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Tribuna

Joaquín rábago

Periodista

Rapiña colonial

Estados hoy independientes como son Nigeria, Etiopía o Senegal reclaman desde los años sesenta del pasado siglo muchos bienes culturales que les fueron expoliados

Rapiña colonial Rapiña colonial

Rapiña colonial / rosell

El presidente de Francia ha provocado un debate internacional de consecuencias difíciles de prever al proponer la devolución a África de los frutos de la rapiña colonial que hoy se conservan en colecciones europeas.

Emmanuel Macron ha querido predicar con el ejemplo y ha ofrecido devolver, por ejemplo, 26 obras de arte expoliadas por Francia en el transcurso de una expedición de castigo contra Benín. Como señalaba recientemente El País, aunque Macron se refería sobre todo a África, es difícil que no se abra una "causa general", que afectaría a obras también de otros continentes que pueden hoy admirarse en los museos etnográficos del mundo rico.

Macron se ha limitado, en cualquier caso, a poner de relieve una vieja reivindicación de muchos países que fueron colonias y cuyos ciudadanos han de viajar a Europa si quieren admirar las creaciones de sus pueblos. Así, por ejemplo, estados hoy independientes como son Nigeria, Etiopía o Senegal reclaman desde los años sesenta del pasado siglo muchos bienes culturales que les fueron expoliados durante la ocupación extranjera.

El informe francés sobre la eventual restitución de esos objetos culturales no es una novedad, sino que ya en 1982 el Ministerio de Asuntos Exteriores de ese país presentó otro similar sin que ese hecho tuviera, sin embargo, consecuencias. La propuesta de Macron ha tenido fuerte repercusión no sólo en Francia, sino también, por ejemplo, en la vecina Alemania, en cuya capital se inaugura en 2019 el llamado foro Humboldt, que albergará las colecciones etnográficas hoy repartidas entre varios museos.

Según un informe reciente, las colecciones berlinesas comprenden cerca de medio millón de obras de arte extraeuropeo, comenzando por el maravilloso busto de Nefertiti que puede admirarse en el Neues Museum de la capital. Pero otro tanto cabe decir de otros museos etnográficos alemanes como el Grassi de Leipzig, el de Ultramar de Bremen, el de los Cinco Continentes de Múnich, el de las Culturas del Mundo en Fráncfort, o sus equivalentes de Hamburgo, Stuttgart, Dresde o Colonia.

Por no hablar de las espectaculares colecciones de otras grandes potencias coloniales como la del Museo Británico, de Londres, que, junto a piezas de todos los continentes, conserva los llamados "mármoles de Elgin", parte del friso del Partenón, que reclama el Gobierno griego para exponerlos en el museo de la Acrópolis.

No se trata siempre de objetos espectaculares, sino también de otros mucho más modestos como máscaras, armas, instrumentos, vestimentas, cráneos, pero también objetos rituales. En su mayoría llegaron a las colecciones europeas durante la expansión colonial de la segunda mitad del siglo XIX desde las costas africanas hacia el interior del continente, que coincidió con el auge de la pasión coleccionista europea.

Hay casos de rapiña bien documentados, como la expedición punitiva llevada a cabo en 1892 por los franceses o cinco años más tarde por los británicos contra el reino de Benin, famoso por su arte estatuario en bronce. Alrededor de un millar de aquellas esculturas acabaron en el Museo Británico mientras que el resto se vendió a museos de toda Europa y hay piezas que reaparecen todavía hoy en subastas.

El primer tratado internacional contra la rapiña cultural, firmado en 1899, no tuvo apenas efectos prácticos alguno mientras que un acuerdo adoptado por la Unesco en 1977 no tiene efectos retroactivos. Más reciente es la declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas, que aboga por mecanismos estatales para la restitución de la "propiedad cultural , intelectual, religiosa o espiritual" expropiada aunque sea siempre con carácter voluntario.

Mientras tanto, no puede argumentarse que no existen en África museos para acoger, al menos, parte de esos objetos robados: países como Ghana, Kenia, Zambia, Senegal, Zimbabue o Nigeria tienen ya museos nacionales. La cuestión es si los grandes museos europeos están dispuestos a devolver a sus lugares de origen obras que son en este momento un auténtico imán para el público aficionado al arte y los turistas en general.

Alrededor de seis millones de personas admiran cada año los mármoles de Elgin en el Museo Británico mientras que más de un millón visitan la colección egipcia del Neues Museum berlinés para contemplar en directo el busto de Nefertiti.

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