Juan Pino | Obituario

Manuel S. Ledesma

De vocación, ciclista

Hasta hace pocos días todos los domingos le veíamos, a sus 86 años, subir en solitario despacio, pero con elegancia, el puerto de El Bujeo, llegando si el viento le era propicio hasta Casas de Porros, pasada ya Tarifa

Juan Pino -izquierda- y Manuel S. Ledesma, su amigo y autor del obituario, en 1989. Juan Pino -izquierda- y Manuel S. Ledesma, su amigo y autor del obituario, en 1989.

Juan Pino -izquierda- y Manuel S. Ledesma, su amigo y autor del obituario, en 1989. / Europa Sur

Hubo un tiempo en que cualquiera que quisiese comprar o reparar una bicicleta en Algeciras tenía que acudir necesariamente a Casa Pino, un establecimiento de modesta apariencia y con una disposición un tanto singular: el local para la venta se encontraba en una calle y el taller en otra distinta y situada a más bajo nivel. Ambos habitáculos estaban conectados por una especie de buhardilla y una angosta escalera que parecía diseñada para que la gente se despeñase por ella.

Juan Pino Sánchez llegó a Algeciras en los años veinte con el ciclismo inyectado en su sangre. Abrió la tienda y fundó el primer club ciclista de la zona, lo que entonces era, en cierta manera, una excentricidad, ya que la bicicleta como ocio no existía; era el medio de transporte por excelencia de los que teniendo más posibles que los viandantes no se podían permitir una moto. Tres de sus hijos: Vicente, Juan y Pepe siguieron los pasos de su padre, dedicándose en especial los dos últimos a seguir con el negocio y, a la vez, a la práctica deportiva de un ciclismo muy distinto del actual.

"Si querían participar en una carrera, por ejemplo en Estepona, Juan y Pepe iban en bici hasta allí, corrían la carrera y después debían de volver también dando pedales"

Entonces no había ningún Movistar para patrocinarlos. Si querían participar en una carrera, por ejemplo en Estepona, Juan y Pepe iban en bici hasta allí, corrían la carrera y después debían de volver también dando pedales. Se comprende que con ese hándicap era difícil que ganaran algún premio. Vicente y Pepe murieron hace unos años y el último de ellos, Juan, a sus 86 mantenía abierto con la ayuda de su amigo Miguel (un veterano barman reconvertido en mecánico) su anacrónico establecimiento contra viento y marea y a pesar de decathlones, carrefoures y cortes ingleses.

Juan era un hombre para el que las bicicletas no tenían secretos: centraba ruedas moviendo la llave de radios con la habilidad de un prestidigitador, arreglaba los frenos en un santiamén y las transmisiones las ajustaba con la precisión de un relojero. Cuando terminaba la faena escribía el irrisorio importe que solía cobrar por su trabajo en un trozo de cartón y los metía entre dos radios de una de las ruedas.

El taller de Juan estaba en las antípodas de lo sofisticado: un viejo buró de indescriptible aspecto donde guardaba sus papeles, un banco de trabajo también de edad indeterminada y las herramientas acomodadas de manera caótica a ojos extraños pero milimétricas a los de Juan. Muchas bicicletas en espera de ser recogidas o reparadas y muchas fotos de las salidas en bicicleta de la Unión Ciclista Algecireña y dos pares de cadenas colgadas del techo que, a pesar de una inquietante similitud con los instrumentos de tortura de la Inquisición, solo servían para colgar las bicicletas mientras las reparaba.

"Con el monociclo que guardaba en la trastienda se desenvolvía con la misma soltura que un artista de circo"

En ese ambiente un tanto sombrío se desenvolvían Juan y los muchos aficionados que a menudo visitábamos el taller para charlar con él de bicicletas y de lo divino y lo humano, al punto de convertir su pequeño cubículo en un foro de tertulias. La habilidad que tenía para la reparación de bicicletas la extendía Juan al manejo de las mismas. Con el monociclo que guardaba en la trastienda se desenvolvía con la misma soltura que un artista de circo y en las salidas dominicales nos deleitaba con las múltiples cabriolas que hacía sobre su bicicleta (a su lado las piruetas de Peter Sagan son un juego de niños).

"Su fisonomía, su indumentaria… y su clase nos recordaban a Fausto Coppi o Louison Bobet"

Juan montaba una bici Gaitán flauta, el mismo modelo con el que Bernardo Ruíz ganó la Vuelta a España en 1948 y que llevaba ese nombre por el silbido que emitía al llevar taladrado uno de los tres finos tubos que unían el sillín con el pedalier. Y es que a Juan le gustaba mucho el aspecto vintage de los ciclistas de los años 50. Su fisonomía, su indumentaria… y su clase nos recordaban a Fausto Coppi o Louison Bobet. Los ciclistas de la zona tuvimos el privilegio de gozar (en mi caso, cerca de 40 años) de su sapiencia y sentido del humor en nuestras salidas cicloturistas.

Hasta hace pocos días todos los domingos veíamos a Juan Pino a sus 86 años subir en solitario despacio, pero con elegancia, el puerto de El Bujeo, llegando si el viento le era propicio hasta Casas de Porros, pasada ya Tarifa. Juan nos ha dejado tal como vivió, sin hacer ruido y disfrutando hasta el último día de su gran pasión: la bicicleta. Ya le esperan en el Olimpo Poblet, Berrendero, Cañardo, Gabica, Fuente y Ocaña. Juntos darán una vuelta en el etéreo velódromo de los dioses.

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