La virgen de septiembre

En muchos lugares se sigue celebrando la fiesta de la natividad de la Virgen que cuentan data de Bizancio

Cuando los calores del verano van remitiendo al ritmo perezoso de los sonidos más cotidianos que vienen de vuelta (rumor de furgonetas descargando su mercancía en los comercios recién abiertos, despertadores insistentes y vengativos después de tantas horas de silencio, quejas infantiles que anuncian las añoradas rutinas del colegio…) en muchos lugares se sigue celebrando la fiesta de la natividad de la Virgen que cuentan data de los tiempos de Bizancio, y para los que todavía seguimos adaptando nuestro ritmo vital al calendario cristiano (Navidad, Epifanía, Pascua, Pentecostés, Asunción…) el 8 de septiembre marca el inicio del nuevo curso académico, profesional y familiar.

Aun teniendo gran arraigo en Andalucía, no es ni mucho menos una fiesta sólo andaluza, ni siquiera española. De Convadonga a Guadalupe, de Regla a Palermo, de Los Milagros al Perú, esta cercanía por la figura de la madre tiene un arraigo universal que trasciende a ritos y credos. Nuestro Archivo de Indias guarda un antiguo relato sobre la aparición de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba, a principios del XVII. Tres negritos que faenaban descubrieron flotando en el mar una imagen mariana con esa advocación a la que se da hoy culto en su Santuario de La Habana, erigido en lo alto de la montaña junto a las minas de cobre. Es la virgen pequeñita con manto de oro a la que el papa Francisco rezaba en su viaje a la isla, la misma que, pese a la autoritaria relegación de la religión ordenada allí por el Comunismo, dicen que preside la mesa del dirigente Raúl Castro.

Esta universalidad no quita el carácter popular en su mejor acepción de estas celebraciones vespertinas de vírgenes antiguas con historias hermosas presentadas ante los suyos: largas las colas para saludarla, auténticos cantos que suenan a infancia y reencuentro, la iglesia mayor y las calles adyacentes orgullosamente engalanadas. No hay aquí rastro de distinción social que encontramos en otras celebraciones y el concejal más ateo dejará sus consignas radicales para mejor ocasión. Como todo lo que del pueblo nace, es una religiosidad desnuda que viene de abajo, desde la misma tierra, y con la fuerza natural de lo sencillo irrumpe para mediar ante la fragilidad estacional de las cosechas, para celebrar en común la persistencia de lo vivido, para reencontrarnos cada año con aquello que todavía nos une.

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