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Tribuna

Diego carrasco

Carta abierta a Andrés Trapiello

El encono de Trapiello con Quico Rivas viene de lejos. Parece el síntoma de algún despecho intelectual, o vaya usted a saber, en todo caso reflejo de un tipo envenenado

Carta abierta a Andrés Trapiello Carta abierta a Andrés Trapiello

Carta abierta a Andrés Trapiello / rosell

Me veo obligado a escribir esta suerte de misiva al leer unos pasajes referidos a un amigo fallecido, cuasi hermano, que este autor le ha dedicado en la última entrega de esos diarios suyos que nunca se me habría ocurrido leer. Lo hago también porque hace una breve referencia de pasada a la necrológica que escribí para El País. Parece que es costumbre de este hombre atizar en esos diarios de escaso interés a todo aquel al que decida ponerle la proa, según caprichosas razones. Es una vieja costumbre de literatos pagados de sí mismos fustigar a otros en este tipo de escritos, para enredar, como recurso para ser leído al menos por los afectados y que hablen de uno. Es un juego viejo, pero para que sea interesante hay que tener un poco de grandeza.

Por las pocas páginas que he visto por encima, este autor se refiere a los personajes de los que se ocupa con las siglas de sus nombres. JM, JC, DL, MG, etc, pero con detalles que los hacen identificables para los que los conozcan y para ellos mismos. Pone comentarios de sospechosa veracidad en boca de unos y compromete a muchos, siempre escondido detrás de la mata de las siglas. Señala sin nombrar. Puede parecer que lo haga para proteger a sus víctimas, pero me inclino a pensar que carece de algo muy elemental, el valor y la gallardía para decir las cosas a la cara y afrontar las consecuencias que pudieran derivarse.

En el caso que me mueve se añaden dos ingredientes de indudable bajeza moral: ataca al que ya no puede replicarle con el innoble afán de difamarlo en su tumba, y encima miente. Miente como un infame bellaco. Así, cuando usa un texto de alguien al que llama MV, que hace referencias a los amigos del que ya no está, él añade: "cuántos, de cuándo, para qué y dónde; no en Grazalema hace tres días, murió solo". ¿Cómo lo sabe, si no estuvo allí? ¿Quién se lo contó? En otro pasaje llega a poner en boca de otra sigla que el fallecido envidiaba su talento. Aquí no puedo dejar de reir. Son las dos Únicas perlas que voy a mencionar de las ocho páginas (¡ocho!) que este sujeto dedica a vilipendiar su memoria, en las que llega a malmeter a su familia, páginas que rezuman todas las acepciones que se puedan hacer de lo que es la mala fe, cargadas de odio, inquina y resentimiento. Muy miserable todo.

Estoy hablando de Quico Rivas (Cuenca, 1953- Ronda, 2008), persona de mil registros, siempre brillante, creador y teórico de desordenada fertilidad, que falleció hace diez años. Vinculado a Sevilla desde la infancia, fue entre otras cosas uno de los pilares del Centro de Arte M-11, sito en la casa natal de Velázquez que ahora se quiere recuperar, antes de mudarse a Madrid a mediados de la década de los setenta para convertirse en animador de la movida madrileña. Sus escritos de crítica de arte sobrepasaban los límites del género por su calidad literaria. Comisario de exposiciones, editor, poeta y "pintor dominguero" como le gustaba llamarse, fue un activista y maquinador irredento. En su obituario ya escribí que nunca vendió su alma al diablo (de la connivencia). Testimonio de todo esto quedó reflejado en la exposición antológica que montó Esther Regueira en la Sala Santa Clara de Sevilla en 2018.

Se da la circunstancia que conocí a este Trapiello cuando ambos compartían apartamento en el barrio madrileño de Aluche. Después volví a coincidir con él en varias y fugaces ocasiones, porque durante un tiempo compartió empeños editoriales con gentes que yo también conocía, como el propio Quico, Juan Manuel Bonet y el también desaparecido Diego Lara, luminaria del diseño gráfico de este país que no dudó en calificar a Trapiello de merluzo, a raíz de su pretensión insostenible de que Diego le había plagiado algo relacionado con familias tipográficas.

El encono de este autor con Quico Rivas viene de lejos. Parece el síntoma de algún despecho intelectual, o vaya usted a saber, en todo caso reflejo de un tipo envenenado por una vieja herida que no deja de supurar, tantos años después. Ya lo mencionó en diarios anteriores, cuando Quico estaba vivo y al menos podía responderle. Y bien que lo hizo. Pergueñó unos libelos a los que llamó supositorios (bien conocidos por Trapiello) en justa réplica a sus ofensivos ataques.

En una versión de esta carta que circula ya por las redes anuncio que sus amigos y familiares van a mover esos escritos. Ya que Quico, es decir, Francisco Rivas Romero-Valdespino, conde de la Salceda, no puede defenderse se va a hacer en su nombre pero con sus armas, porque en contra de lo que sostiene este elemento tenía muchos y muy buenos amigos.

Y por supuesto, esta es la mayor de sus mentiras, no murió solo.

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