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Coripe: tradición y nuevas sensibilidades

La fiesta de los Judas no pretende incitar al odio, sino señalar y extinguir simbólicamente miedos políticos y sociales

La pequeña localidad sevillana de Coripe, con apenas 1.200 habitantes, ha vuelto a protagonizar la polémica por la celebración de su tradicional fiesta de los Judas, que se celebra todos los Domingos de Resurrección y en la que se quema y dispara a un muñeco que representa a un personaje de actualidad y que, por un motivo u otro, pretende ser un símbolo de los males que amenazan al cuerpo social. Este año, como ya es público y notorio, el escándalo ha saltado porque la efigie incinerada ha sido la del ex presidente de la Generalitat y prófugo de la Justicia Carles Puigdemont, lo cual ha provocado la indignación de los independentistas catalanes, encabezado por el actual president, Quim Torra, quien ha amenazado con llevar el caso ante los tribunales.

La polémica de Coripe nos vuelve a recordar el permanente conflicto que actualmente existe entre muchas tradiciones rurales y un nuevo tipo de sensibilidad que se ha ido desarrollando, principalmente, en las ciudades. Costumbres que hasta hace unos años se tenían por inofensivas, como arrojar una cabra por un campanario o quemar un monigote, son interpretadas hoy como maltrato animal o, en el caso de Coripe, como incitación al odio y a la violencia política. Es cierto que las imágenes del fusilamiento de los Judas de Coripe pueden herir alguna sensibilidad en estos tiempos, pero no deja de ser llamativo que los que han salido en tropel a criticar y poner en el punto de mira esta fiesta rural andaluza -los secesionistas catalanes y sus apoyos intelectuales y mediáticos en el resto de España- son los mismos que no paran de defender el derecho a la identidad cultural de los pueblos o la libertad de expresión para artistas cercanos a sus postulados políticos, incluso cuando hacen apología del terrorismo.

Con el fusilamiento de Judas, el pueblo de Coripe pretende exorcizar de forma simbólica y festiva los males que amenazan a la sociedad. Este año ha sido Puigdemont, pero otros les ha tocado a asesinos (Ana Julia Quezada o Miguel Carcaño) o a corruptos como Rodrigo Rato, Iñaki Urdangarín o el pequeño Nicolás. Por tanto, no se puede ver en la fiesta andaluza una incitación al odio a una ideología concreta (en este caso el independentismo catalán), sino más bien una extinción simbólica de los miedos políticos y sociales que angustian a los lugareños de Coripe (y no hay duda de que el procés es uno de ellos), aunque se exprese de una manera tan cruda y políticamente incorrecta para estos tiempos que corren.

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