Su propio afán

La zanahoria y el oso

Quien ofrece una zanahoria como alternativa al cumplimiento de la ley, asume que la ley es un palo

Escuchando a Dastis proponer una reforma constitucional que acomode a los nacionalistas, o a Montoro poner por delante, como una chuchería, el cupo vasco, me temo lo peor. Me explican que el Gobierno ofrece su cara más tolerante para compensar la cruz de la Justicia. Y me fastidia más.

No me gusta la estrategia del palo y la zanahoria. Todavía menos en temas como la soberanía, la igualdad y la libertad de los españoles. Resulta, además, un error de concepto, porque quien usa una zanahoria como alternativa al cumplimiento de la ley, asume que la ley es un palo. No se puede ofrecer la zanahoria de hacer la vista gorda. ¡Qué paradoja, por cierto, cuando las zanahorias siempre fueron recomendadas para aguzar la vista! La separación de poderes exige que los jueces apliquen la ley sin interferencias del poder ejecutivo…, ni consolaciones. La aplicación de la ley no necesita compensaciones, porque ya está equilibrada. La personificación de la Justicia, Diké, se tapa los ojos (para no hacer acepción de personas ni de cargos electos ni de conveniencias políticas), tiene una espada (para ejecutar las sentencias) y porta una balanza: para significar que el equilibrio ya lo consigue ella sola con la aplicación sopesada de la ley. No tiene que venir nadie a alterar los presos, digo, los pesos.

Encima, cuando se proponen cosas alternativas y se negocia en la sombra, se empieza por una zanahoria y se acaba vendiendo la piel del oso. Tanto Dastis como Montoro como De Guindos sugieren reformas con su resolución ya decidida, dando por sentado que supondrán una satisfacción suficiente a las ansias (insaciables) de los nacionalistas. ¿No caen en la cuenta de la falta de respeto colosal que eso conlleva para el proceso negociador o constituyente?

Si se inicia una reforma constitucional o una revisión de la financiación de las autonomías, no es serio dar por sentado cómo van a terminar. Debería poder pasar de todo. En pura democracia, podría rebajarse el techo competencial de las autonomías, o acabar con los aforamientos (el distinto talante de la Audiencia Nacional y del Tribunal Supremo invita a ello) o, ejem, proscribir los indultos.

Desde el Gobierno no se tendría que ofrecer la piel del oso, primero, porque no se ha cazado aún; segundo, porque a quienes se ofrece no la merecen; y tercero, porque el oso de nuestro Estado de Derecho es una especie autóctona especialmente protegida.

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