obama en españa

La lección de Obama

NO venía a ver el ensamblaje del A-400-M, estandarte de la pretendida industria aeronáutica local. Tampoco el parque tecnológico de la Cartuja, la boca del lobo sevillano del siglo XXI a partir de las ocho de la tarde. Ni la fábrica de Heineken con el sonriente Jorge Paradela en la puerta. Ni las instalaciones de Persán con Pepe Moya dando la crónica particular de sus novillos en San Fermín. Ni la fábrica de Renault donde se hacen esas maravillosas cajas de cambio. Ni la Torre Sevilla con los API a la búsqueda de inquilinos para las oficinas.

El presidente Obama no venía a ver nada de todo lo que se nos vende como la Sevilla pujante, alternativa, emergente, distinta y todos esos adjetivos que tratan de reflejar una ciudad más allá de los coches de caballo, las fiestas populares y todo lo vinculado con el denostado costumbrismo. Tampoco iba a pasear por el Patio de los Boja del Museo de Bellas Artes, ni por las caballerizas y salones nobles de la Casa de las Dueñas por los que anduvo Jackie Kennedy, ni por la Casa de Pilatos por donde estos días el duque de Segorbe lamenta su enésima ruina.

Obama iba a ejercer como los turistas de sol y playa, pero en versión capitalina y con el mercurio muñiendo 40 grados. El presidente venía a consumir el paquetito que conforman la Catedral y el Alcázar, como si el viaje se lo hubiera colocado el tour operador de turno de la oficina de viajes más próxima a la Casa Blanca. Dedicamos los observatorios, patronatos y consorcios de turismo a buscar la fórmula mágica para lograr que los turistas pasen al menos dos noches en Sevilla y resulta que Obama estaba listo para demostrar que en Sevilla basta con una noche y unas cuantas horas. La visita se iba a reducir a los dos principales monumentos de la ciudad y quién sabe si a un paseíto por el centro.

Ni la ciudad de la música, ni la ciudad de la ópera, ni la ciudad del turismo gay, ni la ciudad del deporte, ni la ciudad de la Navidad, ni la de los reyes magos de siesta en agosto, ni la ciudad conectada a la Costa del Sol, ni la ciudad de los rodajes, ni la ciudad de toda esa ristra de lemas que se inventan en los laboratorios dedicados a fabricar reclamos para captar turistas con vocación de piel de salmonete y sin criterio propio, porque hay que ser ingenuo para recalar en esta ciudad como recalan algunos una vez que han entrado las calores.

El mensaje que íbamos a mandar era el de siempre, el que nunca falla, el que tiene mejor resultado en menos tiempo. Sevilla es la Catedral y el Alcázar, dualidad infalibe en los mercados.

Obama venía a ver lo mismo que la inmensa mayoría de los turistas de bermudas, camiseta y pies por lo alto en las butacas del Starbucks Coffee, que son las que más huelen a pies de toda la hostelería local. Porque un Starbucks Coffee sin un guiri con los pinreles sobre el asiento -el mismo en que usted pondrá sus posaderas minutos después- no es un Starbucks Coffee con todos sus avíos.

Obama venía a la Sevilla de postal. Como vino la reina de Inglaterra cuando estuvo seis horas y media en octubre de 1988, la misma que, por cierto, pidió pasar en coche por la Plaza de España antes de tomar el vuelo de regreso. La reina Isabel II se fue "triste" de la ciudad porque no pudo contemplar el espectáculo ecuestre previsto. Faltaban cuatro años para la Exposición Universal, pero a nadie -lógico- se le ocurrió llevarla a visitar las obras de construcción de la gran muestra que captaría la atención del mundo con motivo del V Centenario del Descubrimiento de América. ¡Como iba a ver una reina una isla tomada por los albañiles! ¡Cómo iba a visitar Obama esa Sevilla alternativa de chimeneas productivas! Lo que la reina de Inglaterra echó en falta no fue ninguna industria, sino la gran obra arquitectónica de la Sevilla de 1929, la postal de mayor éxito de aquella Exposición Iberoamericana inaugurada por Alfonso XIII.

Cuando el ex presidente Clinton visitó Sevilla en 2009 acudió a la sede de la patronal andaluza a dar una conferencia de 50 minutos. Contestó dos preguntas en un auditorio que aún vivía al ralentí de los años bañados en carbónicos franceses, paseos en enganches en la Feria y desplazamientos en lujosos parques móviles. Cuando se llevaban a Clinton a cenar, el ex mandatario pidió que lo sacaran de la Cartuja. Debió horrorizarle aquella isla sin vida cada vez que el sol se despide por el Aljarafe. Clinton quería ver la Catedral. No preguntó por ningún acelerador de partículas. Juan Salas tuvo que llamar al vicario general para que se abriera el templo a deshoras. Y se abrió para que, sobre todo, conociera el túmulo de Cristóbal Colón, que no deja de ser una curiosidad en la inmensidad de una montaña hueca cargada de valores histórico-artísticos.

El programa de la visita frustrada de Obama nos recuerda la evidencia. Ha tenido el efecto de una lección para la que no ha hecho falta la presencia del profesor. Tal vez dolorosa como el aguijón con el que siempre se arma la verdad, quizás reducida en exceso por la fuerte inercia de un pasado rico. Somos eso: nuestro pasado. Nuestros dos principales monumentos. No llegamos a las dos noches. Ni al fin de semana completo. Somos para unas horas. Como las amistades de conveniencia. Pero de unas cuantas horas somos (íbamos a ser) capaces de vivir durante años con orgullo y la cabeza bien alta. En eso somos insuperables. Y hasta embestimos. Como los novillos de Pepe Moya.

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