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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

El zarpazo de Pablo Iglesias

Pablo Iglesias queda como el desprendido hombre de izquierdas. El PSOE, ahora, tendrá que tragar el doble

Contra natura ya no es una expresión de moda, pero quizás no exista otra mejor para definir el Gobierno PSOE-Podemos que probablemente nazca esta semana. De tanto que se ha abusado de etiquetas unificadoras como "izquierdas" y "progresista" pocos caen en que la socialdemocracia europea (lo que se supone que es el PSOE) y la antigua izquierda comunista (ahora agrupada en el populismo lila) han sido tradicionalmente enemigas (en algunos casos mortales). Al menos, eso nos indica la agitada historia (magistra vitae) del Viejo Continente. Se puede decir, claro está, que la extraña coyunda está funcionando en Portugal, pero un país que fue capaz de hacer la Revolución de los Claveles sin apenas muertos es una rareza que poco tiene que ver con la intensa España.

A día de hoy se puede decir que Pedro Sánchez le ha ganado el pulso a Pablo Iglesias, quien ha tenido que renunciar a su pretensión de crear un duunvirato. Pero hay derrotas que pueden convertirse en victorias. De tanto reírse del líder de Podemos y de sus aspiraciones vicepresidenciales, de caricaturizarlo como un pedigüeño de cazo, capa y parroquia, muchos no han caído en la posibilidad de que el mismo Iglesias ha podido ser el cebo de una celada en la que Sánchez ha caído cegado por la soberbia, su pecado capital. Con su seppuku, Iglesias queda como el desprendido hombre de izquierdas que allana la creación de un Gobierno de progreso. Ahora, el PSOE va a tener que tragar el doble. Si no lo hace quedará desacreditado ante sus votantes más inflamados. ¿Se atreverán los socialistas a asesinar las ilusiones de poder del progresismo patrio? ¿A concurrir a unas nuevas elecciones con las manos manchadas de la sangre de Bambi? Creemos que no.

Iglesias no estará en el Gobierno, pero sí su zarpazo. El desaliñado profesor sabe muy bien que, en política, es a veces más útil una ausencia que una presencia. Estará permanentemente informado por sus ministros de lo que ocurra en el Ejecutivo y moverá los hilos como crea conveniente. ¿Sabe usted, perspicaz lector, lo que va a pasar con el obligado secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros? Exacto, eso va a ocurrir. La entrada de Podemos en el Gobierno es el último cartucho que le queda a Iglesias para salvar un proyecto que comenzó con insultante pujanza adolescente, pero que hoy sufre, como toda la nueva política, un trastorno de envejecimiento acelerado. Muchos lo dan por muerto, y es cierto que está herido como la leona de Nínive. Pero ahora, justo ahora, es más peligroso que nunca.

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