La Tribuna

Tomás Navarro

Periodista y arabista

El despertar de Irán

Rosell Rosell

Rosell

POCOS países han sido en Occidente tan denostados como el actual régimen iraní, una república islámica que ahora cumple 40 años. La memoria de Irán es la de Persia, una antigua civilización que tuvo “rey de reyes” y extendió su influencia desde la frontera China hasta el Mediterráneo Oriental. Durante los siglos XVIII y XIX, como ocurriría en la China de su última dinastía manchú, las potencias coloniales occidentales terminaron por dominar sus recursos así como su posición geográfica donde Asia Central y el Medio Oriente fueron siempre su zona de influencia histórica.

El surgimiento de ideales progresistas, socialistas, comunistas y anticolonialistas durante los procesos de liberación del colonialismo europeo, igual que en el Egipto de Abdel Gamal Nasser, hizo posible la configuración de una democracia donde su presidente, aupado por el voto de la izquierda, Saadek Mosadek, occidentalizó al país y procedió a normalizar su economía nacionalizando a su principal agente de riqueza: el petróleo. La medida no fue bien recibida por la incipiente presión de Estados Unidos que, desde su apoyo directo a la monarquía saudí, ya aspiraba al dominio de toda la región en su pulso geopolítico contra la Unión Soviética. Al tener frontera común Irán y Rusia, el Pentágono quiso separar de un tajo la posible influencia rusa y, dándole un golpe de Estado al país, derribó a Mosadek imponiéndoles a los iraníes a un aventurero a modo de sha, Reza Palevi, que montó su dictadura proamericana cortando cualquier veleidad de proximidad con Moscú: el sha había nacido para Occidente como el “Guardián del Golfo”.

Que hubiese musulmanes suníes en Arabia Saudí y musulmanes chiíes en Irán nunca fue objeto de problema alguno entre las tiranía saudí y la iraní. Tanto el rey wahabí como al sha persa congeniaban sin ningún problema bajo el amparo y el control de Washington, que nunca vio en estas tiranías abusadoras falta alguna sino todo lo contrario: las armaba, las defendía y las posicionaba al frente de su tablero contra el comunismo soviético desde Marruecos hasta Pakistán.

Pero la sociedad iraní comenzó a conspirar contra la dictadura coronada del personaje que se sentaba en el trono del Pavo Real. La derecha giró a la tradición religiosa facciosa y la izquierda a la rebelión social, coincidiendo ambos movimientos en un único objetivo: terminar con el régimen impuesto al país por Estados Unidos. Para Occidente fue más fácil asilar en París al entonces religioso imán Jomeini que a la izquierda iraní en armas y conforme el sha se hundía en su represión inmisericorde, religiosos y laicos terminaron por hundirlo y el que llegó con violencia… con violencia se le echó. La arribada a Teherán de Jomeini al poder supremo inició un proceso de separación de Occidente porque la tradición islámica iraní señalaba a la mala influencia occidental como origen de sus desdichas. Esta posición donde el elemento religioso llega a eliminar y aplastar en su conquista del Estado (que pasa a denominarse República Islámica) a cualquier oposición de izquierda, logra edificar un movimiento de resistencia islámica que por el petróleo y el gas que posee, ni Washington ni Londres, lo iban a tolerar.

La llegada en el eje anglosajón de Ronald Reagan a la Casa Blanca y de Margaret Thatcher a primera ministra británica, ahora zalameros, animaron al presidente iraquí, Sadam Husein, a atacar a esta inquietante –para sus intereses– república islámica. La guerra duraría diez largos años y Teherán no cayó. Para el régimen republicano islámico esta guerra fue una maniobra más de Estados Unidos y sus aliados por destruir a la incipiente república islámica.

El apoyo de Irán a la causa palestina y su rechazo al Israel espartano mantuvieron a Irán alejado de Siria y Líbano. A Sadam Husein lo animaron desde la Arabia Saudí a invadir Kuwait, cosa que hizo. La Primera Guerra del Golfo dejó las cosas en su sitio, pero no se traspasó la frontera iraquí porque, para Occidente, Husein, pese a la ocupación kuwaití, seguía siendo útil para levantar una barrera antiiraní. Mas el persistente líder iraquí se posicionaba cada vez más en señalar a Israel, Arabia Saudí y EEUU con Londres y París como agentes nocivos en el Medio Oriente y entendieron que se elevaba como amenaza. Con mentiras de Estado se invadiría Iraq para desmembrarlo como Estado… pero se elevó el papel de Irán de nuevo como Guardián del Golfo, ahora sin sha. La alarma cundió y pese a señalar EEUU a este país como “favorable a cobijar grupos terroristas”, lo cierto es que el 11-S lo ejecutaron 92 saudíes. El Pentágono intentó en la trastienda de las revueltas árabes hundir a Siria como ya se había hecho en Libia y antes en Iraq. Pero todo ha salido al revés. Ahora Irán domina Iraq, afianza su presencia en Siria, Líbano y Yemen y desde el estrecho de Ormuz hasta Asia Central, aliado de Rusia y China, es tenido en cuenta como potencia regional. La provocación de matar al general Sulemaini y la respuesta dada por Teherán confirman que Irán efectivamente es el Guardián del Golfo. Descabalgarlo sin un conflicto mundial ya no es la opción y Rusia gana en su geoestrategia.

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