Toros

Del miedo, la cornada y el dolor

  • Ángel Peralta, Curro Romero, Espartaco; los cirujanos Vila y Arévalo y el crítico Molés, con Infantes como moderador, se aproximan a la gloria y tragedia del torero

Con el epígrafe Medicina y Tauromaquia las expectativas creadas por el coloquio organizado ayer por la Real Academia de Medicina de Sevilla eran altísimas; máxime con el cartel de lujo que se presentó en la sala Chicarreros, de Cajasol. Afortunadamente, en esta ocasión, rompiendo el adagio de Corrida de expectación, corrida de decepción, el coloquio resultó un éxito redondo.

Tras el despeje de plaza a cargo del profesor Hugo Galera, presidente de la citada academia, el cirujano cardiovascular Carlos Infantes moderó con temple las intervenciones de una mesa cargada con varias decenas de la más ilustre tauromaquia. Porque encabezando el paseíllo se encontraban nada menos que los maestros Curro Romero, Juan Antonio Ruiz Espartaco y el legendario rejoneador y ganadero Ángel Peralta, quienes rompiendo el molde del traje de luces y campero, sacaron a flote sus sentimientos, desde las ansias de triunfo en sus comienzos hasta el dramatismo de la cornada.

El cirujano de la Real Maestranza, Ramón Vila, y su compañero de la plaza de Los Califas de Córdoba, Eugenio Arévalo, aportaron su visión, desde el punto de vista médico, de lo que suponen los retos de unos hombres muy distintos y alejados al resto de los mortales. El crítico Manuel Molés también aproximó varios aspectos singulares de estos hombres, los últimos héroes en esta desnortada y desnaturalizada sociedad de nuestros días, cuyo "corazón es distinto", como se apostilló en el interesante coloquio abierto al público tras la mesa redonda.

Curro Romero, genial, desveló su apuesta por el toreo "por fatiga", para no guardar ovejas y cochinos y para "ganar más dinero que un torero", frase que escuchaba desde niño. Espartaco añadió que quiso alcanzar la gloria torera para satisfacer "a mi padre, que quiso ser torero y no llegó. A mí me daba mucho miedo". Un recelo que los tres toreros dijeron sentir, incluso tras retirarse. Sobre la perturbación angustiosa, Curro sentenció: "Miedo tengo al toro; no al público. En el toreo el miedo es muy serio. Por eso el toreo es tan serio. Peralta habló de "precaución y responsabilidad" y sorprendió explicando que sus caballos de rejoneo eran capaces de intuir si el toro sería bueno o malo y en función de ello lo recibían más tranquilos o nerviosos.

Espartaco traspasó su particular portón de los miedos para desvelar al público, en una faena muy profunda y emotiva, que el sufrimiento lo viven los toreros desde sus comienzos, "cuando un chaval ofrece su vida, su infancia y su juventud... No son las cornadas. Me he dejado mi infancia y mi juventud". Un amanecer profesional en el que el de Espartinas llegó a concretar que eso sucede en "un examen que dura ocho minutos" y en el que no cabe fallar porque probablemente no habrá otra oportunidad.

Ramón Vila, en su documentada intervención, acabó señalando que "los toreros no son de otra pasta; los toreros son de otro sentimiento" para explicar su capacidad para remontar el dolor psíquico de la cornada, en la que para ellos lo más grave es el tiempo que pierden sin poder torear cuando han sido heridos. Eugenio Arévalo afirmó que "como el torero decida que sale de la enfermería -por muy herido que se encuentre-, sale", pese a las recomendaciones médicas. Y destacó que un cirujano taurino, además de sus conocimientos y buen equipo, debe tener una "desmedida afición a los toros". Y Manuel Molés apuntó, entre otras cosas, que si no estuviera presente "la muerte", la Fiesta no tendría esa "grandeza" que la distingue.

Entre anécdotas, historias vividas y análisis, Carlos Infantes cerró su intervención con varios datos estadísticos significativos, entre ellos el que un 29% de los toreros que murieron por heridas por asta de toro en los últimos dos siglos de tauromaquia, eran sevillanos.

El cierre del singular festejo no pudo ser más torero: dos ríos de la caudalosa tauromaquia sevillana desembocaron en un abrazo y un brindis -ya imposible en el ruedo-. Una dedicatoria de Espartaco a Curro Romero, a quien agradeció "de corazón" la aportación de su "luz" torera.

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