Tribuna

javier gonzález-cotta

Editor de la revista Mercurio

Santa Sofía o la aversión al Turco

El sincretismo de la mole no perderá su aura. Pero a muchos les seguirá molestando que el legítimo Gobierno turco de hoy, simpático o no, ejerza su ministerio en su propio país

Santa Sofía o la aversión al Turco Santa Sofía o la aversión al Turco

Santa Sofía o la aversión al Turco / rosell

En el cristianismo se habla con dolor de la caída de Constantinopla (29 de mayo de 1453). Pero para los turcos la gesta tiene un valor simbólico de conquista terrena y sagrada, avalada incluso por un hadiz de Mahoma. De ahí que para el turco creyente esta fecha, traducida asimismo por la hégira mahometana, represente la feliz conquista de Constantinopla por parte del sultán Mehmet II y de sus mártires.

La reciente reconversión de Santa Sofía en mezquita ha suscitado inquietud (la Unesco), lamentos (el papa Francisco) y agrias protestas (Grecia, como supuesto albacea sentimental de la civilización bizantina). Los medios han hablado incluso de la segunda caída de Constantinopla. A Erdogan, artífice de la medida, le han endilgado los honores consabidos (populista, nuevo sultán, nacionalista, retrógrado). Cierto es que el presidente Erdogan nos suscita sopor. Pero uno cree que de fondo late como una aversión cultural de nuevo cuño respecto al Turco, como si el fin de Bizancio fuera visto, aún hoy, como el mito de una herida para la mentalidad europea (muchos estetas siguen llamando Constantinopla a Estambul).

Para los más histéricos, la vuelta de las suras y aleyas a Santa Sofía ha supuesto la defunción del legado laicista impuesto por Atatürk, fundador de la moderna Turquía en 1923. Fue un centrifugado brutal, que chocó con el temple sociológico de la gran mayoría de turcos musulmanes de Anatolia. Pero el aura del nuevo Estado turco, reflejo a su vez del fulgor del gran caudillo, hizo posible la increíble mutación del país. Su renacimiento nacional se forjó tras vencer y expulsar a los griegos invasores en la cruenta guerra de 1919-1922.

Atatürk convirtió en 1935 el fastuoso templo en museo. Pero ya antes, en 1929, Evelyn Waugh, quien hacía un viaje en barco por el Mediterráneo oriental, dio cuenta de los nuevos tiempos laicos en Estambul. Quedó impresionado por la magnificencia de aquella mole erigida en el año 538 por Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles bajo el emperador Justiniano. Pero a Waugh le molestó la guía turística que la agencia Natta había dispuesto para acompañarlo en su visita al hemiciclo. Explicaciones maquinales y rictus antipático de nueva mujer turca. Todo le pareció sublime en aquella morada gloriosa, a excepción de los "perifollos turcos" que estropeaban el magno conjunto.

Años antes, el viajero Gautier recaló en Estambul y, por supuesto, visitó Santa Sofía, advirtiéndonos de lo que hoy aún confunde al lego. Santa Sofía (Haghia Sophia) no es el nombre de ninguna santa, sino que hace mención a la Divina Sabiduría, poseedora de las tres grandes virtudes teologales. Gautier, abstraído bajo la bóveda y sus pechinas, se fijó en un andrajo colgante y que al parecer era una de las cuatro alfombras que Mahoma usó para sus rezos. Como mezquita, los turcos atenuaron las riquezas accesorias del arte bizantino: sólo la idea de Dios debía llenar el espacio. La Protesta luterana no debería estar en desacuerdo.

Es fama la llegada del sultán Mehmet Fatih a Santa Sofía el 30 de mayo de 1453. Aquel loro que parecía comer cerezas (así lo describirá Steven Runciman influido por el retrato de Bellini), se echó arenisca por la testa. Acto seguido pidió que lavaran el templo de impurezas cristianas con agua de rosas. La toma de Constantinopla había sido agraviante, pero mucho menos tal vez que el salvaje saqueo llevado a cabo por los latinos católicos de la IV Cruzada en 1204. Profanaron iglesias y monasterios, robaron reliquias cristíferas y pusieron a una ramera en el sillón del patriarca. Mucho antes que los turcos otomanos, quienes injuriaron a Constantinopla fueron los hijos del papa de Roma y su posterior y lamentable Imperio Latino.

Ahora el Gobierno turco ha anunciado que la iglesia de San Salvador de Chora también volverá al culto islámico (el sultán Beyazit II la convirtió en mezquita en 1511). En 1945 Atatürk transformó en museo el recinto con sus hermosos mosaicos (la Genealogía de Cristo, la Anastasis, la Vida de la Virgen) Situada junto a las murallas de Teodosio II, la iglesia se levantó en el siglo XI y se aderezó en el XIV. El XI es el siglo de la crucial derrota de Romano IV Diógenes por parte de los turcos selyúcidas de Alp Arslan en 1071, en Manzikert, que supondrá el inicio del fin de Bizancio por parte de un "pueblo primitivo, pastoril, destructor y nada agricultor" (otra vez Steven Runciman).

Fuera de las preces del culto islámico, la ahora mezquita Haghia Sophia podrá ser visitada libremente por los turistas de después de la pandemia. El sincretismo de la mole no perderá su aura. Pero a muchos les seguirá molestando que el legítimo Gobierno turco de hoy, simpático o no, ejerza su ministerio en su propio país.

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