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Tribuna

césar romero

Escritor

Un nuevo corporativismo

La exacerbación del corporativismo linda casi lo irracional si se tocan grupos de pertenencia por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, etcétera

Un nuevo corporativismo Un nuevo corporativismo

Un nuevo corporativismo / rosell

Si alguien que trabaja en la función pública escribe en un periódico refiriéndose a un "gris" funcionario es bastante probable que, luego del cumplido o el "te leí este verano, en la playa", algún compañero de trabajo le reconvenga por hablar así del funcionariado (como si el gris no fuera un color tan grato como los demás). Entre periodistas, famoso es el conciso dicho de que perro no muerde a perro, aunque a diario se vean piltrafas de un profesional de un medio chorreando entre las fauces de otro de un medio de la competencia (hay incluso quien sólo se dedica a eso). El corporativismo es viejo como el mundo y puede que tenga su lado bueno, loable, ese sentido de pertenencia al grupo, ese contar con que si uno cae habrá una red social que amortiguará la caída (quizá para esto nacieran los colegios profesionales), pese a que esté comprobado que si la caída es fuerte los primeros en quitarse de en medio sean, precisamente, los compañeros de profesión.

Ahora parece extenderse una nueva forma de corporativismo. Ocurre que aunque no se hable genéricamente de algo, sino de un caso concreto, todo el que comparte profesión se siente atañido. Si alguien dice que no le agradan determinadas películas hechas en España, rápidamente saldrán en tromba actores, directores, guionistas a poner a caer de un burro a quien criticó al "cine español". Nadie se parará a dilucidar si se cribó y no se disparó a bulto; será obligatoria la defensa cerrada del cine nacional, todos a una (no deja de ser curioso ese patriotismo profesional en un sector que lleva a gala su rehuida de patrias y banderas). Si otro afirma que quizá sea exagerada la presencia pública y el cariz casi de Bella Arte que está tomando la cocina, cocineros con y sin estrella Michelin, críticos y otros comentaristas, cucharones, platos y sopletes en ristre, arremeterán contra quien osa topar con sector tan en auge. Si un aficionado manifiesta que los amaños o la dejadez de un ganadero o un torero erosionan más la fiesta de los toros que todos los antitaurinos juntos, la profesión en bloque se sentirá zaherida y despotricará de ese aficionado, excluyéndolo del planeta, cada día más desierto, de los toros.

Esta exacerbación del corporativismo linda casi lo irracional si se tocan grupos de pertenencia por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, etcétera. Proscritos están los viejos chistes, que quizá no tuvieran mucha gracia, sustentados en estas diferencias, y si se critica una obra de alguien por su contenido, sin entrar en si su autor es mujer, gitano o católico, pronto habrá quien diga que la mala crítica es por pertenecer el autor a uno de estos grupos. Y acto seguido el nuevo corporativismo hará salir en tropel a asociaciones de mujeres, gitanos o católicos lapidando al osado opinante y pidiendo su cabeza, con el consiguiente respaldo de las masas tuiteantes, que no repararán en comprobar qué dijo y se sumarán al eslogan fácil y multitudinario.

Quizá detrás de este nuevo corporativismo no haya un exceso de celo profesional o personal, una inflamación del gregarismo, que abriga, frente a la individualidad, que es intemperie. Quizá sólo sea una manifestación del victimismo tan presente en nuestro mundo, donde se tiene la piel tan fina que cuanto no es adhesión inquebrantable se toma como ataque frontal. Un victimismo que revela la falta de responsabilidad de quien lo enarbola: es más fácil ampararse en el grupo para defender la propia mediocridad que dar la cara y responder, porque puede que, en efecto, quien critica lleve razón y nuestra obra en verdad sea inane, prescindible. Si a alguien no le gusta una película española actual porque le parece contemporánea del landismo, o afirma que tal novillero nunca llegará a nada, pese a las muchas oportunidades que le da ser niño de papá, o le parece que tal humorista no tiene pizca de gracia, sea andaluz, catalán o logroñés, y lo dice razonadamente, pocos rebatirán sus razones y el criticado, elevando su caso a categoría, se amparará en sus colegas cineastas, toreros o humoristas del suelo patrio, que raudos lo respaldarán con este nuevo corporativismo, para apalear a quien difiera de la alabanza unánime, quizá para enmascarar bajo esta bandera grupal la falta de acierto, o talento, y la de respuesta a la crítica desde su propia perspectiva, de manera individual y fundamentada. Un corporativismo que no busca defender los pabellones de la profesión o del sexo o de la religión común sino salvar el propio pellejo guareciéndose en ellos como últimos refugios.

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