Toros

Domingo de... decepción

  • El mal juego de la corrida de Zalduendo fue determinante en el resultado gris del espectáculo · El festejo se saldó con seis silencios para la terna y protestas en el arrastre de dos toros

Lástima que en una tarde tan maravillosa, con una temperatura ideal, el cielo limpio y la Maestranza preciosa y rebosante hasta la bandera, el festejo del Domingo de Resurrección acabara envuelto en un domingo de decepción. Desengaño que llegó de la mano de una corrida de Zalduendo deslucida y sin clase, con la que se estrelló la terna compuesta por José Antonio Morante de la Puebla, Manuel Jesús El Cid y José María Manzanares. Menos mal que ante tal desaguisado, el espectáculo -¡menudo espectáculo...!- fue breve.

Morante dio una pésima imagen con la espada en su lote y se esforzó más en la faena ante el que abrió plaza. El de La Puebla apostó fuerte con un animal paradote y mansote, con peor condición, mirón, por el pitón izquierdo. Hubo una prometedora tanda con la diestra. Luego, otra por ese lado, en este caso moviendo más rápido la mano. Desgranó una trincherilla con sabor. Con la izquierda, apuntes de su añeja tauromaquia gallista, cuando se metió en terrenos de un toro, ya muy rajado, que le quitó la muleta y ante el que no pudo imponerse. Con el deslucido cuarto, sin apenas recorrido, pronto acabó desengañado, como ya lo estaban los espectadores en el ecuador del plúmbeo festejo.

El Cid tampoco pudo alcanzar con su infumable material el objetivo que buscaba: su quinta Puerta del Príncipe. El año pasado lo estrellaron con los aborregados juampedros. Sería conveniente que sus mentores tuvieran en cuenta que el saltereño es un torero de poder, que dice mucho con el toro y no con estos ejemplares de escaso contenido. Con el tercero se fue a los medios sin probatura alguna y con decisión. El trasteo resultó soso, con un animal protestón e incómodo por momentos, por pegajoso. Con el mansísimo quinto, que echaba la cara arriba en la muleta, El Cid se esforzó por agradar, con el respetable ya cansado ante un espectáculo baldío. Muleta en su mano, la zurda, para una labor en la que ni el mismo torero llegó a creer.

José María Manzanares consiguió lo más destacado en la suerte suprema, cobrando con seguridad dos buenas estocadas, ejecutadas con la ortodoxia que mandan los cánones. Estuvo bastante centrado en su debut en tan emblemática fecha. Al alicantino, que se las vio en primer lugar con un animal manso, áspero, que cambiaba constantemente de ritmo en sus embestidas, le acabaron pidiendo los aficionados que acortara el trasteo. En la lidia de este animal se vivieron dos de los momentos más interesantes y ovacionados: un puyazo de Pedro Morales Chocolate, aguantando la violencia del toro, que hizo romanear al caballo en un primer puyazo larguísimo, y dos pares con agallas de Curro Javier.

En el sexto, con la mayoría del público resignado y mirando el reloj, Manzanares sufrió una colada espectacular al intentar dibujar una verónica. Luego, con la tela encarnada, se encontró con un animal que acudía con trote cochinero y se defendía. El alicantino dibujó algún buen natural suelto y trazó una serie con la diestra en la que consiguió calar en el público. Todo fue un espejismo. El astado desistió en sus embestidas.

Domingo de Resurrección en blanco. El espectáculo, pese al magnífico marco y la tarde espléndida, no dio para más. Prosa a palo seco en una tarde de máxima expectación, en la que se esperaba esa poesía del arte del toreo que jamás llegó y que quedó en un Domingo de... decepción.

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