discurso alentando a llevar a la Maestranza "a nuestros hijos, a nuestros nietos, a nuestros padres y a nuestros "primos catalanes y gallegos"; lo que provocó risas y aplausos entre parte del público. Todo ello, rememorando a legendarios maestros sevillanos porque "hoy -refiriéndose a los aficionados- somos todos los toreros anteriores de Sevilla".

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